sábado, 3 de enero de 2015

Francisco Pacheco. San Juan Bautista

San Juan Bautista.1608. Francisco Pacheco
 Óleo sobre tabla. Medidas: 99cm x 45cm.
Museo del Prado. Madrid. España

Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: "Trás de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo." Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua para que sea manifestado a Israel.»

Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: "Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo." Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»

Leemos hoy en la Eucaristía eswte pasaje del primer capítulo del Evangelio según san Juan, en el que san Juan Bautista señala a Jesús como el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Esta alocución dio lugar a una fecunda iconografía del santo, que señala con el dedo hacia Jesús. De ahí viene, también, la expresión castellana de permanecer "hasta que san Juan baje el dedo".

Contemplamos, precisamente, una tabla que representa a san Juan en esta actitud, del pintor sevillano Francisco de Pacheco, suegro de Velázquez. Esta obra formaba parte del retablo de doña Francisca de León en la iglesia del convento sevillano del Santo Ángel, que el pintor contrató en 1605.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Fra Bartolomeo

La Natividad.1504-15077. Fray Bartolomeo
 Óleo sobre tabla. Medidas: 340 cm x 245 cm.
Instituto de Arte de chicago. USA

Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. 

En estos días ha resonado repetidas veces en nuestras iglesias el término «Encarnación» de Dios, para expresar la realidad que celebramos en la Santa Navidad: el Hijo de Dios se hizo hombre, como recitamos en el Credo. Pero, ¿qué significa esta palabra central para la fe cristiana? Encarnación deriva del latín «incarnatio». San Ignacio de Antioquía —finales del siglo I— y, sobre todo, san Ireneo usaron este término reflexionando sobre el Prólogo del Evangelio de san Juan, en especial sobre la expresión: «El Verbo se hizo carne». Aquí, la palabra «carne», según el uso hebreo, indica el hombre en su integridad, todo el hombre, pero precisamente bajo el aspecto de su caducidad y temporalidad, de su pobreza y contingencia. Esto para decirnos que la salvación traída por el Dios que se hizo carne en Jesús de Nazaret toca al hombre en su realidad concreta y en cualquier situación en que se encuentre. Dios asumió la condición humana para sanarla de todo lo que la separa de Él, para permitirnos llamarle, en su Hijo unigénito, con el nombre de «Abbá, Padre» y ser verdaderamente hijos de Dios. San Ireneo afirma: «Este es el motivo por el cual el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre, entrando en comunión con el Verbo y recibiendo de este modo la filiación divina, llegara a ser hijo de Dios».

«El Verbo se hizo carne» es una de esas verdades a las que estamos tan acostumbrados que casi ya no nos asombra la grandeza del acontecimiento que expresa. Y efectivamente en este período navideño, en el que tal expresión se repite a menudo en la liturgia, a veces se está más atento a los aspectos exteriores, a los «colores» de la fiesta, que al corazón de la gran novedad cristiana que celebramos: algo absolutamente impensable, que sólo Dios podía obrar y donde podemos entrar solamente con la fe. El Logos, que está junto a Dios, el Logos que es Dios, el Creador del mundo, por quien fueron creadas todas las cosas, que ha acompañado y acompaña a los hombres en la historia con su luz, se hace uno entre los demás, establece su morada en medio de nosotros, se hace uno de nosotros. El Concilio Ecuménico Vaticano II afirma: «El Hijo de Dios... trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado». Es importante entonces recuperar el asombro ante este misterio, dejarnos envolver por la grandeza de este acontecimiento: Dios, el verdadero Dios, Creador de todo, recorrió como hombre nuestros caminos, entrando en el tiempo del hombre, para comunicarnos su misma vida. Y no lo hizo con el esplendor de un soberano, que somete con su poder el mundo, sino con la humildad de un niño.

Estas palabras son del santo Padre Benedicto XVI, pronunciadas en su Audiencia General de 9 de enero de 2013. Nos sirven de meditación en la contemplación de una bellísima tabla pintada por un célebre pintor dominico: Fray Bartolomeo o Fra Bartolommeo (1472 - 1517), quien es considerado uno de los grandes artistas del Renacimiento en Florencia. Su nombre original era Baccio della Porta, tomando el nombre de Fray Bartolomeo en el año 1500 cuando llegó a la orden Dominicana.

Entre 1483 y 1484, gracias a la recomendación de Benedetto da Maiano, ingresa como aprendiz en el taller de Cosimo Rosselli. Tras dejar el taller comienza a interesarse por la obra de Leonardo da Vinci. Entre 1490 y 1491 comienza una colaboración con Mariotto Albertinelli. A finales de 1490, Baccio fue seguidor de las enseñanzas de Fray Girolamo Savonarola, que denuncia lo que él ve como arte contemporáneo inútil y corrupto hasta llegar a crear la hoguera de las vanidades. Savonarola defiende el arte como ilustración visual directa de la biblia para educar a los que son incapaces leer la Biblia. A partir de 1498 dibuja su famoso retrato de Savonarola, ahora en el Museo Nazionale di San Marco en Florencia. Al año siguiente le encargan la realización del fresco del Juicio universal para el Hospital de Santa Maria Nuova, terminado por Albertinelli y Giuliano Bugiardini cuando Baccio se convierte en un fraile dominicano el 26 de julio de 1500. Al año siguiente entra en el convento de San Marco.

Renuncia a la pintura durante varios años, no reapareciendo hasta 1504 en que se convierte en el jefe del taller del monasterio en obediencia a su superior. En ese mismo año comienza La visión de San Bernardo para la capilla de la familia de Bernardo Bianco en la Badia Fiorentina, acabado en 1507. Poco tiempo después de este trabajo, Rafael visita Florencia y se hace amigo del fraile. Bartolomeo aprende el uso de la perspectiva del artista más joven, mientras que Rafael aprende las habilidades de colorear y la dirección del trazo, las nuevas técnicas aprendidas por ambos se reflejaran en los trabajos futuros de ambos artistas. Rafael, con quien entabló una gran amistad durante su estancia, finaliza dos obras que el monje había dejado en sus manos cuando este realiza un viaje a Roma. De esta época es la tabla del la Natividad, que nos permite vislumbrar la visión espiritual de la Natividad a través del arte de este religioso.

martes, 30 de diciembre de 2014

Duccio. La Presentación en el Templo

La Presentación en el Templo. 1308-1311. Duccio
Témpera sobre tabla. Medidas: 42cm x 43cm.
Museo dell'Opera del Duomo (Siena)

En aquel tiempo, había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.

Ayer nos narraba el Evangelio la Presentación del Niño en el Templo de Jerusalén, y el cántico profético del anciano Simeón. Hoy nos presenta a la segunda protagonista de la escena, la profetisa Ana. Ambos personajes aparecen a la derecha de la tabla de Duccio. Simeón lleva el niño en brazos, que se dirige a su madre, y Ana observa detrás la escena. Al otro lado está la virgen María y san José, representado como un anciano. Al fondo aparece un altar, decorado con un rico frontal, sobre el que se alza un baldaquino.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Martirio de Santo Tomás Becket

Martirio de santo Tomás Becket. 1250. Anónimo inglés
Pintura y oro sobre pergamino. Medidas: 24cm x 17cm.
Walters Art Museum. Baltimore. USA

Recordamos hoy a uno de lsos santos más representativos de la época medieval, el inglés santo tomás Becket. Fue asesinado a causa de su defensa de los derechos de la Iglesia frente a las injustas pretensiones del rey inglés, lo que sitúa su persona en la línea de la llamada reforma gregoriana, impulsada por el papa san Gregorio VII, tendente a liberar a la Iglesia de servidumbres temporales inaceptables.

El 3 de junio de 1162 Tomás recibió el sacramento del orden y a continuación fue consagrado arzobispo. Entregado en cuerpo y alma a su misión, se propuso guardar celosamente los derechos del pueblo y de la Iglesia. De la noche a la mañana dio un cambio radical a su forma de vida, hecho que fue ostensible para quienes le conocían. Centrado en la oración, el ejercicio de la piedad y caridad con los desfavorecidos, templado y moderado al extremo en sus costumbres culinarias, que eran harto frugales, se esforzaba por todas las vías posibles en seguir el camino de la perfección. Humildemente pidió que no le ocultaran las flaquezas que advirtieran en él: «Muchos ojos ven mejor que dos. Si ven en mi comportamiento algo que no está de acuerdo con mi dignidad de arzobispo, les agradeceré de todo corazón si me lo advierten».

Las disensiones con el rey llegaron pronto. Tomás repudiaba cualquier prebenda del monarca sobre sus súbditos, como propugnaban las «constituciones»de 1164. Le había apoyado siempre incondicionalmente, pero no podía tolerar las presiones que ejercía sobre la Iglesia. Su rechazo a las decisiones que tomaba Enrique II oprimiendo al pueblo y haciéndole objeto de distintos atropellos, supuso para él un destierro de seis años en territorio francés. Primeramente vivió con la comunidad cisterciense de Pontigny, pero la ira del rey que amenazaba la vida de todos si cobijaban a Tomás, hizo que en 1166 éste se trasladara a la abadía de San Columba Abbey, en Sens, donde se gozaba de la protección de Luís VII de Francia. Hasta que el papa Alejandro III medió entre las partes y aunque Tomás le rogó que lo reemplazase en su misión por otra persona, no logró convencerle, por lo cual regresó a Canterbury. Su vuelta estuvo marcada por la convicción de que iba hacia su muerte. Ante la aclamación de sus seguidores manifestó: «Vuelvo a Inglaterra para morir». Impugnó las decisiones de obispos que acogieron las «constituciones» poniendo de manifiesto que nada había cambiado en él, y actuó como mediador de quienes veían pisoteados derechos elementales.

Harto y resentido, en un momento dado el rey farfulló ante un grupo de personas su deseo de liberarse de aquel «clérigo infernal que le hacía la vida imposible». Cuatro componentes de su séquito, que le oyeron, tomaron literalmente sus palabras. Buscaron a Tomás, le acosaron en el interior de la catedral donde se hallaba, y sin inmutarse ante su valentía, mientras decía: «En nombre de Jesús y en defensa de la Iglesia, estoy dispuesto a morir», lo decapitaron brutalmente el 29 de diciembre de 1170. Alejandro III lo canonizó el 21 de febrero de 1173.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Rafael. La Sagrada Familia del Cordero

Sagrada Familia del Cordero.1507. Rafael Sanzio
 Óleo sobre tabla. Medidas: 28cm x 21cm.
Museo del Prado. Madrid. España

Tras formarse con Perugino, Rafael abandonó Perugia y se trasladó a Florencia en 1504, donde permaneció cuatro años asimilando el arte de Leonardo y Miguel Ángel. Su paulatino dominio del clasicismo se percibe en una serie de madonne que constituyen una delicada sucesión de variaciones sobre el tema del amor maternal. Una de ellas es esta Sagrada Familia del Cordero, inspirada en el dibujo preparatorio de Leonardo da Vinci para el altar mayor de la Annunciata de Florencia.

Aunque el dibujo se ha perdido y el altar no llegó a realizarse, se sabe por una carta fechada en abril de 1501 que la composición mostraba a santa Ana sujetando a la Virgen, quien trataba de impedir que su hijo abrazase al cordero. Esa doble acción fue interpretada por fray Pietro de Novellara, autor de la misiva, como la Iglesia -personificada por santa Ana- asumiendo el sacrificio de Cristo -a quien alude el cordero- pese al gesto de la Virgen, que se muestra reacia a aceptarlo. Al igual que el dibujo de Leonardo -del que se conserva copia en una colección privada de Ginebra-, la tabla de Rafael muestra a la Virgen, el Niño y el cordero, pero santa Ana ha sido sustituida por san José.

Más importante que este cambio puntual es que Rafael modificase el significado de la escena, al mostrar a la Virgen ayudando a su hijo a abrazar al cordero ante la mirada, atenta y reflexiva, de san José quien participa del significado premonitorio de la acción. La comunicación entre los personajes viene subrayada mediante la disposición de los cuerpos y la dirección de las miradas. La inclusión en el plano medio de una escena secundaria con la huida a Egipto, sugiere que el tema principal alude a un descanso en el camino.

El paisaje está lleno de elementos arquitectónicos que, aunque presentes en otras obras coetáneas del pintor, no son italianos y deben estar tomados de grabados nórdicos. Igualmente, el cordero y la minuciosa recreación de la naturaleza, especialmente el tratamiento de la botánica en primer plano, sugieren el estudio por parte del joven Rafael de obras de Hans Memling presentes entonces en Florencia. Los rasgos de la Virgen, singulares en la producción de Rafael, se asemejan a los de la Madonna dei Garofani (colección del duque de Northcumberland), y se explican por su común dependencia de modelos de Leonardo, mientras para san José se ha señalado la influencia de Fra Bartolomeo.

La tabla perteneció a la colección Falconieri de Roma en 1703. Poco después ingresó en la colección real española, habiéndola identificado algunos autores como el Descanso en la huida a Egipto de Rafael, que el pintor Carlo Maratta compró para el rey Felipe V en 1724. Depositada en el monasterio del Escorial, pasó al Museo del Prado en 1837.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Agnolo Gaddi. La Virgen con el Niño y santos

La Virgen con el Niño y santos. 1390. Agnolo Gaddi
Témpera y oro sobre tabla. Medidas: 97cm x 53cm.
National Gallery de Victoria. Melbourne. Australia

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos: la Palabra de la vida (pues la vida se hizo visible), nosotros la hemos visto, os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó. Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto, para que nuestra alegría sea completa.

Con estas palabras, que leemos en la primera lectura de hoy, comienza san Juan su Primera Epístola. Nos da testimonio de Jesús como Palabra de la Vida que se ha encarnado, cuyo nacimiento celebramos hace dos días, y en cuya octava se congregan los santos Esteban, Juan y los Inocentes.

Contemplamos una tabla del Trecento italiano en la que aparecen, al pie de la Virgen con el niño, los santos Juan el Bautista, Juan el Evangelista, Santiago (reconocible por su bordón de peregrino), y san Nicolás de Bari. Fue pintada por Agnolo Gaddi, cuyo estilo es un término medio entre el de Giotto y el naciente gótico internacional. En 1394 decoró la bóveda de la capilla mayor de la basílica de la Santa Croce (Florencia) con escenas de la leyenda de la Santa Cruz, en las que se revela como buen narrador.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Hans Memling. San Esteban

San Esteban. 1480. Hans Memling
Óleo sobre tabla. Medidas: 48cm x 17cm.
Museo de Arte de Cincinnati (Estaods Unidos)

Una venerable tradición litúrgica rodea la fiesta del nacimiento del Señor con la veneración de tres santos, el primero de los cuales es san Esteban. Junto al Señor recién nacido, concurre el primer mártir que dio testimonio, con su propia sangre, del Salvador.

Contemplamos una tabla de Hans Memmling, en la que aparece retratado con las vestiduras litúrgicas de los diáconos, es decir, la dalmática sobre el alba blanca. Lleva en la mano una piedra, que simboliza su martirio. Al fondo se divisa una ciudad, pintadas con la típica minuciosidad del artista flamenco.