martes, 7 de octubre de 2014

Murillo. La Virgen del rosario

La Virgen del Rosario. 1650-1655. Bartolomé Esteban Murillo
Óleo sobre lienzo. Medidas: 166 cm x 112 cm.
Museo del Prado. Madrid. España

Celebramos hoy la fiesta de Nuestra Señora del Rosario. Esta devoción se inicia por Santo Domingo de Guzmán, a quien se le apareció la Virgen María en 1208, en una capilla del monasterio de Prouilhe (Francia), con un rosario en las manos: se lo enseñó a rezar y le dijo que lo difundiera en la Iglesia. Además, le ofreció diferentes promesas referidas al rosario. El santo se lo enseñó a los soldados liderados por su amigo Simón IV de Montfort antes de la Batalla de Muret, cuya victoria se atribuyó a la Virgen. Por ello, Montfort erigió la primera capilla dedicada a esta advocación.

En el siglo XV, la devoción al rosario había decaído. Alano de Rupe declaró que la Virgen se le apareció y le pidió que la reviviera, que recogiera en un libro todos los milagros llevados a cabo por el rosario; le recordó además las promesas que siglos atrás había dado a Santo Domingo.

En el siglo XVI, San Pío V instauró para el 7 de octubre las fiesta del Rosario bajo el título de Nuestra Señora de las Victorias, como acción de gracias por la decisiva victoria de Lepanto contra los turcos; además, agregó a la letanía de la Virgen el título de Auxilio de los Cristianos. Su sucesor, Gregorio XIII, cambió el nombre de su festividad al de Nuestra Señora del Rosario. A causa de la victoria en la batalla de Temesvár en 1716, atribuida por Clemente XI a la imagen, el papa ordenó que su fiesta se celebrase por la Iglesia universal. León XIII, cuya devoción por esta advocación hizo que fuera apodado el Papa del Rosario, escribió varias encíclicas referentes al rosario, consagró el mes de octubre al rosario e incluyó el título de Reina de Santísimo Rosario en la letanía de la Virgen.

En su honor, traemos hoy para la contemplación una de las más bellas obras de Murillo: la Virgen del Rosario. Se conoce también con el nombre de Virgen de El Escorial, pues a ese monasterio fue destinado por Carlos IV, que fue el rey que la compró. El tema de la Virgen con el Niño aparece frecuentemente entre las obras de Murillo, que de esta manera satisfacía una demanda muy extendida en Andalucía por este tipo de cuadros que expresaban una religiosidad dulce y cercana. A partir de este esquema inicial de la Virgen con su hijo, Murillo introdujo numerosas variantes iconográficas. En este caso lo funde con una de las devociones más extendidas en la España del siglo XVII: la del rosario, que toma aquí un protagonismo fundamental. Desde el punto de vista estilístico todavía pervive el gusto por el claroscuro tan característico de las primeras décadas de la carrera del pintor 

lunes, 6 de octubre de 2014

Vicente Carducho. San Bruno despide a san Hugo

San Bruno despide a San Hugo. 1628. Vicente Carducho
Óleo sobre lienzo. Medidas: 336 cm x 297 cm.
Museo del Prado. Madrid. España

El 29 de agosto de 1626, Vicente Carducho (c. 1576-1638), pintor del rey Felipe IV, firmó el contrato por el que se comprometía a realizar el ciclo pictórico que celebraba la fundación de la Orden de los cartujos por san Bruno y sus principales miembros, una empresa colosal con la que se pretendía plasmar visualmente diversos episodios de la historia y tradición cartujanas. Se trataba del encargo más completo jamás realizado sobre la orden: una serie de cincuenta y cuatro lienzos de grandes dimensiones y otros dos más, de menor tamaño, que representaban los escudos del rey y la Orden. El responsable intelectual del proyecto fue el padre Juan de Baeza (muerto en 1641), una figura fundamental de la espiritualidad y organización cartujanas que, por lo que sabemos, vigiló atentamente por el cumplimiento de los postulados de la Orden. Juan de Baeza proporcionó al pintor los episodios que debían incluirse en la serie, muchos de ellos inéditos o escasamente conocidos y de los que no había en España representaciones previas.

El conjunto se organizó narrativamente en dos partes: los veintisiete primeros lienzos ilustran la vida del fundador, san Bruno de Colonia (1035-1101), desde el momento mismo en el que decide abandonar la vida pública y retirarse a la Grande Chartreuse (valle situado al norte de Grenoble), hasta su muerte y primer milagro póstumo. El segundo grupo está dedicado a glosar episodios significativos de la Orden en las principales cartujas europeas, un recorrido por los siglos XI al XVI que muestra el fuerte impulso fundacional de la Orden así como algunas de sus señas de identidad: el retiro en lugares solitarios de gran belleza y la vida de humildad, mortificación y penitencia, dedicada al estudio y la oración. El ciclo se cierra con un grupo de escenas heroicas que representan episodios de persecuciones y martirios padecidos por algunas comunidades de cartujos a lo largo de los siglos XV y XVI, unas imágenes que pretendían reforzar la fe de los monjes, al tiempo que proyectaban los conflictos religiosos y territoriales de la Europa del momento. 

La serie se realizó entre 1626 y 1632, tras un laborioso proceso creativo que conllevó la elaboración de numerosos dibujos y bocetos y la necesaria participación de algunos colaboradores. Como la mayoría de las series claustrales de los siglos XVI y XVII, Carducho concibió el proyecto como un conjunto mural. Como ya había demostrado con su amplia carrera, el pintor conocía bien la técnica de la pintura al fresco, la más característica y a priori adecuada para este tipo de ciclos narrativos, al menos en Italia, donde se conocían bien los pormenores de este procedimiento. Sin embargo, la complejidad del proyecto, la ubicación del Paular y la clausura rigurosa de la Orden, probablemente desaconsejaron la utilización de esta técnica. Los grandes lienzos remataban en arco de medio punto, adaptándose a los segmentos góticos del claustro, concebido por Juan de Egas entre 1484 y 1486. En esta escena, San Bruno, que consideraba a San Hugo insustituible como pastor de almas, lo despide de la cartuja para que pueda continuar su labor en la diócesis de Grenoble. El prior le señala el camino y Hugo obedece con humildad. Un grupo de monjes presencia la escena, que queda enmarcada por un austero claustro clasicista.

domingo, 5 de octubre de 2014

Abel Grimmer. Parábola de los viñadores infieles

Parábola de los viñadores infieles. 1611. Abel Grimmer
Óleo sobre tabla. Medidas: 24 cm x 34 cm.
Museo del Prado. Madrid. España

La liturgia de este domingo nos propone una de las parábolas más importantes de Jesús: la de los viñadores homicidas. Su simbolismo parte del mismo hecho de centrar la escena en una viña. En el Antiguo Testamento, la viña era el símbolo utilizado por los profetas para describir la actitud de Dios para con su pueblo Israel: es su viña querida, el terreno más preciado del labrador, del que extrae la uva que convertirá en vino.

A esa viña va enviando el Señor sus mensajeros, para percibir los frutos que le son debidos, como Dios fue enviando a sus profetas a Israel para exigirle fidelidad a la Alianza que había concertado.Todos son rechazados, hasta que el dueño de la viña decide enviar a su propio Hijo, al que espera que respeten. Este Hijo es el Señor, que fue echado fuera de la viña, es decir, fuera de la ciudad de Jerusalén, y cruelmente asesinado.

En el Museo del Prado existe una tabla que describe esta escena. Pertenece al pintor flamenco Abel Grimmer. Fue hijo del también pintor paisajista Jacob Grimmer. En su obra predominan las escenas campestres de temática religiosa, con frecuencia seriadas según los meses del año o las estaciones y basadas en composiciones previas de Pieter Brueghel el Viejo y Hans Bol o Adriaen Collaert y Pieter van der Heyden. También pintó y dibujó interiores de iglesias —en ocasiones basados en las composiciones de Hans Vredeman de Vries— con gran dominio de la perspectiva, así como vistas de ciudades, en particular de su Amberes natal.

La escena de los viñadores infieles presenta a Jesús conversando con tres personas sobre un promontorio, desde el que señala la viña, situada en una ladera, en la que los trabajadores se afanan por cercarla y ararla. Al fondo se divisa un ameno paisaje, dividido por el cauce de un río, con dos iglesias y diversas casas.

Sobre este texto, comenta san Cirilo de Alejandría en su Comentario al Profeta Isaías:

Laborioso era para el Verbo el asumir nuestra condición humana y descender hasta nuestra pequeñez. Pero —se dijo— mi derecho lo lleva el Señor y mi salario lo tiene mi Dios. Conoce el Padre las fatigas que he pasado por salvarlos. Por tanto, también él ha pronunciado ya su juicio.

¿Quieres conocer el juicio del Padre y cuál es la sentencia dictada contra ellos? Escucha lo que el Salvador dice a los responsables judíos: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Y añade poco después: envió sus criados para percibir los frutos que le correspondían, y todos fueron maltratados. Cuando finalmente envió también a su propio hijo, conspiraron contra él y se dijeron: Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia. Y, efectivamente, lo mataron.

Después de haberles propuesto esta parábola, el Señor toma nuevamente la palabra y les pregunta: Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores? Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos». A lo que Cristo replicó: Por eso os digo: Se os quitará a vosotros el reino de los cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos. Lo que, finalmente, sucedió.

En efecto, fueron colocados al cuidado de las viñas otros viñadores, expertos labradores, esto es, los discípulos del Señor. Bajo su custodia, las nubes hicieron caer la lluvia, pero con la orden expresa de no regar en adelante la viña de los judíos. Gracias a ellos, Cristo pudo vendimiar no espinas, sino uvas. Y efectivamente hemos aprendido a decir: El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto.

Alguien podría también sugerir esta otra explicación: que el Padre tenía muy presentes los trabajos del Hijo y que por eso pronunció un juicio justo. Observa nuevamente conmigo la fuerza de las palabras y considera la economía divina, que el sapientísimo Pablo nos explica a su vez, diciendo: Siendo el Hijo por su condición divina igual al Padre, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, haciéndose obediente al Padre hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por cuya causa Dios lo levantó sobre todo y le concedió el nombre-sobre-todo-nombre, de modo que a su nombre toda rodilla se doble. Porque el Verbo era y es Dios; pero después de ser proclamado hombre y serlo verdaderamente, ascendió a su gloria con su propio cuerpo. Fue efectivamente reconocido como Dios, y no se fatigó en vano, pues esta economía de salvación redundó en gloria suya, ya que no hizo de él un ser insólito y extraño, sino que le señaló como salvador y redentor del mundo. Conocido lo cual ocurrió que el cielo, la tierra e incluso el abismo cayeran de rodillas ante él.

sábado, 4 de octubre de 2014

El Greco. San Francisco de Asís y el hermano León meditando sobre la muerte

San Francisco de Asís y el hermano León meditando sobre la muerte. 1600-1614. El Greco
Óleo sobre lienzo. Medidas: 160 cm x 103 cm.
Museo del Prado. Madrid. España

Cobijado en una cueva, san Francisco de Asís se arrodilla pensativo al tiempo que acoge entre sus manos estigmatizadas una calavera. El santo arrodillado sobre una suerte de pedestal pétreo que le eleva con respecto al hermano León. Éste está representado a la derecha del santo, arrodillado igualmente y en escorzo, en actitud orante  mientras contempla la calavera, objeto que centra la composición.

Los dos monjes visten el hábito gris franciscano, y cubren las cabezas con la ajustada capucha. Una luz espectral envuelve las figuras, en marcado contraste con el fondo castaño de la gruta, que se abre al exterior en el ángulo superior izquierdo y permite ver un pequeño fragmento de un cielo tormentoso.

El Greco fue sin duda el artista que mejor construyó una imagen del santo ascético y meditabundo, centrada en los episodios finales de la vida del franciscano, representado con un rostro afilado y un cuerpo escuálido embutido en un hábito holgado y un tanto mísero. Y así nos lo muestra esta tela, en la que se ilustra el retiro del de Asís en 1224 en el monte Alverna, en el valle italiano de Casentino, donde san Francisco vivió los episodios de la estigmatización y la visión de la antorcha, remedos de la vigilia cristológica en el Huerto de los Olivos, muy adecuados en una figura que la literatura franciscana trató de convertir en un segundo Cristo. 

Tras recibir los estigmas, el santo reflexiona sobre la cercana muerte, un tema clave en la cultura contrarreformista que se subraya por el protagonismo de la calavera, convertida en centro mismo de la composición, y que puede relacionarse con las recomendaciones de san Ignacio de Loyola en sus Ejercicios espirituales. En ocasiones también se ha puesto en paralelo con la visión meditabunda de Hamlet. En cualquier caso, el tratamiento meditativo y eremítico de este san Francisco enlazaría con la iconografía tradicional de otros santos como san Jerónimo o la Magdalena 

viernes, 3 de octubre de 2014

Franciabigio. Virgen con el Niño y los santos Juan el Bautista y Job

Virgen con el Niño y los santos Juan el Bautista y Job. 1516. Francesco Franciabigio
Óleo sobre tabla. Medidas: 209 cm x 172 cm.
Museo de San Salvi. Florencia

Esta semana hemos leído como primera lectura de la eucaristía el Libro de Job. Este libro del Antiguo Testamento nos cuenta la historia de un hombre justo que es puesto a prueba: sufre la pobreza y la enfermedad, pero se mantiene fiel a dios, incluso cuando sus amigos y parientes le reprochan sus supuestos pecados como causa de sus males. Tales pecados no existen; entonces, ¿por qué castiga Dios a un justo, como si no existiese? De este libro surge esta pregunta: ¿Por qué? Hoy recibimos la respuesta, por boca de Dios mismo: nosotros no estamos capacitados para comprenderlo todo, simplemente debemos confiar en la bondad de sus planes. Job concluye hoy afirmando: Me siento pequeño, ¿qué replicaré? Me taparé la boca con la mano; he hablado una vez, y no insistiré, dos veces, y no añadiré nada.

El pintor florentino Franciabigio, compañero de Andrea del Sarto, pintó una tabla dedicada la Virgen con el Niño, ante quien están san Juan Bautista y el santo Job, dos figuros proféticas que simoblizan la paciencia y la confianza en los planes de Dios.

jueves, 2 de octubre de 2014

Domenichino. Ángel de la Guarda

Ángel de la Guarda. 1615. Domenichino
Óleo sobre lienzo. Medidas: 132 cm x 100 cm.
Museo del Palacio de Juan III en Vilanow (Polonia)

Celebramos hoy la memoria de los santos ángeles custodios, enviados por Dios para nuestra protección en la lucha contra el mal, y para movernos siempre al bien. Hemos escogido una obra del pintor barroco romano-boloñés Domenichino, que se conserva en el antiguo Palacio Real de Varsovia. Aparece el ángel custodio, protegiendo un niño, que representa al alma humana, de las asechanzas de un demonio armado con un gancho mediante un escudo, y señalando al cielo, donde se representa en una visión a la Santísima Trinidad.

A propósito de los santos ángeles custodios, escribe san Bernardo de Claraval en su Sermón 12 del Comentario al Salmo 90:

A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. Den gracias y digan ;entre los gentiles: «El Señor ha estado grande con ellos». Señor, ¿qué es el hombre para que le des importancia, para que te ocupes de él? Porque te ocupas ciertamente de él, demuestras tu solicitud y tu interés para con él. Llegas hasta enviarle tu Hijo único, le infundes tu Espíritu, incluso le prometes la visión de tu rostro. Y, para que ninguno de los seres celestiales deje de tomar parte en esta solicitud por nosotros, envías a los espíritus bienaventurados para que nos sirvan y nos ayuden, los constituyes nuestros guardianes, mandas que sean nuestros ayos.

A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Estas palabras deben inspirarte una gran reverencia, deben infundirte una gran devoción y conferirte una gran confianza. Reverencia por la presencia de los ángeles, devoción por su benevolencia, confianza por su custodia. Porque ellos están presentes junto a ti, y lo están para tu bien. Están presentes para protegerte, lo están en beneficio tuyo. Y, aunque lo están porque Dios les ha dado esta orden, no por ello debemos dejar de estarles agradecidos, pues que cumplen con tanto amor esta orden y nos ayudan en nuestras necesidades, que son tan grandes.

Seamos, pues, devotos y agradecidos a unos guardianes tan eximios; correspondamos a su amor, honrémoslos cuanto podamos y según debemos. Sin embargo, no olvidemos que todo nuestro amor y honor ha de tener por objeto a aquel de quien procede todo, tanto para ellos como para nosotros, gracias al cual podemos amar y honrar, ser amados y honrados.

En él, hermanos, amemos con verdadero afecto a sus ángeles, pensando que un día hemos de participar con ellos de la misma herencia y que, mientras llega este día, el Padre los ha puesto junto a nosotros, a manera de tutores y administradores. En efecto, ahora somos ya hijos de Dios, aunque ello no es aún visible, ya que, por ser todavía menores de edad, estamos bajo tutores y administradores, como si en nada nos distinguiéramos de los esclavos.

Por lo demás, aunque somos menores de edad y aunque nos queda por recorrer un camino tan largo y tan peligroso, nada debemos temer bajo la custodia de unos guardianes tan eximios. Ellos, los que nos guardan en nuestros caminos, no pueden ser vencidos ni engañados, y menos aún pueden engañarnos. Son fieles, son prudentes, son poderosos: ¿por qué espantarnos? Basta con que los sigamos, con que estemos unidos a ellos, y viviremos así a la sombra del Omnipotente.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Anónimo. Comunión de una santa carmelita

Comunión de una santa carmelita. XVII. Anónimo
Óleo sobre lienzo. Medidas: 226 cm x 164 cm.
Museo del Prado. Madrid. España

Recordamos hoy la santidad de santa Teresa del Niño Jesús, la santa carmelita de finales del siglo XIX. Hemos escogido con tal ocasión un lienzo anónimo, que perteneció al Convento del Carmen Calzado de Madrid, en el que se muestra a una santa carmelita comulgando.

A santa Teresa de Liseux dedicó el papa Benedicto XVI su Audiencia General de 6 de abril de 2011. Entre otras cosas, dijo:

Queridos amigos, también nosotros, con santa Teresa del Niño Jesús, deberíamos poder repetir cada día al Señor, que queremos vivir de amor a él y a los demás, aprender en la escuela de los santos a amar de una forma auténtica y total. Teresa es uno de los «pequeños» del Evangelio que se dejan llevar por Dios a las profundidades de su Misterio. Una guía para todos, sobre todo para quienes, en el pueblo de Dios, desempeñan el ministerio de teólogos. Con la humildad y la caridad, la fe y la esperanza, Teresa entra continuamente en el corazón de la Sagrada Escritura que contiene el Misterio de Cristo. Y esta lectura de la Biblia, alimentada con la ciencia del amor, no se opone a la ciencia académica. De hecho, la ciencia de los santos, de la que habla ella misma en la última página de la Historia de un alma, es la ciencia más alta: «Así lo entendieron todos los santos, y más especialmente los que han llenado el universo con la luz de la doctrina evangélica. ¿No fue en la oración donde san Pablo, san Agustín, san Juan de la Cruz, santo Tomás de Aquino, san Francisco, santo Domingo y tantos otros amigos ilustres de Dios bebieron aquella ciencia divina que cautivaba a los más grandes genios?» La Eucaristía, inseparable del Evangelio, es para Teresa el sacramento del Amor divino que se rebaja hasta el extremo para elevarnos hasta él. En su última Carta, sobre una imagen que representa a Jesús Niño en la Hostia consagrada, la santa escribe estas sencillas palabras: «Yo no puedo tener miedo a un Dios que se ha hecho tan pequeño por mí (...) ¡Yo lo amo! Pues él es sólo amor y misericordia» (Carta 266).

En el Evangelio Teresa descubre sobre todo la misericordia de Jesús, hasta el punto de afirmar: «A mí me ha dado su misericordia infinita, y a través de ella contemplo y adoro las demás perfecciones divinas (...). Entonces todas se me presentan radiantes de amor; incluso la justicia (y quizás más aún que todas las demás), me parece revestida de amor». Así se expresa también en las últimas líneas de la Historia de un alma: «Sólo tengo que poner los ojos en el santo Evangelio para respirar los perfumes de la vida de Jesús y saber hacia dónde correr... No me abalanzo al primer puesto, sino al último... Sí, estoy segura de que, aunque tuviera sobre la conciencia todos los pecados que pueden cometerse, iría, con el corazón roto de arrepentimiento, a echarme en brazos de Jesús, pues sé cómo ama al hijo pródigo que vuelve a él». «Confianza y amor» son, por tanto, el punto final del relato de su vida, dos palabras que, como faros, iluminaron todo su camino de santidad para poder guiar a los demás por su mismo «caminito de confianza y de amor», de la infancia espiritual. Confianza como la del niño que se abandona en las manos de Dios, inseparable del compromiso fuerte, radical, del verdadero amor, que es don total de sí mismo, para siempre, como dice la santa contemplando a María: «Amar es darlo todo, darse incluso a sí mismo». Así Teresa nos indica a todos que la vida cristiana consiste en vivir plenamente la gracia del Bautismo en el don total de sí al amor del Padre, para vivir como Cristo, en el fuego del Espíritu Santo, su mismo amor por todos los demás.