sábado, 10 de agosto de 2013

Correa de Vivar. San Lorenzo


San Lorenzo.1559. Juan Correa de Vivar
 Óleo sobre tabla. Medidas: 181cm x 78cm.
Museo del Prado. Madrid. España

Fiesta de san Lorenzo, diácono y mártir, que deseó ardientemente acompañar al papa Sixto II en su martirio. Según cuenta san León Magno, recibió del tirano la orden de entregar los tesoros de la Iglesia, y él, burlándose, le presentó a los pobres en cuyo sustento y abrigo había gastado abundantes riquezas. Por la fe de Cristo, tres días más tarde superó el tormento del fuego, y el instrumento de su tortura se convirtió en distintivo de su triunfo, siendo enterrado su cuerpo en el cementerio de Campo Verano, que desde entonces fue llamado con su nombre (258).

La noticia del Martirologio Romano nos lleva hoy a contemplar la figura de san Lorenzo, el diácono que fue quemado vivo en el siglo III. Según la tradición, fue quemado sobre una parrilla. En san Lorenzo predomina, sobre todo, el concepto de diácono, es decir, la idea de servicio de la Iglesia, especialmente a los pobres. Por este motivo, ha sido el mártir san Lorenzo uno de los más representados en la iconografía cristiana.

Nosotros hemos escogido una obra de mediados del siglo XVI, obra de Juan Correa de Vivar, que se conserva en el Museo del Prado. De cuerpo entero, el santo sostiene en la mano derecha una parrilla, alusiva a su martirio. La dalmática que viste le presenta como diácono de la Iglesia, una de cuyas misiones era ser portador de los Evangelios, que él mantiene en la mano izquierda. Dispuesto junto a un árbol y enmarcado por una arquitectura pintada, a modo de arco, aparece delante de un fondo de paisaje. 

La obra es pareja del San Esteban, siendo ambos las puertas laterales de un retablo cuya tabla central representaba La Anunciación. El santo muestra la serenidad propia de los rostros de Correa de Vivar, compartiendo cierto gusto por la elegancia y suavizando la fuerte gestualidad propia de sus obras más manieristas. La viveza del color y el paulatino aclaramiento de sus colores, influenciado por el valenciano Juan de Juanes, puede también apreciarse en esta pintura. 

viernes, 9 de agosto de 2013

El Greco. Cristo abrazado a la Cruz


Cristo abrazado a la Cruz.1600. El Greco
 Óleo sobre lienzo. Medidas: 108cm x 78cm.
Museo del Prado. Madrid. España

El martirio, en la tradición cristiana, constituye la perfecta expresión del testimonio de fidelidad y de confianza en Cristo. El mártir entrega su vida a la muerte antes que renegar de Cristo, en la confianza de que participando de la Cruz del Señor tendrá también parte en su Resurrección. Además, el martirio incluye un grado sublime de caridad, pues el mártir no perece en el odio a quien injustamente lo asesina, sino que perdona a su asesino e intercede por él.

El modelo ideal del mártir, que hoy recordamos en santa Teresa Benedicta, es el propio Cristo, que abraza el horrendo instrumento de la Cruz, que por la fuerza del misterio pascual deja de ser instrumento de suplicio para convertirse en signo glorioso. Por eso, hemos escogido hoy uno de las imágenes sagradas más célebres de la pintura: el Cristo abrazando la Cruz de El Greco.

Cristo acariciando la Cruz, ha transcendido el dolor físico durante el camino al Calvario, alzando su mirada al Cielo con gesto sereno. El pintor cretense transforma la narración del pasaje bíblico tradicional en una imagen de devoción. La convierte en una metáfora de la salvación, de redención, coincidiendo con un momento en que la Contrarreforma ensalza la Cruz como uno de los símbolos más elocuentes. 

El tema fue tratado en numerosas ocasiones por El Greco. Esta versión destaca por su desenvuelta ejecución y vibrante factura. En 1786 se cita un cuadro con este tema en el Convento de San Hermenegildo de Madrid. Actualmente se expone en el Museo del Prado.

jueves, 8 de agosto de 2013

Bassano. Los isarealitas bebiendo el agua milagrosa


Los israelitas bebiendo el agua milagrosa.1563. Jacopo Bassano
 Óleo sobre lienzo. Medidas: 146cm x 230cm.
Museo del Prado. Madrid. España

Moisés alzó la mano y golpeó la roca con el bastón dos veces, y brotó agua tan abundantemente que bebió toda la gente y las bestias.
El Señor dijo a Moisés y a Aarón:
-«Por no haberme creído, por no haber reconocido mi santidad en presencia de los israelitas, no haréis entrar a esta comunidad en la tierra que les voy a dar. »
(Ésta es fuente de Meribá, donde los israelitas disputaron con el Señor, y él les mostró su santidad.)

Este texto, procedente del capítulo 20 del Libro de los Números, es el que leemos hoy en la primera lectura de la Eucaristía. El milagro pone de manifiesto no sólo el poder de Dios, sino también la necesidad de la confianza del hombre en su poder. Israel murmuró contra Dios, desconfió de su poder y s lamentó de haber salido de Egipto. Echaba de menos las comodidades de la esclavitud en Egipto, en vez de afrontar confiados las exigencias de su liberación.

Para ilustrar este pasaje, hemos escogido una obra del italiano Bassano, que nos muestra dos escenas. Al fondo, Moisés y Elías guían al pueblo por el desierto; y en primer plano, aparece el momento en el que el pueblo bebe el agua milagrosa.

Si para algunos críticos se trata de una obra meramente decorativa, otros creen que tras las figuras humanas y animales que sacian su sed subyace una grave advertencia a la debilidad del “homo carnalis”, presto a sucumbir a los placeres mundanos, mientras la presencia de Moisés y Aaron al frente de su pueblo enlazaría con el énfasis puesto por la Contrarreforma en la jerarquía social. 

miércoles, 7 de agosto de 2013

Vaccaro. San Cayetano ante la Sagrada Familia


San Cayetano ante la Sagrada Familia.Siglo XVII. Andrea Vaccaro
 Óleo sobre lienzo. Medidas: 123cm x 76cm.
Museo del Prado. Madrid. España

Hoy recuerda la Iglesia a san Cayetano, un santo italiano que vivió entre 1480 y 1547. San Cayetano trabajó en la curia romana. en 1513 abandonó la carrera eclesiástica y fundó en compañía de otros sacerdotes y prelados el Oratorio del Amor Divino, siendo él mismo ordenado dos años después. Posteriormente, tomó parte activa en la polémica contra Lutero,y fundó en compañía de Agustín de Caraffa (futuro papa Paulo IV) la Orden de los Teatinos, o clérigos regulares en 1524. La nueva orden nacía en la convicción de que la lucha contra los protestantes debía partir de la renovación de la vida sacerdotal, con mayor atención a los pobres y a la vida espiritual. el nombre de teatinos procedía de la ciudad de Chietti, de donde era obispo Agustín de Caraffa. Murió en Nápoles en 1547, siendo superior general de la Orden. Fue canonizado en 1671, cuando los teatinos se habían extendido por toda Europa.

el pintor napolitano Andrea Vaccaro (1604-1670) pintó sobre san Cayetano una serie de cuadros, destinados al Palacio del Buen Retiro, y luego destinados al Palacio Real de Madrid. Vaccaro es un pintor que, partiendo del tenebrismo de Caravaggio, evoluciona hacia un clasicismo que suaviza los contrastes de éste. De la colección sobre san Cayetano, hemos escogido el titulado "La Adoración de la Sagrada Familia". Se trata de una visión mística del santo, en adoración ante María, José  y el niño.

Esta obra expresa muy bien el espíritu de renovación espiritual de san Cayetano. Como expresión de esta piedad, podemos leer la siguiente carta del santo:

Yo soy pecador y me tengo en muy poca cosa, pero me acojo a los que han servido al Señor con perfección, para que rueguen por ti a Cristo bendito y a su Madre; pero no olvides una cosa: todo lo que los santos hagan por ti de poco serviría sin tu cooperación; antes que nada es asunto tuyo, y, si quieres que Cristo te ame y te ayude, ámalo tú a él y procura someter siempre tu voluntad a la suya, y no tengas la menor duda de que, aunque todos los santos y criaturas te abandonasen, él siempre estará atento a tus necesidades.

Ten por cierto que nosotros somos peregrinos y viajeros en este mundo: nuestra patria es el cielo; el que se engríe se desvía del camino y corre hacia la muerte. Mientras vivimos en este mundo, debemos ganarnos la vida eterna, cosa que no podemos hacer por nosotros solos, ya que la perdimos por el pecado, pero Jesucristo nos la recuperó. Por esto, debemos siempre darle gracias, amarlo, obedecerlo y hacer todo cuanto nos sea posible por estar siempre unidos a él.

El se nos ha dado en alimento: desdichado el que ignora un don tan grande; se nos ha concedido el poseer a Cristo, Hijo de la Virgen María, y a veces no nos cuidamos de ello; ¡ay de aquel que no se preocupa por recibirlo! Hija mía, el bien que deseo para mí lo pido también para ti; mas para conseguirlo no hay otro camino que rogar con frecuencia a la Virgen María, para que te visite con su excelso Hijo; más aún, que te atrevas a pedirle que te dé a su Hijo, que es el verdadero alimento del alma en el santísimo sacramento del altar. Ella te lo dará de buena gana, y él vendrá a ti, de más buena gana aún, para fortalecerte, a fin de que puedas caminar segura por esta oscura selva, en la que hay muchos enemigos que nos acechan, pero que se mantienen a distancia si nos ven protegidos con semejante ayuda.

martes, 6 de agosto de 2013

Penni. Transfiguración del Señor


Transfiguración del Señor.1520-28. Giovanni Francesco Penni
 Óleo sobre tabla. Medidas: 396cm x 263cm.
Museo del Prado. Madrid. España

La fiesta de la Transfiguración comenzó a celebrarse en el Oriente cristiano. Tuvo gran importancia, por la exaltación de la divinidad de Cristo, tan característica de la piedad oriental. Llegó a Occidente de la mano, fundamentalmente, de los monjes cluniacenses. Pero su institución litúrgica en el 6 de agosto no llegó en la Iglesia latina hasta el año 1457, con motivo de la victoria sobre los turcos en la batalla de Belgrado. fue un papa español, Calixto III, de la familia Borja, cuya preocupación por el alarmante expansionismo turco le movió a organizar la defensa de Belgrado. atribuyó aquella victoria al Señor Transfigurado. 

La iconografía oriental ha reproducido con profusión la escena, en iconos en los que Cristo ocupa el vértice de un monte, apareciendo junto a él Moisés y Elías, y los tres apóstoles tumbados a los pies. La iconografía occidental se centró más bien en la imagen de Jesús como Salvado de los hombres. De hecho, el título habitual referido a la Transfiguración era el de san Salvador, y la representación usual era la del Pantocrátor, es decir, el Cristo en Majestad.

A partir del siglo XV, comienza a ser frecuente la representación pictórica de la escena, precisamente desde el momento en el que se instituyó litúrgicamente el 6 de agosto como fiesta de la Transfiguración. Nosotros hemos escogido una obra un poco posterior, de origen italiano: una copia parcial de la Trasfiguración de Rafael, pintada por Penni.

La obra original fue encargada en 1516 por el Cardenal Giulio de Medici para la Catedral de Narbona. El prelado solicitó a Sebastiano del Piombo para el mismo destino una Resurrección de Lázaro, dando lugar a una competición entre ambos artistas. Giulio se quedó con la obra de Rafael y encargó una copia a Giovanni Francesco Penni, quien la llevó a Nápoles. 

La Transfiguración es el más ambicioso cuadro de altar de Rafael, en el que incluyó un episodio ajeno a este pasaje bíblico, el fracaso de los Apóstoles al exorcizar a un endemoniado, que le permitió una exhibición de estados físicos y anímicos susceptibles de superar a los desplegados por Piombo. 

La copia difiere del original tanto por su calidad como en detalles puntuales -Cristo, Elías y Moisés aparecen inmersos en una aureola y han desaparecido los árboles a la izquierda-, pero también por una notable atenuación del claroscuro. 

A mediados del siglo XVII el duque de Medina de las Torres adquirió la pintura, que su hijo Nicolás cedió a las Carmelitas de Santa Teresa de Madrid y, de allí, pasó al Museo del Prado.

lunes, 5 de agosto de 2013

Herrera el Viejo. Multiplicación de los panes


Multiplicación de los panes.1628.  Francisco Herrera el Viejo
 Óleo sobre lienzo. Medidas: 111cm x 82cm.
Museo Goya. Castres. Francia.

La liturgia eucarística nos propone hoy el pasaje evangélico de la multiplicación de los panes. Se trata de un milagro de gran poder evocador en Israel, pues del mismo modo alimentó Dios a su pueblo durante el Éxodo. De esta forma, Jesús aparece como aquel profeta, semejante a Moisés, que Israel esperaba habría de venir a liberar al pueblo.

Para esta escena hemos escogido una obra del pintor Francisco Herrera el Viejo. Jesús aparece en el centro, con la mirada dirigida al cielo en actitud de oración. Está rodeado de los discípulos, y la multitud que aguarda está al fondo. La escena muestra un estado muy avanzado del manierismo hacia el barroco, con una teatralidad muy característica de esta época, destinada a poner de relieve la adoración al Señor de quienes contemplan este milagro, con una clara alusión de la Eucaristía.

Benedicto XVI comentaba el 31 de julio de 2011 este pasaje con las siguientes palabras:

El milagro consiste en compartir fraternalmente unos pocos panes que, confiados al poder de Dios, no sólo bastan para todos, sino que incluso sobran, hasta llenar doce canastos. El Señor invita a los discípulos a que sean ellos quienes distribuyan el pan a la multitud; de este modo los instruye y los prepara para la futura misión apostólica: en efecto, deberán llevar a todos el alimento de la Palabra de vida y del Sacramento.

Cristo está atento a la necesidad material, pero quiere dar algo más, porque el hombre siempre "tiene hambre de algo más, necesita algo más". En el pan de Cristo está presente el amor de Dios; en el encuentro con él "nos alimentamos, por así decirlo, del Dios vivo, comemos realmente el pan del cielo". Queridos amigos, "en la Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano y hermana. Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de la caridad para con el prójimo".

domingo, 4 de agosto de 2013

Juan de Valdés. Finis gloriae mundi.


Finis gloriae mundi. 1671. Juan de Valdés Leal
Óleo sobre lienzo. Medidas: 220 cm x 216 cm.
Hospital de la Caridad. Sevilla

Pero Dios le dijo: "Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?"
Así será el que amasa riquezas para si y no es rico ante Dios.

Esta sentencia cierra el Evangelio que la liturgia nos propone este domingo, con la parábola del hombre que se calculaba cómo aumentar su fortuna olvidando que su vida dependía de Dios. Valdés Leal pintó para el Hospital de la Caridad de Sevilla dos obras que compendian el sentido teatral de la vanidad del arte barroco: In ictu oculi, y el que hoy contemplamos, Finis gloriae mundi. Se trata de una alusión a la vanidad de la riqueza y del poder, representada por los cadáveres en descomposición de dos próceres, un obispo y un caballero.

En el interior de una cripta vemos dos cadáveres descomponiéndose, recorridos por asquerosos insectos, esperando el momento de presentarse ante el Juicio Divino. Se trata de un obispo, revestido con sus ropas litúrgicas, mientras que a su lado reposa un caballero de la Orden de Calatrava envuelto en su capa. En el fondo se pueden apreciar un buen número de esqueletos, una lechuza y un murciélago -los animales de las tinieblas-. En el centro del lienzo aparece una directa alusión al juicio de las almas; la mano llagada de Cristo -rodeada de un halo de luz dorada- sujeta una balanza en cuyo plato izquierdo -decorado con la leyenda "Ni más"- aparecen los símbolos de los pecados capitales que levan a la condenación eterna mientras que en el plato derecho -con la inscripción "Ni menos"- podemos ver diferentes elementos relacionados con la virtud, la oración y la penitencia. La balanza estaría nivelada y es el ser humano con su libre conducta quien debe inclinarla hacia un lado u otro.

San Gregorio de Nazianzo, en el sermón 14 sobre el Amor a los pobres, comenta:

El que se gloríe que se gloríe sólo en esto: en conocer y buscar a Dios, en dolerse de la suerte de los desgraciados y en hacer reservas de bien para la vida futura. Todo lo demás son cosas inconsistentes y frágiles y, como en el juego del ajedrez, pasan de unos a otros, mudando de campo; y nada es tan propio del que lo posee que no acabe por esfumarse con el andar del tiempo o haya de transmitirse con dolor a los herederos. Aquéllas, en cambio, son realidades seguras y estables, que nunca nos dejan ni se dilapidan, ni quedan frustradas las esperanzas de quienes depositaron en ellas su confianza.

A mi parecer, ésta es asimismo la causa de que los hombres no tengan en esta vida ningún bien estable y duradero. Y esto —como todo lo demás— lo ha dispuesto así de sabiamente la Palabra creadora y aquella Sabiduría que supera todo entendimiento, para que nos sintamos defraudados por las cosas que caen bajo nuestra observación, al ver que van siempre cambiando en uno u otro sentido, ora están en alza ora en baja padeciendo continuos reveses y, ya antes de tenerlas en la mano, se te escurren y se te escapan. Comprobando, pues, su inestabilidad y variabilidad, esforcémonos por arribar al puerto de la vida futura. ¿Qué no haríamos nosotros de ser estable nuestra prosperidad si, inconsistente y frágil como es, hasta tal punto nos hallamos como maniatados por sutiles cadenas y reducidos a esta servidumbre por sus engañosos placeres, que nos vemos incapacitados para pensar que pueda haber algo mejor y más excelente que las realidades presentes, y eso a pesar de escuchar y estar firmemente persuadidos de que hemos sido creados a imagen de Dios, imagen que está arriba y nos atrae hacia sí?