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martes, 13 de octubre de 2015

Pantocrátor.

Pantocrátor. XI-XII. Anónimo de Bizancio
Marfil. Medidas: 9 cm x 7 cm.
Museo Metropolitano. Nueva York

Yo no me avergüenzo del Evangelio; es fuerza de salvación de Dios para todo el que cree, primero para el judío, pero también para el griego. Porque en él se revela la justicia salvadora de Dios para los que creen, en virtud de su fe, como dice la Escritura: «El justo vivirá por su fe.» Desde el cielo Dios revela su reprobación de toda impiedad e injusticia de los hombres que tienen la verdad prisionera de la injusticia. 

Hemos comenzado la lectura de la Carta a los Romanos, en la que Pablo nos muestra al Dios invisible, que se deja ver en sus perfecciones, y que espera nuestra fe. Por eso, hemos escogido este Pantocrátor bizantino, en el que Cristo aparece sosteniendo el libro de la vida, es decir, la Palabra de Dios que es él mismo, y la mano derecha en gesto de bendecir.

viernes, 5 de junio de 2015

San Bonifacio

San Bonifacio. XI. Anónimo
Iluminación sobre pergamino
Sacramentario de Fulda

Recordamos hoy la santidad de san Bonifacio, el monje benedictino que se convirtió en apóstol de los germanos, motivo por el cual la Iglesia Católica alemana lo celebra como solemnidad. A él dedico el papa Benedicto XVI una catequesis en la Audiencia General de 11 de marzo de 2009. Comenzaba así:

Poseemos muchas noticias sobre su vida gracias a la diligencia de sus biógrafos: nació en una familia anglosajona en Wessex alrededor del año 675 y fue bautizado con el nombre de Winfrido. Entró muy joven en un monasterio, atraído por el ideal monástico. Poseyendo notables capacidades intelectuales, parecía encaminado a una tranquila y brillante carrera de estudioso: fue profesor de gramática latina, escribió algunos tratados y compuso también varias poesías en latín.

Ordenado sacerdote cuando tenía cerca de treinta años, se sintió llamado al apostolado entre los paganos del continente. Gran Bretaña, su tierra, evangelizada apenas cien años antes por los benedictinos encabezados por san Agustín, mostraba una fe tan sólida y una caridad tan ardiente que enviaba misioneros a Europa central para anunciar allí el Evangelio. En el año 716, Winfrido, con algunos compañeros, se dirigió a Frisia (la actual Holanda), pero se encontró con la oposición del jefe local y el intento de evangelización fracasó. Volvió a su patria, pero no se desalentó: dos años después vino a Roma para hablar con el Papa Gregorio II y recibir directrices. El Papa, según el relato de un biógrafo, lo acogió "con el rostro sonriente y con la mirada llena de dulzura", y en los días siguientes mantuvo con él coloquios importantes y, al final, tras haberle impuesto el nuevo nombre de Bonifacio, con cartas oficiales le encomendó la misión de predicar el Evangelio entre los pueblos de Alemania.

Confortado y sostenido por el apoyo del Papa, san Bonifacio se dedicó a la predicación del Evangelio en aquellas regiones, luchando contra los cultos paganos y reforzando las bases de la moralidad humana y cristiana. Con gran sentido del deber escribió en una de sus cartas: Estamos firmes en la lucha en el día del Señor, porque han llegado días de aflicción y miseria... No somos perros mudos, ni observadores taciturnos, ni mercenarios que huyen ante los lobos. En cambio, somos pastores diligentes que velan por el rebaño de Cristo, que anuncian a las personas importantes y a las comunes, a los ricos y a los pobres, la voluntad de Dios... a tiempo y a destiempo.

jueves, 2 de abril de 2015

La Última Cena

La última Cena. XI. Anónimo
Pintura al fresco
Colegiata de San Isidoro de León

El Jueves Santo comenzamos el Sacro Triduo de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, con la celebración de la ültima Cena del Señor. La noche antes de su muerte, Jesús celebró con sus discípulos una cena de ambiente pascual, con la que quiso dar un sentido final y definitivo no sólo a su vida, sino también a su cercana muerte, dejándonos la Eucaristía como memorial de su triunfo pascual, y como presencia real de su divinidad en la Iglesia.

Contemplamos la escena en la representación que de la misma se pintó en una de las bóvedas del Panteón Real de la Colegiata de San Isidoro de León. Durante mucho tiempo, estos frescos fueron adscritos al estilo francorrománico, que penetró en España gracias a los caminos de peregrinación y a los contactos políticos con Francia, y que se estableció en las tierras leonesas. Su desarrollo significó la erradicación definitiva de los restos de bizantinismo, del simbolismo excesivo y la riqueza de los atavíos. Algunos expertos ven esta huella francesa en el predominio de fondos blancos, en la predilección por pocos colores fundamentales aplicados en superficies lisas y en su rudeza y gran expresividad.

jueves, 5 de marzo de 2015

Codex Aureus. El rico Epulón y el pobre Lázaro

El rico Epulón y el pobre Lázaro. 1040. Maestro del Codex Aureus
Iluminación sobre pergamino. Medidas: 30 cm x 22 cm.
Museo Nacional Germánico. Nuremberg

La liturgia del segundo jueves de Cuaresma nos propone la parábola del rico Epulón, que banqueteaba espléndidamente, y del pobre Lázaro, tirado a la puerta de su caso; ambos fallecen y, mientras uno es llevado al seno de Abrahán, el otro es atormentado en el infierno.

Esta parábola fue iluminado en el llamado Códice Áureo de Echternach. Está dentro del círculo imperial de los Otones. El códice, eleborado a mediados del siglo XI recoge los cuatro evangelios, y está escrito con una letra dorada, lo cual le da el nombre. El códice fue mandado elaborar por el Abad Humberto de Echternach.

La iluminación está divida en tres bandas horizontales. En la superior, el rico Epulón está sentado en una bella mesa, decorada con manteles y abastecida de alimentos; a la puerta está Lázaro, desnudo y cubierto de llegas, que son lamidas por dos perros. En la banda central, saca del cadáver de Lázaro su alma, que luego aparece en el regazo de Abrahán, rodeado de otras almas escogidas. Por fin, en la parte inferior, los demonios se llevan el alma del rico, fallecido sobre un rico lecho, al lugar del tormento, entre terribles llamas y aterradores monstruos.

lunes, 24 de noviembre de 2014

El Cordero sobre el monte Sión

El Cordero sobre el monte Sión. 1047. Facundo
Iluminación sobre pergamino
Biblioteca Nacional de Madrid


Yo, Juan, miré y en la visión apareció el Cordero de pie sobre el monte Sión, y con él ciento cuarenta y cuatro mil que llevaban grabado en la frente el nombre del Cordero y el nombre de su Padre.

Este texto del Apocalipsis que leemos en la primera lectura de hoy, nos invita a contemplar una iluminación del Comentario al Apocalipsis de Beato, más en concreto, del Beatro de Fernando I y doña Sancha.

El Beato de Fernando I y doña Sancha fue miniado en el año 1047 por Facundo para los reyes de Castilla y León en cuya biblioteca estuvo hasta su muerte. Los Comentarios al Apocalipsis de Beato de Liébana se copiaron e iluminaron para la mayoría de los monasterios del norte de la península Ibérica entre los siglos X y XI. Sin embargo, el Beato de Facundo es el único (con la posible excepción del Beato de las Huelgas) que fue copiado para los reyes de Castilla y León: Fernando I y doña Sancha. Facundo firmó el manuscrito sólo como scriptor, pero no aparece ningún otro nombre que haga referencia a la iluminación, por lo que el término scriptor es posible que aquí englobe también la soberbia tarea de iluminación del códice.

Sus fastuosas imágenes dan inicio a una de las más prodigiosas tradiciones iconográficas de toda la historia del arte occidental. Los colores violentos del Beato de Facundo, sus dibujos extraños y su atmósfera de ensueño ejercen sobre la imaginación una verdadera tiranía: quien las ha visto una vez, jamás las olvida.

En conjunto, el códice es uno de los más bellos de la miniatura hispana y, por supuesto, de los beatos, tanto por el rigor del dibujo, su sincretismo entre el mantenimiento del pasado y la apertura al presente, el cuidado casi clásico por el orden y la estructura compositiva y el uso del color, capaz de crear unos efectos cromáticos con apariencia de ambientes diversos, siempre de gran elegancia y dotados de una severa solemnidad, diferente a todo lo altomedieval. Además, en ninguno de los beatos abunda tanto el oro como en el Beato de Fernando I.

En la imagen que contemplamos, el Cordero está en pie en el monte Sión y con él los 144.000. Se oye la voz del cielo y enseguida un cántico ante el trono, los ancianos y los seres, que sólo pueden cantar los 144.000, que son vírgenes y siguen al Cordero. Beato participa en sus explicaciones de ese ambiente jubiloso. El Cordero es Cristo y Sión, la especulación o meditación contemplativa (“speculatio contemplationis”). Los 144.000 son los que forman la Iglesia y siguen al Cordero. El canto nuevo es la predicación de Cristo. Si se les llama vírgenes, no es que lo sean físicamente. También son vírgenes los que han mantenido púdicas relaciones con mujeres, esto es, los casados. Habla de los hombres porque son fuertes, no de las mujeres, que no lo son.

Parte del acierto de estas miniaturas reside en el juego de la asimetría y la compensación de masas. Ninguno supera al miniaturista de Fernando I en estos asuntos. El gran arco celeste que separa cielo y tierra atraviesa el folio de derecha a izquierda. Arriba está el tetramorfos, bajo su aspecto teriomórfico (en el Beato de Gerona se encuentran los seres en forma animal), agrupado de dos en dos, marcando los círculos ya conocidos inspirados en el Antiguo Testamento; las restantes figuras son los ancianos.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

San Millán de la Cogolla

San Millán de la Cogolla. XI. García y Engelram
Marfil tallado
Monasterio de San Millán de la Cogolla

Recordamos hoy al santo patrono del Reino de Castilla: san Millán de la Cogolla, un ermitaño del siglo VI, en torno al cual surgió uno de los cenobios más antiguos, no sólo de la Hispania visigótica, sino también de la Europa cristiana. Su biografía fue escrita por san Braulio de Zaragoza y, posteriormente, en el siglo XIII, versificada en castellano por Gonzalo de Berceo.

El primitivo monasterio de san Millán de Suso (arriba) vio cómo, en curso del siglo XI, nació a muy poca distancia, en el fondo del valle, el más cómodo y grande Monasterio de Yuso (abajo), que llegaría a convertirse en uno de los principales monasterios benedictinos de España, hasta su supresión en la Exclaustración de 1836. En dicho Monasterio de Yuso se veneraban las reliquias del santo, en una urna de madera cubierta de oro y marfil.

La arqueta de San Millán es de pleno siglo XI. Se establece como posible intervalo de fechas los años de 1053 y 1063, cuando las reliquias del santo son trasladadas de Suso a Yuso. Ya las fechas nos alertan de un momento demasiado temprano para catalogarla como románica y, ciertamente, conserva rasgos todavía mozárabes.

Conocemos el nombre de aquellos personajes que intervinieron en el proceso de la obra. Por ejemplo, sabemos que el encargado de organizar a los artistas y financiar la obra fue el abad Blas. El comerciante que importó la materia prima -el marfil- se llamaba Vigila, nombre hispano. En cuanto a los maestros artesanos, sus nombres fueron García y Engelram, mientras que sus ayudantes se llamaban Simeón y Rodolfo. Estos se basaron en las ilustraciones creadas por el iluminador Munio.

Originalmente, el arca relicario de San Millán era una caja de madera forrada interiormente con una tela musulmana de extraordinaria belleza. A ella se adosaron veintidós placas talladas de marfil, además de ornato de oro y pedrería.

Las placas de marfil representaban los episodios de la vida de San Millán según la biografía escrita por el Obispo de Zaragoza San Braulio en el siglo VII. Las tropas francesas expoliaron el arca en 1809 robando el oro y las piedras. También se perdieron varias de las placas de marfil que tras largos avatares han ido recalando en diferentes colecciones por todo el mundo, como algunos museos europeos y norteamericanos. En la actualidad, en el Monasterio de Yuso se expone una caja nueva realizada en 1944 donde se han colocado los relieves conservados, mientras que los perdidos se han reproducido en metal.

Fuente: www.arteguías.com

domingo, 14 de septiembre de 2014

Silos. Descendimiento de la Cruz

Descendimiento de la Cruz. Siglo XI. Primer Maestro de Silos
Piedra tallada
Monasterio de Santo Domingo de Silos

La Santa Cruz es instrumento no ya de ignominia y tortura, sino para la visión creyente constituye el lugar donde se manifiesta la gloria de Dios salvando a los hombres. La teología de san Juan remarca este concepto, y así lo captó el la escultura del Primer Maestro de Silos en el excepcional relieve que hoy contemplamos.

Cristo aparece muerto, pero su rostro muestra una plácida sonrisa, que infunde confianza o tranquilidad, Está siendo desenclavado de la Cruz por Nicodemo y José de Aritmatea, uno de los cuales le sujeta por la cintura, mientras que el otro suelta el clavo izquierdo. San Juan, con un libro en la mano, lo contempla desde la izquierda, mientras que María recoge reverente la inerte mano de Jesús, que cuelga una vez desenclavada.

Por encima dos ángeles que portan la luna y sol hacen referencia a la oscuridad que se produjo en el momento de la muerte, y tres ángeles incensan desde arriba, aludiendo a la divinidad del que está muerto. La Cruz está levantada sobre un terreno rocoso, que se muestra a través de bultos tallados. En medio, aunque en parte perdida, se encuentra el sepulcro de Adán, sobre el cual se ha levantado la Cruz, y el propio Adán resucitando, tal como dice el evangelista Mateo que sucedió al morir Jesús, cuando las tumbas de muchos santos se abrieron y resucitaron.