jueves, 17 de julio de 2014

Louis Alincbrot. Tríptico con pasajes de la vida de Cristo

Tríptico con pasajes de la Vida de Cristo. 1450. Louis Alincbrot
Óleo sobre tabla. Medidas: 78 cm. x 134 cm.
Museo del Prado. Madrid.

Louis Alincbrot van Brugge, también llamado Lodewijk Allyncbrood o Alimbrot (1432 – 1463), fue un pintor de estilo gótico flamenco natural de Brujas y activo en Valencia en los años centrales del siglo XV. Hay constancia de su pertenecía al gremio de pintores de Brujas en 1432 y hasta 1437, año en que debió de trasladarse a Valencia, aunque no se inscribió como habitante de la ciudad hasta 1448. Murió en ella según algunas fuentes en octubre de 1460.

El tríptico que hoy contemplamos muestra escenas de la vida de Jesús. En la tabla izquierda aparece La Circuncisión; en la central Jesús disputando con los doctores, El Camino del Calvario y La Crucifixión al fondo; en la derecha, La Piedad, con el sarcófago para enterrar a Cristo detrás. 

Realizado durante su estancia en Valencia, el estilo de Alincbrot denota la deuda contraída con los Van Eyck durante los años que permanece en Brujas. Conserva el marco original, que arriba lleva en el centro unos versos con paráfrasis del Stabat Mater, himno del siglo XIII dedicado a la Virgen, y abajo escudos de Matías Corvino, Rey de Hungría, casado con la nieta de Alfonso V de Aragón, y de la familia valenciana Ruiz de Corella. 

Este tríptico procede del Convento de la Encarnación de Valencia.

miércoles, 16 de julio de 2014

Pietro Novelli. Nuestra Señora del Carmen

Nuestra Señora del Carmen y santos. 1641. Pietro Novelli
Óleo sobre lienzo. Medidas: 474 cm. x 750 cm.
Museo Diocesano de Palermo

Celebramos hoy la popular advocación de Santa María del Monte Carmelo, de la que nació en la Edad Media la familia religiosa de los Carmelitas. En su honor, contemplamos hoy un lienzo de gran formato del pintor barroco siciliano Pietro Novelli. En él aparece la santísima Virgen del Carmen, entronizada sobre nubes y ángeles, mostrando al niño Jesús, sosteniendo entre ambos el escapulario del Carmen. En un plano inferior aparecen diversos santos de la orden: a la derecha, Simon Stock, el fundador de los ermitaños carmelitas en Tierra Santa. De rodillas aparece el santo mártir Ángel de Jerusalén, un fraile siciliano, asesinado por los cátaros en 1225. A la izquierda aparecen dos místicas carmelitas más recientes: santa Teresa de Jesús y santa María Magdalena de Pazzi.

La espiritualidad carmelita busca acercarnos al misterio de Dios a través de Jesucristo, encarnado de María Virgen. De este modo, la fuerte impronta mariana nos conduce hacia la humanidad de Jesucristo, a través de la cual podemos acceder al misterio invisible de Dios. Es algo que ya san León Magno, en la antigüedad había afirmado, tal como leemos en el sermón 1 de Navidad, que leemos hoy en el Oficio Divino:

Dios elige a una virgen de la descendencia real de David; y esta virgen, destinada a llevar en su seno el fruto de una sagrada fecundación, antes de concebir corporalmente a su prole, divina y humana a la vez, la concibió en su espíritu. Y para que no se espantara, ignorando los designios divinos, al observar en su cuerpo unos cambios inesperados, conoce, por la conversación con el ángel, lo que el Espíritu Santo ha de operar en ella. Y la que ha de ser Madre de Dios confía en que su virginidad ha de permanecer sin detrimento. ¿Por qué había de dudar de este nuevo género de concepción, si se le promete que el Altísimo pondrá en juego su poder? Su fe y su confianza quedan, además, confirmadas cuando el ángel le da una prueba de la eficacia maravillosa de este poder divino, haciéndole saber que Isabel ha obtenido también una inesperada fecundidad: el que es capaz de hacer concebir a una mujer estéril puede hacer lo mismo con una mujer virgen.

martes, 15 de julio de 2014

Zurbarán. San Buenaventura

San Buenaventura. 1640-1650. Zurbarán
Óleo sobre lienzo. Medidas: 239 cm. x 222 cm.
Galería de Pinturas de los Maestros Antiguos. Dresde

Celebramos hoy la memoria de uno de los más grandes teólogos medievales: el franciscano san Buenaventura. Fue un religioso entregado no sólo a la reflexión, sino también dedicado a las labores de gobierno. Éste es el tema, precisamente, de la obra de Zurbarán que traemos a consideración: aparece vestido de franciscano, en conversación con un ángel ante la tiara papal que se encuentra sobre una mesa, con un grupo de cardenales en último término.

San Buenaventura gobernó la orden de San Francisco durante diecisiete años y se le llama, con razón, el segundo fundador. En 1265, a la muerte de Godofredo de Ludham, el Papa Clemente IV trató de nombrar a San Buenaventura arzobispo de York, pero el santo consiguió disuadirle de ello. Sin embargo, al año siguiente, el Beato Gregorio X le nombró cardenal obispo de Albano, ordenándole aceptar el cargo por obediencia y le llamó inmediatamente a Roma. Los legados pontificios le esperaban con el capelo y las otras insignias de su dignidad. Según se cuenta, fueron a su encuentro hasta cerca de Florencia y le hallaron en el convento franciscano de Mugello, lavando los platos. Como Buenaventura tenía las manos sucias, rogó a los legados que colgasen el capelo en la rama de un árbol y que se paseasen un poco por el huerto hasta que terminase su tarea. Sólo entonces San Buenaventura tomó el capelo y fue a presentar a los legados los honores debidos.

lunes, 14 de julio de 2014

Ricci. La misa de san Benito

La misa de san Benito. XVII. Fray Juan Andrés Ricci
Óleo sobre lienzo. Medidas: 281 cm. x 212 cm.
Real Academia de las Bellas Artes de San Fernando. Madrid.

El inventario de los bienes del desaparecido monasterio de San Martín de Madrid efectuado en agosto de 1809 como consecuencia de los decretos de exclaustración ordenados por José I recogía 72 pinturas de Ricci. Treinta y tres de ellas, dedicadas a la Vida de san Benito, se encontraban instaladas en el claustro, junto con otras veintiuna de retratos de hombres célebres de la orden y tres más de san Benito inventariadas fuera de la serie anterior quizá por su distinto tamaño. Otras se encontraban en el tránsito del claustro a la sacristía (seis de la vida de santo Domingo de Silos), la sala capitular, la biblioteca y el refectorio, donde colgaba el cuadro de gran tamaño del Castillo de Emaús. Se desconoce, sin embargo, en qué momento de su carrera pudo Ricci abordar un conjunto tan amplio y si lo hizo todo de una vez o en distintas etapas. Descontados los posibles contactos que tuviese con este monasterio, el más primitivo de la orden en Madrid, antes de marchar a Montserrat, alguna pintura pudo dejar en él en 1641, cuando servía como maestro del príncipe Baltasar Carlos, y es razonable suponer que residiese nuevamente en él entre 1659, año en que se le documenta pintando en el monasterio de Nuestra Señora de Sopetrán, y agosto de 1662 cuando, según su propia declaración, llegó a Roma.

El conjunto de pinturas del monasterio de San Martín, algo mermado ya tras las guerras napoleónicas, cuando además se destruyó su iglesia, se dispersó definitivamente tras la desamortización de 1835, al sufrir los monjes una segunda exclaustración, y son muy pocas las pinturas que en la actualidad se pueden reconocer como procedentes de él. Parece probable que a la serie de pinturas del claustro perteneciesen las dos escenas de la vida de san Benito propiedad del arzobispado de Madrid que estuvieron depositadas en la moderna parroquia de San Martín y actualmente en el convento de San Plácido: San Benito y el bárbaro Galla y San Benito y el milagro de la hoz; y al mismo conjunto pertenecerán La cena de san Benito y San Benito y los ídolos, propiedad del Museo del Prado tras su paso por el de la Trinidad, obras todas ellas de ejecución rápida y acusado predominio de los grises, acentuando incluso los efectos de claroscuro en fecha avanzada por la utilización de la iluminación artificial en el lienzo de la Cena.

También pudo formar parte de esta serie el San Benito bendice a los niños Mauro y Plácido del Museo del Prado, en el que se ha visto un autorretrato del pintor en la figura del monje que acompaña a san Benito, recordando que según el padre Sarmiento, huésped años después del monasterio, era tradición allí que Ricci se había autorretratado en el monje que asiste a la muerte de san Benito, lienzo desaparecido, explicándolo a modo de firma a la manera utilizada ya por los artistas griegos, de la que Ricci, que no firmó ninguno de sus cuadros, pudo servirse en más de una ocasión.

La misma procedencia, aunque por su tamaño y su mayor empeño y riqueza de color, no formaría parte de la misma serie, tiene la gran Misa de San Benito de la Academia de San Fernando, para muchos críticos su obra más ambiciosa. El cuadro formó parte de los seleccionados en 1810 por Francisco de Goya y Mariano Salvador Maella para ser enviados a París con destino al Museo Napoleón, siendo allí trasladado en 1813 y retornado a España en 1818 para ingresar de inmediato en la colección de la Academia. Su asunto, habitualmente entendido como la última misa de san Benito, podría contrariamente tratarse de la Primera misa de san Benito, cuando según una tradición teológicamente controvertida, pero defendida por los monjes benitos españoles, al pronunciar las palabras de la consagración (Este es mi cuerpo) le respondió la Hostia con las palabras inscritas en el cuadro: INMO TUUM BENEDICTE, y también tuyo, Benito.

domingo, 13 de julio de 2014

Herrad von Landsberg. La parábola del sembrador

La parábola del sembrador. 1180. Herrad von Landsberg
Óleo sobre pergamino
Biblioteca municipal de Estrasburgo

Herrada de Landsberg, también Herrad de Hohenburg (c. 1130 - 25 de julio 1195), fue una monja alsaciana del siglo XII y abadesa de la abadía de Hohenburg en las montañas de los Vosgos de Francia. Es conocida como la autora y artista del llamado Hortus Deliciarum (El Jardín de las Delicias), un notable texto enciclopédico.

El manuscrito de la obra se conservaba en la Biblioteca municipal de Estrasburgo, pero pereció durante la Guerra Franco Prusiana de 1870. Sin embargo, muchas de sus ilustraciones habían sido copiadas, por lo que hoy las conocemos. Una de ellas es la que ilustra el Evangelio que leemos hoy: la parábola del sembrador. Aparece a la izquierda el sembrador, y se ven las distintas suertes de la semilla que arroja. Se trata de una magnífica muestra del arte del miniado, la ilustración didáctica de los textos que se copiaban.

viernes, 11 de julio de 2014

Alonso Berruguete. San Benito

San Benito. 1526-1532. Alonso Berruguete
Madera tallada policromada. Medidas: 223cm x 11cm x 75cm.
Museo Nacional de Escultura. Valladolid

Celebramos la Solemnidad de San Benito. Por eso, hemos seleccionado una escultura procedente de uno de los monasterios más ilustres de la Orden Benedictina, el de San Benito el Real, de Valladolid, cabeza de la congregación benedictina hispana hasta la secularización del siglo XIX. Esta escultura, presidía el soberbio retablo que talló en genial escultor Alonso Berruguete.

San Benito aparece inclinado hacia abajo, debido a su posición elevada en el retablo. al mostrarse hoy desmontado este retablo, da la sensación de estar inclinado, cosa que no sucedería cuando el retablo se encontraba montado en la iglesia abacial. Berruguete muestra un perfecto conocimiento de la anatomía, y su estilo destaca por su especial realismo.

Su aspecto es el de un hombre castellano de la época, con rostro severo y el típico hábito benedictino de la congregación hispana, de capucha redonda y grandes vuelos sobre el escapulario, tal como lo ha conservado en nuestros días la congregación inglesa, que se refugió en España durante la persecución de los anglicanos.

jueves, 10 de julio de 2014

Correa de Vivar. San Benito bendiciendo a san Mauro

San Benito bendiciendo a san Mauro. 1540. Juan Correa de Vivar
Óleo sobre tabla. Medidas: 94cm x 87cm.
Museo del Prado. Madrid

Esta tarde, con las Primeras Vípseras, comenzamos la celebración de la Solemnidad de nuestro Padre san Benito. Con este motivo, contemplamos hoy una tabla de Correa del Vivar, en la que se nos muestra el milagro de san Benito, rescatando al niño Plácido mediante la obediencia del discípulo Mauro. La narración del acontecimiento procede de la pluma del papa san Gregorio, en su Libro de los Diálogos.

Un día, mientras el venerable Benito estaba en su celda, el mencionado niño Plácido, monje del santo varón, salió a sacar agua del lago y al sumergir incautamente en el agua la vasija que traía, cayó también él en el agua tras ella. Al punto le arrebató la corriente arrastrándole casi un tiro de flecha. El hombre de Dios, que estaba en su celda, al instante tuvo conocimiento del hecho. Llamó rápidamente a Mauro y le dijo: "Hermano Mauro, corre, porque aquel niño ha caído en el lago y la corriente lo va arrastrando ya lejos". Cosa admirable y nunca vista desde el apóstol Pedro; después de pedir y recibir la bendición, marchó Mauro a toda prisa a cumplir la orden de su abad. Y creyendo que caminaba sobre tierra firme, corrió sobre el agua hasta el lugar donde la corriente había arrastrado al niño; le asió por los cabellos y rápidamente regresó a la orilla".

Apenas tocó tierra firme, volviendo en sí, miró atrás y vio que había andado sobre las aguas, de modo que lo que nunca creyó poder hacer, lo estaba viendo estupefacto como un hecho. Vuelto al abad, le contó lo sucedido. Pero el venerable varón Benito empezó a atribuir el hecho, no a sus propios merecimientos, sino a la obediencia de Mauro. Éste, por el contrario, decía que el prodigio había sido únicamente efecto de su mandato y que él nada tenía que ver con aquel milagro, porque lo había obrado sin darse cuenta. En esta amistosa porfía de mutua humildad, intervino el niño que había sido salvado, diciendo: "Yo, cuando era sacado del agua, veía sobre mi cabeza la melota del abad y estaba creído que era él quien me sacaba del agua".