jueves, 18 de septiembre de 2014

Dieric Bouts. Cristo en la casa de Simón

Cristo en la casa de Simón. 1440. Dieric Bouts
Óleo sobre tabla. Medidas: 40 cm x 61 cm.
Museo Estatal. Berlín

El Evangelio que nos propone la liturgia de este día nos narra la escena de Jesús, que entra a cenar en la casa del fariseo Simón. Una pecadora se pone a sus pies, se los lava con sus lágrimas y se los enjuga con sus cabellos. El contraste queda establecido entre el fariseo, que duda de Jesús por no reconocer la condición pecadora de la mujer, y el Señor, que otorga su perdón a quien le ha amado.

Hemos escogido una tabla de Dieric Bouts. Este autor neerlandés  tiene cierta rigidez primitiva en el dibujo, pero sus pinturas son altamente expresivas, bien diseñadas y ricas en color. En la escena, aparecen cuatro personajes sentados a la mesa: Jesús, al lado del cual está Simón el fariseo; y dos personajes más, uno maduro y otro joven, que podríamos identificar como Pedro y Juan. A los pies de Jesús una mujer, junto a la cual hay varios frascos de perfumes, enjuga los pies de Jesús. Otro personaje orante, posiblemente el autor del encargo de la obra, está arrodillado en oración frente a la mujer, vestido con un hábito de color blanco.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Santa Hildegarda

Santa Hildegarda recibie la divina inspiración. 1933
Facsimil del Codex Scivias de 1179
Monasterio de Santa Hildegarda Eibingen

Celebramos hoy la memoria de una de las grandes monjas benedictinas de la Edad Media: santa Hildegarda. La iluminación que contemplamos pertenece a un fácsimil hecho a mano en torno al año 1933, del Códice original Scivias. Este Códice se encontraba en la Biblioteca de la Universidad de Passau, pero el año 1945 fue enviado a Dresde para intentar salvarlo, lo que resultó fatal, pues pereció en el bombardeo de la ciudad. Dejamos al papa Benedicto XVI, en su Audiencia General del 1 de septiembre de 2010, hablarnos de la santa:

También en aquellos siglos de la historia que habitualmente llamamos Edad Media, muchas figuras femeninas destacaron por su santidad de vida y por la riqueza de su enseñanza. Hoy quiero comenzar a presentaros a una de ellas: santa Hildegarda de Bingen, que vivió en Alemania en el siglo XII. Nació en 1098 en Renania, en Bermersheim, cerca de Alzey, y murió en 1179, a la edad de 81 años, pese a la continua fragilidad de su salud. Hildegarda pertenecía a una familia noble y numerosa; y desde su nacimiento sus padres la dedicaron al servicio de Dios. A los ocho años, a fin de que recibiera una adecuada formación humana y cristiana, fue encomendada a los cuidados de la maestra Judith de Spanheim, que se había retirado en clausura al monasterio benedictino de san Disibodo. Se fue formando un pequeño monasterio femenino de clausura, que seguía la regla de san Benito. Hildegarda recibió el velo de manos del obispo Otón de Bamberg y, en 1136, cuando murió la madre Judith, que era la superiora de la comunidad, las hermanas la llamaron a sucederla. Desempeñó esta tarea sacando fruto de sus dotes de mujer culta, espiritualmente elevada y capaz de afrontar con competencia los aspectos organizativos de la vida claustral. Algunos años más tarde, también a causa del número creciente de las jóvenes que llamaban a las puertas del monasterio, Hildegarda fundó otra comunidad en Bingen, dedicada a san Ruperto, donde pasó el resto de su vida. Su manera de ejercer el ministerio de la autoridad es ejemplar para toda comunidad religiosa: suscitaba una santa emulación en la práctica del bien, tanto que, como muestran algunos testimonios de la época, la madre y las hijas competían en amarse y en servirse mutuamente.

Ya en los años en que era superiora del monasterio de san Disibodo, Hildegarda había comenzado a dictar las visiones místicas, que recibía desde hacía tiempo, a su consejero espiritual, el monje Volmar, y a su secretaria, una hermana a la que quería mucho, Richardis de Strade. Como sucede siempre en la vida de los verdaderos místicos, también Hildegarda quiso someterse a la autoridad de personas sabias para discernir el origen de sus visiones, temiendo que fueran fruto de imaginaciones y que no vinieran de Dios. Por eso se dirigió a la persona que en su tiempo gozaba de la máxima estima en la Iglesia: san Bernardo de Claraval, del cual ya hablé en algunas catequesis. Este tranquilizó y alentó a Hildegarda. Y en 1147 recibió otra aprobación importantísima. El Papa Eugenio III, que presidía un sínodo en Tréveris, leyó un texto dictado por Hildegarda, que le había presentado el arzobispo Enrique de Maguncia. El Papa autorizó a la mística a escribir sus visiones y a hablar en público. Desde aquel momento el prestigio espiritual de Hildegarda creció cada vez más, tanto es así que sus contemporáneos le atribuyeron el título de «profetisa teutónica». Este, queridos amigos, es el sello de una experiencia auténtica del Espíritu Santo, fuente de todo carisma: la persona depositaria de dones sobrenaturales nunca presume de ellos, no los ostenta y, sobre todo, muestra una obediencia total a la autoridad eclesial. En efecto, todo don que distribuye el Espíritu Santo está destinado a la edificación de la Iglesia, y la Iglesia, a través de sus pastores, reconoce su autenticidad.

martes, 16 de septiembre de 2014

Pierre Bouillon. Jesús resucita al hijo de la viuda de Naim.

Jesús resucita al hijo de la viuda de Naim. 1800. Pierre Bouillon
Óleo sobre lienzo. Medidas: 125 cm x 162 cm.
Museo de Tesse, Le Mans (Francia)

Leemos hoy en el Evangelio según san Lucas la resurrección del hijo difunto de una viuda en Naim. Cuando van a enterrarlo, en medio de duelo, con la pobre viuda que ha perdido a su único hijo, Jesús se compadece de su dolor, y lo resucita. El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre. Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo: «Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.» La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.

El óleo que ilustra la escena pertenece al autor francés Bouillon, ya en tránsito del barroco hacia el romanticismo de tipo historicista. La escena está pintada con vivos colores, con una rica arquitectura de fondo, ante la que se yergue Jesús, revestido con un manto azul sobre túnica roja. El difunto se desprende del sudario y la madre, arrodillada, queda estupefacta ante el hecho.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Murillo. La Dolorosa

La Dolorosa. 1660-1670. Bartolomé Esteban Murillo
Óleo sobre lienzo. Medidas: 52 cm x 41 cm.
Museo del Prado. Madrid. España

Después de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, celebra la Iglesia la memoria de la Virgen Dolorosa, la Madre que permaneció al pie de la Cruz, tal como nos lo transmite el Evangelio según san Juan. Se trata de un tema frecuente en la iconografía, ya sea en la escena de la Piedad, en la que aparece la Madre sosteniendo el cadáver del Hijo bajado de la Cruz, o bien el retrato de la Virgen Dolorosa. Este segundo tema es el que hemos escogido hoy, en la diestra mano de Murillo.

La Virgen, pintada de busto y levemente girada hacia la izquierda, surge desde el fondo neutro gracias a la iluminación dirigida al rostro, que entra por el lateral, hacia el que se inclina la figura. Lleva, debajo del velo que le cubre la cabeza, una toca blanca que rodea la cara y el cuello y cuyo borde despegado origina zonas de sombras. Murillo demuestra ser el pintor español que mejor expresa el sentir católico del momento. Es de suponer que quien realiza temas amables con soltura no debe tener predilección por representar asuntos relativos a la Pasión de Jesucristo, pero cuando lo hace, como en este caso, no es menos devoto, aunque procure dulcificar el dramatismo con un lenguajes más blando y suave, propio, sin duda, de su madurez. El rostro de María corresponde al modelo femenino habitual en el pintor, aquí con expresión apenada pero serena, sin crispaciones exageradas y con los ojos hinchados por el llanto y todavía llenos de lágrimas.         

domingo, 14 de septiembre de 2014

Silos. Descendimiento de la Cruz

Descendimiento de la Cruz. Siglo XI. Primer Maestro de Silos
Piedra tallada
Monasterio de Santo Domingo de Silos

La Santa Cruz es instrumento no ya de ignominia y tortura, sino para la visión creyente constituye el lugar donde se manifiesta la gloria de Dios salvando a los hombres. La teología de san Juan remarca este concepto, y así lo captó el la escultura del Primer Maestro de Silos en el excepcional relieve que hoy contemplamos.

Cristo aparece muerto, pero su rostro muestra una plácida sonrisa, que infunde confianza o tranquilidad, Está siendo desenclavado de la Cruz por Nicodemo y José de Aritmatea, uno de los cuales le sujeta por la cintura, mientras que el otro suelta el clavo izquierdo. San Juan, con un libro en la mano, lo contempla desde la izquierda, mientras que María recoge reverente la inerte mano de Jesús, que cuelga una vez desenclavada.

Por encima dos ángeles que portan la luna y sol hacen referencia a la oscuridad que se produjo en el momento de la muerte, y tres ángeles incensan desde arriba, aludiendo a la divinidad del que está muerto. La Cruz está levantada sobre un terreno rocoso, que se muestra a través de bultos tallados. En medio, aunque en parte perdida, se encuentra el sepulcro de Adán, sobre el cual se ha levantado la Cruz, y el propio Adán resucitando, tal como dice el evangelista Mateo que sucedió al morir Jesús, cuando las tumbas de muchos santos se abrieron y resucitaron.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Mosaico de san Juan Cristóstomo

San Juan Crisóstomo . Siglo IX.
Mosaico
Santa Sofía de Constantinopla

Celebramos la memoria de san Juan Crisóstomo, uno de los grandes santos de Oriente, cuya enseñanza todavía hoy nos asombra por su modernidad. En medio de la opulenta sociedad bizantina, supo dar testimonio cristiano desde su puesto de Patriarca de Constantinopla en favor de los pobres, tal como nos manda el Señor en el Evangelio.

La imagen que contemplamos pertenece, precisamente, a la de su catedral: la Basílica de Santa Sofía de Constantinopla. Este rico mosaico fue compuesto después de la crisis iconoclasta: en el siglo VIII, por influencia musulmana, se extendió un movimiento que era contrario a cualquier representación de la divinidad o de los santos. Infinidad de imágenes sagradas fueron destruidas en el Imperio Bizantino. La contestación, no sólo de pueblo fiel, sino también de la más sana teología cristiana, terminó triunfando sobre tal movimiento.

En la imagen, aparece san Juan Crisóstomo sobre un fondo dorado, enmarcado por un arco, vestido con la casulla sacerdotal y la palia episcopal. A ambos lados, en griego, está escrito su nombre.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Alonso Berruguete. El Nacimiento de la Virgen

Nacimiento de la Virgen . 1523-1526. Alonso Berruguete
Madera tallada y policromada. Medidas: 110 cm. x 104 cm. x 38 cm.
Museo Nacional de Escultura. Valladolid

Dulcísimo Nombre de la Bienaventurada Virgen María. En este día se recuerda el inefable amor de la Madre de Dios hacia su santísimo Hijo, y su figura de Madre del Redentor es propuesta a los fieles para su veneración.

Este anuncio del Martirologio Romano hay que ponerlo en relación con la fiesta del Nacimiento de la Virgen, que celebramos hace unos días. Los judíos tenían por costumbrew imponer el nombre al recién nacido a los ocho días; por eso, a los pocos días de la Natividad de la Virgen, celebramos esta fiesta en su honor. Por primera vez, se autorizó la celebración de esta fiesta en 1513, en la ciudad española de Cuenca; desde ahí se extendió por toda España y en 1683, el Papa Inocencio XI la admitió en la iglesia de occidente como una acción de gracias por el levantamiento del sitio a Viena y la derrota de los turcos por las fuerzas de Juan Sobieski, rey de Polonia.

Esta conmemoración es probablemente algo más antigua que el año 1513, aunque no se tienen pruebas concretas sobre ello. Todo lo que podemos decir es que la gran devoción al Santo Nombre de Jesús, que se debe en parte a las predicaciones de San Bernardino de Siena, abrió naturalmente el camino para una conmemoración similar del Santo Nombre de María.

En honor de la Santísima Virgen hemos escogido un relieve que pertenece al retablo mayor de la iglesia monástica de la Mejorada. Se sitúa en el ático en la primera calle del lado del Evangelio. Según la secuencia narrativa del retablo los relieves desarrollan escenas de la vida de Cristo y María. 

Este relieve narra el episodio del Nacimiento de la Virgen, presenta una composición un tanto compleja donde se agrupan cinco figuras encasetadas en un pequeño espacio. Santa Ana aparece recostada sobre una cama con la Virgen recién nacida sobre su regazo, tras ella aparece una elegante figura sosteniendo a la Virgen, ataviada con un manto volado, por su actitud de delicadeza hace pensar que es un ángel que asiste a la escena, varias mujeres atienden a Santa Ana en el parto, se colocan en la franja inferior, parte terrenal del relieve con vestidos populares, dos de ellas aparecen arrodilladas y otra inclinada dispuesta en un difícil escorzo, que otorga gran dinamismo a toda la escena.