Mostrando entradas con la etiqueta Domingo de Pascua. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Domingo de Pascua. Mostrar todas las entradas

domingo, 7 de abril de 2013

La incredulidad de Santo Tomás


La incredulidad de Santo Tomás, 1641 - 1649 Obra de Matthias Stom
Óleo sobre lienzo, 125 x 99 cm
Museo del PradoMadrid. España

El tema está tomado del Evangelio de San Juan (20, 24-28) que hoy Domingo II  de Pascua leemos en la liturgia. La representación corresponde al momento en el que al Apóstol Tomás introduce sus dedos en la llaga del costado derecho de Cristo para cerciorarse de su resurrección.

San Agustín se refiere a este acontecimiento en estos términos:

Vuestra santidad sabe tan bien como yo que nuestro Señor y Salvador Jesucristo es el médico de nuestra salud eterna, y que asumió la enfermedad de nuestra naturaleza, para que nuestra enfermedad no fuera sempiterna. Asumió, en efecto, un cuerpo mortal, para en él matar la muerte. Y si es verdad que fue crucificado por nuestra debilidad, como dice el Apóstol, vive ahora por la fuerza de Dios.

Del mismo Apóstol son estas palabras: Ya no muere más, la muerte ya no tiene dominio sobre él. Todo esto es bien conocido de vuestra fe. Pero debemos también saber que todos los milagros que obró en los cuerpos tienen por blanco el hacernos llegar a lo que ni pasa ni tendrá fin. Devolvió a los ciegos unos ojos que un día había de cerrar la muerte; resucitó a Lázaro, que nuevamente debería morir. Y todo cuanto hizo por la salud de los cuerpos, no lo hizo para hacerlos inmortales, bien que tuviera la intención de otorgar incluso a los cuerpos, al final de los tiempos, la salud eterna. Pero como no eran creídas las maravillas invisibles, quiso, por medio de acciones visibles y temporales, levantar la fe hacia las cosas invisibles.

Nadie, pues, diga, hermanos, que en la actualidad ya no obra nuestro Señor Jesucristo los milagros que antes hacía y, en consecuencia, prefiera los primeros tiempos de la Iglesia a los presentes; pues en cierto lugar el mismo Señor pone a los que creen sin ver sobre los que creyeron por haber visto. En efecto, la fe de los discípulos era por entonces en tal modo vacilante, que, aun viendo resucitado al Maestro, necesitaron palparle para creer.

No les bastó verlo con los propios ojos: quisieron palpar con las manos su cuerpo y las cicatrices de las recientes heridas; hasta el punto de que el discípulo que había dudado, tan pronto como tocó y reconoció las cicatrices, exclamó: ¡Señor mío y Dios mío! Aquellas cicatrices eran las credenciales del que había curado las heridas de los demás.

¿No podía el Señor resucitar sin las cicatrices? Sin duda, pero sabía que en el corazón de sus discípulos quedaban heridas, que habrían de ser curadas por las cicatrices conservadas en su cuerpo. Y ¿qué respondió el Señor al discípulo que, reconociéndole por su Dios, exclamó: Señor mío y Dios mío? Le dijo: ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.

¿A quiénes llamó dichosos, hermanos, sino a nosotros? Y no solamente a nosotros, sino a todos los que vengan después de nosotros. Porque no mucho tiempo después, habiéndose alejado de sus ojos mortales para fortalecer la fe en sus corazones, cuantos en adelante creyeron en él, creyeron sin verle, y su fe tuvo gran mérito: para conquistar esa fe, movilizaron únicamente su piadoso corazón, y no el corazón y la mano comprobadora.

Quiera el Maestro que nuestra creencia en la dicha por Él manifestada hacia nosotros, los que creemos sin ver, nos lleve a manifestarlo como nuestro Señor y nuestro Dios y  a proclamarlo sin temor alguno al mundo entero.

miércoles, 3 de abril de 2013

Cristo y los discípulos en el camino de Emaús


Cristo y los discípulos en el camino de Emaús. c.1525.
Obra de Pieter Coecke van Aelst 
Óleo sobre tabla. 68 x 87 cm
Coleccion privada

Son muchas y variadas la imágenes que en estos días vamos a encontrar de Cristo resucitado. Hoy la liturgia nos propone el relato de los discípulos que caminaban hacia Emaús y que nos lo describe el evangelista san Lucas 24, 13-35.

En el cuadro vemos como los dos discípulos caminan en solitario por el camino que viene de Jerusalén , la ciudad del fondo, pero a mitad de camino aparece un nuevo caminante, Cristo, que se incorpora a la escena y deja que estos le cuenten lo sucedido, su punto de vista y hasta sus posible dudas acerca de la resurrección  Jesús, entonces, les dice, ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! Como se atreve, podían decir estos discípulos que regresaban de presenciar los atroces acontecimientos , y sin embargo se dejan sorprender por las enseñanzas del resucitado. Cuanta humildad por parte de estos que aceptan el testimonio de la escritura explicado por quien manifiesta autoridad de conocimiento  y cuanta grandeza por parte de Cristo que vuelve a darles luz a lo que no han entendido a pesar de haber visto.

En la parte de la derecha del cuadro vemos el final de la escena. Jesús sentado con ellos a la mesa parte el pan y ellos le reconocen, es entonces ante la evidencia cuando Cristo desaparece para dar paso al testimonio de los hombres. Ellos se dicen ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras? Es entonces, fortalecidos por Cristo mismo cuando se atreven a volver a Jerusalén y dar testimonio del resucitado. 

Cuantas veces necesitamos de evidencia, cuantas veces Cristo esta junto a nosotros en los acontecimientos cotidianos y no lo reconocemos, cuantas veces le tendremos que escuchar decir, "¡Que necios y torpes sois, mirad soy yo, es que no me reconocéis!"

Como después de esto, del gran acontecimiento de la Pascua ¿Podemos vivir y proclamar la Resurrección ? ¿Cómo expresamos la esperanza de vida en nuestras vidas? ¿Como acogemos a otro que puede ser Cristo? ¿Lo reconocemos en la fracción del pan y éste cambia nuestras vidas? Él estará siempre con nosotros hasta el fin del mundo.

Dichosos los que crean sin haber visto.

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
- «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?»
Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó:
- «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?»
Él les preguntó: - «¿Qué?»
Ellos le contestaron:
- «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; como lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace ya dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.»
Entonces Jesús les dijo:
- «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?»
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.
Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo:
- «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída,»
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.
Ellos comentaron:
- «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»
Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
- «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.»
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

lunes, 1 de abril de 2013

Jesús aparece a las Tres Marías


Jesús aparece a las Tres Marías, 1650. Obra de Laurent de La Hyre
Óleo sobre lienzo. 398 x 251 cm
Museo del Louvre, Paris. Francia

El evangelio de  evangelio según san Mateo (28, 8-15) de la liturgia de hoy lunes de Pascua nos muestra cómo las mujeres que vuelven del sepulcro son las que anuncian a Cristo resucitado. Ayer era, para el evangelista san Juan, María Magdalena la que anuncia a los discípulos la alegre noticia de que Cristo ha resucitado. Son ellas, las que parecen ocultas, las que anuncian la resurrección.  Fue María, Madre y a la vez la esclava del Señor, y la que dijo "hágase en mi tu voluntad". 

A veces y en estos tiempos queremos rizar el rizo y ser más que nuestro Señor. Están en el aire tantas preguntas acerca del papel de la mujer en nuestra Iglesia que puede parecer que nos extralimitamos en lo que podrían o no realizar. En los evangelios encontramos  momentos importantes donde son ellas las que asumen la responsabilidad, véase a la Madre en la encarnación, o la Magdalena en la resurrección,  o ambas al pie de la cruz.

Pero ¿por qué no hablan los evangelios explícitamente de "discipulado" o si queremos "elegidas para el sacerdocio"? Ni siquiera después de la ausencia de Judas y cuando nombran nuevos en el grupo imponiéndoles las manos eligen a una mujer. ¿Acaso no quería el Señor que ejercieran este ministerio? Si planteamos el ministerio mas como estatus  que como servicio, entramos en una polémica dialéctica que no terminará. Si asumimos que el centro es Cristo en sus diferentes facetas y que nosotros somos, todos, servidores del mismo Señor, encargados de anunciar su resurrección, lo haremos desde las diferentes vocaciones, dimensiones, perfiles y casos, como plural y variada es la Iglesia en sus diferentes servicios. Cada uno desde el ministerio al que ha sido llamado. Todos somos trabajadores de este gran Señor y en materia de resurrección  ellas, llegaron primero, nos lo comunicaron a todos y ahí está su gran servicio. Todos creímos a la Magdalena, los discípulos no dijeron, ¿estará loca o impresionada por el schock de la crucifixión?  ¿Acaso María la madre quiso asumir un papel mayor por se la madre del mesías?  Todos fueron testigos y todos dieron testimonio conforme a lo que el Señor les encargó. Hacer interpretaciones limites conducen a falsear a voluntad propia de la escritura y la tradición de siglos, desde el primero al veintiuno. Escritura y tradición, pilares sobre los que se asienta la Iglesia y sin los cuales se derrumbaría. ¿Acaso creemos en la Resurrección anunciada o tendríamos que interpretarla?
  
En aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo:
- «Alegraos.»
Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies.
Jesús les dijo:
- «No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.»
Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido. Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles:
- «Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros.»
Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy.