viernes, 29 de agosto de 2014

Maestro de Miraflores. Prisión de san Juan Bautista.


Prisión de san Juan Bautista. 1490-1500. Maestro de Miraflores
Óleo sobre tabla. Medidas: 94 cm. x 53 cm.
Museo del Prado. Madrid.

El año pasado, en la memoria del Martirio de Juan Bautista que hoy celebramos, contemplamos la Decapitación de san Juan Bautista. Este año contemplamos la tabla que acompaña a la anterior, que nos muestra el prendimiento del santo precursor.

De este anónimo autor conocemos cinco tablas pintadas para la Cartuja de Miraflores, que hoy se encuentran en el Museo del Prado. Una de ellas es el prendimiento de Cristo, similar a la que vemos hoy; si bien en el caso de san Juan, la escena tiene lugar en un escenario urbano. El autor nos presenta al santo revestido por un manto, bajo el cual se adivina el vestido de cilicio (piel de camello), que evoca su vida penitente.

Dos personajes ricamente ataviados contemplan la escena, y un galgo aparece en primer plano. La tabla capta perfectamente el espíritu penitencial propio de la Cartuja, que encuentra en san Juan Bautista un modelo y un arquetipo de su ideal ascético.

jueves, 28 de agosto de 2014

Pedro Berruguete. San Ambrosio y san Agustín

San Ambrosio y san Agustín. 1495-1500. Pedro Berruguete
Óleo sobre tabla. Medidas: 58 cm. x 72 cm.
Museo del Prado. Madrid.

Celebra hoy la Iglesia con especial veneración la memoria de san Agustín de Hipona, el gran santo africano, el gran pensador, el obispo egregio que empleó todos sus afanes en la evangelización del pueblo a él confiado, el pensador que todavía hoy nos admira mediante la lectura de su ingente obra.

Hemos seleccionado una tabla, típica de la mano de Berruguete, en la que aparece junto a san Ambrosio. Hace pareja con otra tabla, dedicada a los santos Jerónimo y Gregorio. Se trata de los cuatro padres de la Iglesia latina. No en vano vienen asociados Agustín y Ambrosio, pues éste último influyó poderosamente en la conversión del joven Agustín durante su estancia en Milán.

Llama la atención lo elaborado de la obra: los ricos cabujones que decoran las capas pontificales, o los grandes libros abiertos, cuyo texto casi podría leerse.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Muerte de santa Mónica y partida de san Agustín.

Muerte de santa Mónica y partida de san Agustín. 1430. Maestro de Osservanza
Témpera y oro sobre pergamino. Medidas: 24 cm. x 27 cm.
Museo Fitzwilliam. Cambridge

Recordamos hoy a una egregia mujer, santa Mónica, madre de san Agustín. Su vida transcurrió entre un marido infiel y violento, y un hijo a la deriva, buscando la gloria del mundo y perdiendo el mayor tesoro de su madre: la fe católica.

San Agustín, en sus Confesiones, nos narra su muerte: estaban dispuestos a embarcar para regresar a África en Ostia Tiberina, el puerto de Roma, cuando la muerte la sorprendió, debiendo su hijo enterrarla allí mismo y partir para su tierra natal.

La iluminación que contemplamos narra este acontecimiento con precisión. A la izquierda aparece un monumento funerario, similar al de los mártires, con dos niveles: el inferior, con la tumba en forma, casi, de altar; y por encima, en un nivel superior, la santa llevada al Paraíso por los ángeles. A la izquierda, se ve un barco, en el que san Agustín parte para África, revestido ya con el hábito negro de los monjes.

martes, 26 de agosto de 2014

Antonio Arias. Jesucristo recibe el mundo de manos de Dios Padre

Jesucristo recibe el mundo de manos de Dios Padre. 1657. Antonio Arias
Óleo sobre lienzo. Medidas: 220 cm. x 164 cm.
Museo del Prado. Madrid.

Os rogamos, hermanos, a propósito de la venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con él, que no perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis por supuestas revelaciones, dichos o cartas nuestras, como si afirmásemos que el día del Señor está encima. Que nadie en modo alguno os desoriente.

Estas palabras están tomadas del capítulo tercero de la Segunda Carta a los Tesalonicenses, que hoy leemos en la primera lectura de la Eucaristía. Se trata del argumento central de esta epístola: frente a los que invitaban a abandonarlo todo en la certeza de la inmediatez del retorno glorioso del Señor y del fin del mundo, se invita a los cristianos a no perder la calma y a seguir trabajando en el mundo, hasta que dicha vuelta se produzca efectivamente.

Esto nos da pie para contemplar hoy un interesantísimo lienzo de Antonio Arias, en el que aparece Dios Padre entregando el mundo a Cristo resucitado, que formó parte de un grupo de obras para el claustro del Convento de San Felipe el Real, de los agustinos calzados.

En el suelo, a la izquierda, están los instrumentos de la pasión: el flagelo y la columna de la flagelación, los clavos, el cartel de la cruz, el hisopo, la lanza, y una hermosa jarra, que podría hacer referencia a la que utilizó Pilatos para lavarse las manos. Cristo está arrodillado sobre la Cruz, y recibe del Padre Eterno, que se le manifiesta desde lo alto, el globo del mundo.

Efectivamente, el que vendrá al final de los tiempo será el que fue crucificado ignominiosamente, recibiendo entonces el poder y el dominio sobre la entera Creación. La obra de Arias no es descriptiva sino conceptual: invita a la adoración del Señor Crucificado, fuente de una Sabiduría que triunfa sobre la del mundo.

lunes, 25 de agosto de 2014

El Greco. San Luis, rey de Francia

San Luis, rey de Francia. 1585. El Greco
Óleo sobre lienzo. Medidas: 117 cm. x 95 cm.
Museo del Louvre. París

El año pasado conocíamos la vida de san Luis contemplando un cuadro de Claudio Coello. Este año veneramos su recuerdo con un típico retrato de El Greco. Su testamento espiritual, que leemos en el Oficio de vigilias, es una obra maestra de la espiritualidad medieval. Dice así:

Hijo amadísimo, lo primero que quiero enseñarte es que ames al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con todas tus fuerzas; sin ello no hay salvación posible.

Hijo, debes guardarte de todo aquello que sabes que desagrada a Dios, esto es, de todo pecado mortal, de tal manera que has de estar dispuesto a sufrir toda clase de martirios antes que cometer un pecado mortal.

Además, si el Señor permite que te aflija alguna tribulación, debes soportarla generosamente y con acción de gracias, pensando que es para tu bien y que es posible que la hayas merecido. Y si el Señor te concede prosperidad, debes darle gracias con humildad y vigilar que no sea en detrimento tuyo, por vanagloria o por cualquier otro motivo, porque los dones de Dios no han de ser causa de que le ofendas.

Asiste, de buena gana y con devoción, al culto divino y, mientras estés en el templo, guarda recogida la mirada y no hables sin necesidad, sino ruega devotamente al Señor, con oración vocal o mental.

Ten piedad para con los pobres, desgraciados y afligidos, y ayúdalos y consuélalos según tus posibilidades. Da gracias a Dios por todos sus beneficios, y así te harás digno de recibir otros mayores. Para con tus súbditos, obra con toda rectitud y justicia, sin desviarte a la derecha ni a la izquierda; ponte siempre más del lado del pobre que del rico, hasta que averigües de qué lado está la razón. Pon la mayor diligencia en que todos tus súbditos vivan en paz y con justicia, sobre todo las personas eclesiásticas y religiosas.

Sé devoto y obediente a nuestra madre, la Iglesia romana, y al sumo pontífice, nuestro padre espiritual. Esfuérzate en alejar de tu territorio toda clase de pecado, principalmente la blasfemia y la herejía.

Hijo amadísimo, llegado al final, te doy toda la bendición que un padre amante puede dar a su hijo; que la santísima Trinidad y todos los santos te guarden de todo mal. Y que el Señor te dé la gracia de cumplir su voluntad, de tal manera que reciba de ti servicio y honor, y así, después de esta vida, los dos lleguemos a verlo, amarlo y alabarlo sin fin. Amén.

domingo, 24 de agosto de 2014

Vincenzo Catena. Cristo entregando las llaves a san Pedro

Cristo entregando las llaves a san Pedro. 1520. Vincenzo Catena
Óleo sobre tabla. Medidas: 86 cm. x 135 cm.
Museo del Prado. Madrid

El pintor renacentista veneciano Catena nos ayuda este domingo a contemplar la escena evangélica que se nos presenta en la Liturgia de la Palabra. Vemos cómo Cristo entrega a San Pedro las llaves, que simbolizan su autoridad en el seno de la Iglesia, en presencia de tres jóvenes identificadas con las virtudes teologales: la Caridad, de blanco; la Fe, de encarnado; y  la Esperanza, de verde. El maestro veneciano confiere mayor protagonismo a Cristo y a la Caridad, cuyas figuras proyectan fuertes sombras que destacan sobre el fondo luminoso.

San Juan Crisóstomo, en su Homilía 54, nos explica cómo Cristo entregó las llaves a aquel que extendió la Iglesia por todo el orbe de la tierra. Éstas son sus palabras:

Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás ./, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso. ¿Por qué Pedro es proclamado dichoso? Por haberlo confesado propiamente Hijo. No podemos conocer por otro medio al Hijo sino por el Padre, ni al Padre, sino por el mismo Hijo. Aquí tenemos palmaria-mente demostrada tanto la igualdad de honor, como la consustancialidad. ¿Y qué le respondió Cristo? Tú eres Simón, el hijo de Jonás; tú te llamarás Cefas. Puesto que tú —dice— has proclamado a mi Padre, yo nombro al que te engendró. Lo que equivale a decir: Lo mismo que tú eres hijo de Jonás, yo soy el Hijo de mi Padre.

En realidad, parecería superfluo decir: Tú eres hijo de Jonás: pero como Pedro añadió «Hijo de Dios», para demostrar que él era Hijo de Dios, lo mismo que Pedro era hijo de Jonás, de la misma sustancia que el Padre, por eso añadió aquel inciso. Ahora te digo yo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia», esto es, sobre la fe que has confesado.

Con esto declara que iban a ser muchos los que aceptarían la fe y, elevando los sentimientos del apóstol, lo constituye pastor de su Iglesia. Y el poder del infierno no la derrotará. Y si a ella no la derrotarán, mucho menos me derrotarán a mí. Así que no te turbes, cuando oyeres que he sido entregado y crucificado. A continuación le concede una nueva distinción: Te daré las llaves del reino de los cielos. ¿Qué significa ese te daré? Lo mismo que el Padrete ha dado capacidad para que me conocieras, así también yo te daré.

Y no dijo: «Rogaré al Padre», no obstante tratarse de una gran demostración de autoridad y de un don de inefable valor, sino: Te daré. Pero pregunto: ¿qué es lo que das? Las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo ¿Y cómo el conceder sentar-se a la derecha y a la izquierda no va a estar en poder de quien dijo: Te daré? ¿No ves cómo eleva a Pedro a una más sublime opinión de él, cómo se revela a sí mismo, y cómo, mediante esta doble promesa, demuestra que él es el Hijo de Dios? Lo que propiamente es competencia exclusiva de solo Dios, eso es lo que Cristo promete dar a Pedro. A saber: perdonar pecados, mantener inconmovible a la Iglesia en medio de tantas agitaciones, convertir a un pescador en alguien más firme que la roca, aunque todo el mundo se ponga en contra. Lo mismo le decía el Padre a Jeremías: que le convertiría en columna de hierro, en muralla de bronce. Pero con esta diferencia: Jeremías era colocado frente a un solo pueblo; Pedro, en cambio, frente a todo el mundo.

Me gustaría preguntar a quienes pretenden ver disminuida la dignidad del Hijo, ¿cuáles son mayores: los dones que el Padre concede a Pedro o los que le otorga el Hijo? Porque el Padre le hace la revelación del Hijo; en cambio el Hijo le comisiona para que propague por todo el mundo tanto el conocimiento del Padre como el suyo propio, otorga a un hombre mortal todo poder en el cielo, al entregar las llaves a aquel que extendió la Iglesia por todo el orbe de la tierra, y mostró ser más firme que los cielos, pues dijo: El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

sábado, 23 de agosto de 2014

José Antolínez. Santa Rosa de Lima ante nuestra Señora

Santa Rosa de Lima ante Nuestra Señora. XVII. José Antolínez
Óleo sobre lienzo. Medidas: 206 cm. x 158 cm.
Museo de Bellas Artes. Budapest.

Recordamos hoy a una gran santa mística americana: santa Rosa de Lima. El año pasado recordábamos, en la contemplación del retrato de Claudio Coello, la vida de santa Rosa de Lima. Ese año hemos escogido una obra contemporánea a la de Claudio Coello, del autor barroco madrileño José Antolínez. Nos presenta a la santa arrebatada místicamente a la presencia de santa María y de Jesús. La santa viste el hábito de la orden dominicana.

Santa Rosa de Lima nos dejó testimonio escrito de algunas de sus experiencias místicas. Así, por ejemplo, nos habla de las revelaciones que la hizo el propio Jesucristo:

El divino Salvador, con inmensa majestad, dijo:

«Que todos sepan que la tribulación va seguida de la gracia; que todos se convenzan que sin el peso de la aflicción no se puede llegar a la cima de la gracia; que todos comprendan que la medida de los carismas aumenta en proporción con el incremento de las fatigas. Guárdense los hombres de pecar y de equivocarse: ésta es la única escala del paraíso, y sin la cruz no se encuentra el camino de subir al cielo».

Apenas escuché estas palabras, experimenté un fuerte impulso de ir en medio de las plazas, a gritar muy fuerte a toda persona de cualquier edad, sexo o condición:

«Escuchad, pueblos, escuchad todos. Por mandato del Señor, con las mismas palabras de su boca, os exhorto: No podemos alcanzar la gracia, si no soportamos la aflicción; es necesario unir trabajos y fatigas para alcanzar la íntima participación en la naturaleza divina, la gloria de los hijos de Dios y la perfecta felicidad del espíritu».

El mismo ímpetu me transportaba a predicar la hermosura de la gracia divina; me sentía oprimir por la ansiedad y tenía que llorar y sollozar. Pensaba que mi alma ya no podría contenerse en la cárcel del cuerpo, y más bien, rotas sus ataduras, libre y sola y con mayor agilidad, recorrer el mundo, diciendo:

«¡Ojalá todos los mortales conocieran el gran valor de la divina gracia, su belleza, su nobleza, su infinito precio, lo inmenso de los tesoros que alberga, cuántas riquezas, gozos y deleites! Sin duda alguna, se entregarían, con suma diligencia, a la búsqueda de las penas y aflicciones. Por doquiera en el mundo, antepondrían a la fortuna las molestias, las enfermedades y los padecimientos, incomparable tesoro de la gracia. Tal es la retribución y el fruto final de la paciencia. Nadie se quejaría de sus cruces y sufrimientos, si conociera cuál es la balanza con que los hombres han de ser medidos».