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sábado, 27 de diciembre de 2014

Agnolo Gaddi. La Virgen con el Niño y santos

La Virgen con el Niño y santos. 1390. Agnolo Gaddi
Témpera y oro sobre tabla. Medidas: 97cm x 53cm.
National Gallery de Victoria. Melbourne. Australia

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos: la Palabra de la vida (pues la vida se hizo visible), nosotros la hemos visto, os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó. Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto, para que nuestra alegría sea completa.

Con estas palabras, que leemos en la primera lectura de hoy, comienza san Juan su Primera Epístola. Nos da testimonio de Jesús como Palabra de la Vida que se ha encarnado, cuyo nacimiento celebramos hace dos días, y en cuya octava se congregan los santos Esteban, Juan y los Inocentes.

Contemplamos una tabla del Trecento italiano en la que aparecen, al pie de la Virgen con el niño, los santos Juan el Bautista, Juan el Evangelista, Santiago (reconocible por su bordón de peregrino), y san Nicolás de Bari. Fue pintada por Agnolo Gaddi, cuyo estilo es un término medio entre el de Giotto y el naciente gótico internacional. En 1394 decoró la bóveda de la capilla mayor de la basílica de la Santa Croce (Florencia) con escenas de la leyenda de la Santa Cruz, en las que se revela como buen narrador.

martes, 24 de junio de 2014

Corregio. La Virgen, el niño y san Juan

La Virgen, el niño y san Juan. 1517. Antonio Allegri da Correggio
Óleo sobre tabla. Medidas: 48cm x 37cm.
Museo del Prado. Madrid

Celebramos hoy la solemnidad del Nacimiento de san Juan Bautista. Se trata del único santo cuyo nacimiento terranal se celebra, además del nacimiento o tránsito a la vida eterna en la muerte terrena. como imagen para nuestra contemplación, hemos escogido una tabla destinada a la devoción, en la que aparece la Virgen, junto a los dos niños, pintada por Corregio.

Fuera de Roma o Florencia, ningún pintor fue tan decisivo en la formulación del lenguaje clásico como Antonio Correggio, un artista relativamente conocido en vida pero enormemente influyente tras su muerte, sobre todo en las décadas inmediatamente anteriores y posteriores a 1600, cuando su combinación de virtuosismo técnico, dramatismo lumínico y expresividad gestual, captó el interés de pintores como Federico Barocci, Anibale Carraci o Giovanni Lanfranco.

Formado con su tío Lorenzo Allegri, la etapa juvenil de Correggio, anterior a su estancia en Roma entre 1518 y 1519, es incomprensible sin el conocimiento de Andrea Mantegna, de quien la tradición hace discípulo, y Leonardo da Vinci. Esta doble influencia se percibe con nitidez en esta obra, pintada en Parma entre 1515 y 1517 mientras trabajaba en la Camera di San Paolo. Si de Mantegna y su San Sebastián (Museo del Louvre) procede el apunte clasicista de la sandalia de la Virgen, las deudas con Leonardo son mayores. Así, la ambientación de la escena en una caverna remite a la Virgen de las Rocas del Louvre, mientras el gesto y peinado de la Virgen derivan de la Leda, conocida sólo por copias, y la exactitud en el tratamiento de la botánica y el sfumato son elementos constantes en la producción madura de Leonardo.

La pintura ilustra el primer encuentro entre el Niño Jesús y su primo, concretamente, el momento en que la Virgen presenta a su hijo a un San Juan Bautista de cabello oscuro que porta una pequeña cruz. La actitud de Jesús, en disposición de abrazar tanto a su primo como a la cruz, adquiere un doble significado afectivo y teológico. Práctica habitual en Correggio fue la reutilización de modelos, lo que explica el parecido del Niño Jesús con el que aparece en la Sagrada Familia con San Juanito del Museo de Bellas Artes de Orleáns.

jueves, 2 de mayo de 2013

Como el Padre me ha amado...

Fotograma de la película la Pasión

Hoy escuchamos parte del discurso de despedida de Jesús: 

"Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud." 
(Jn 15,9-11). 

El amor del Padre al Hijo es es grande, poderoso y enternecedor. El Padre ama al Hijo, y Jesús no deja de decírnoslo: "El que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a Él" (Jn 8,29). El Padre lo ha proclamado bien alto en el Jordán, cuando escuchamos: "Tú eres mi Hijo amado, en ti me he complacido" (Mc 1,11) y, más tarde, en el Tabor: "Éste es mi Hijo amado, escuchadle" (Mc 9,7).

Jesús lo llama, "Abbá", Padre,  y nos dice ciertamente que en cada momento, como el Padre lo amó, él también nos amara. "Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud." Y, ¿qué haremos nosotros? ¿Mantenernos en su amor, observar sus mandamientos, amar la Voluntad del Padre? Cuando todo va bien es aceptable pero que pasa cuando todo se trunca y se tuerce pareciendo que ese amor ha desaparecido y que la alegría se ha vuelto luto. ¿No es éste el ejemplo que Él nos da?

Fotograma de la película la Pasión

Nosotros, somos débiles, inconstantes, cobardes y, como no decirlo, incluso, malos y mezquinos,. ¿Que pensarían los discípulos al ver esta escena cuando horas antes les estaba diciendo permaneced en mi amor? ¿perderemos, pues, para siempre su amistad porque queremos huir de la dificultad?  Él mismo nos dice en otra ocasión: "Vosotros seréis odiados a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará. Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra, y si os persiguen en esta, huid a una tercera. Os aseguro que no acabareis de recorrer las ciudades de Israel, antes de que llegue el Hijo del hombre. El discípulo no es más que el maestro ni el esclavo más que su amo; al discípulo le basta ser como su maestro y al esclavo como su amo. Si al dueño de casa lo llamaron Belzebul, ¡cuánto más a los de su casa!" 
(Mt 10, 22-25a)

Él no permitirá que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas. Debemos permanecer en el amor del Padre como el permaneció confiado, a pesar de las afrentas y los latigazos. Él llego a morir en la cruz fiado únicamente en la confianza que tenía en el Padre y su alegría estaba en hacer su voluntad, le llevase donde le llevase. Como hombre rezo angustiado en el huerto pero entrego el espíritu al Padre confiado en que hacer su voluntad era su gloria y nuestra salvación. ¿Vamos a abandonar nosotros? 

Si alguna vez nos apartásemos de sus mandamientos, si desfallecemos ante la prueba,  pidámosle la gracia de volver corriendo como el hijo pródigo a la casa del Padre donde seremos acogidos y fortalecidos. Acudir a la oración silenciosa y contemplativa de los acontecimientos iluminados con su palabra seran el consuelo necesario. Corramos al sacramento de la Penitencia para recibir el perdón de nuestros pecados y la gracia que fortalece y sintamos seguras y ciertas la palabras de Cristo, "Yo también os he amado. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud."  
(Jn 15,9.11).