jueves, 22 de agosto de 2013

Velázquez. La Coronación de la Virgen


La coronación de la Virgen. 1635. Diego Velázquez
 Óleo sobre lienzo. Medidas: 178cm x 134cm.
Museo del Prado. Madrid. España

La fiesta de Santa María Reina fue instituida por el papa Pío XII como coronación de la octava en honor de la Asunción de santa María a los cielos. Se trataba de una semana entera de celebración del misterio de la Asunción, a imagen de la octava de Pascua o de Navidad. Esta fiesta hoy se ha rebajado al rango litúrgico de memoria libre, pero nos complace contemplar el misterio de María, la humilde criatura que ha sido elevada a lo alto y puesta como cabeza y cúspide de toda la creación.

La iconografía de la Corornación de la Virgen es muy abundante. Nosotros hemos escogido una obra de la magistral paleta de Velázquez, destinada en origen a la devoción privada de Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV, en la que destaca el equilibrio y la serenidad de la composición, llamada a la meditación sosegada e íntima. La obra pertenecía al oratorio de dicha reina, en el primitivo Alcázar madrileño.

Como precedentes formales se han apuntado pinturas y estampas de varios autores: El Greco, Martin de Vos o incluso Rubens, aunque en todo caso la interpretación personal de Velázquez supera cualquier filiación. Es muy interesante la composición en triángulo que hace el pintor, haciendo presente a la entera trinidad, que hace partícipe de su única luz a la Virgen. Puede entenderse como una expresión muy adecuada del misterio de la plenitud de la criatura y, en María, de la entera creación, en la salvación de Dios. 

San Amadeo de Lausana encomiaba la grandeza de María, reina del mundo y de la paz, en un sermón que decía así:

Observa cuán adecuadamente brilló por toda la tierra, ya antes de la asunción, el admirable nombre de María y se difundió por todas partes su ilustre fama, antes de que fuera ensalzada su majestad sobre los cielos. Convenía, en efecto, que la Madre virgen, por el honor debido a su Hijo, reinase primero en la tierra y, así, penetrara luego gloriosa en el cielo; convenía que fuera engrandecida aquí abajo, para penetrar luego, llena de santidad, en las mansiones celestiales, yendo de virtud en virtud y de gloria en gloria por obra del Espíritu del Señor.

Así pues, durante su vida mortal, gustaba anticipadamente las primicias del reino futuro, ya sea elevándose hasta Dios con inefable sublimidad, como también desceñdiendo hacia sus prójimos con indescriptible caridad. Los ángeles la servían, los hombres le tributaban su veneración. Gabriel y los ángeles la asistían con sus servicios; también los apóstoles cuidaban de ella, especialmente san Juan, gozoso de que el Señor, en la cruz, le hubiese encomendado su Madre virgen, a él, también virgen. Aquéllos se alegraban de contemplar a su Reina, éstos a su Señora, y unos y otros se esforzaban en complacerla con sentimientos de piedad y devoción.

Y ella, situada en la altísima cumbre de sus virtudes, inundada como estaba por el mar inagotable de los carismas divinos, derramaba en abundancia sobre el pueblo creyente y sediento el abismo de sus gracias, que superaban a las de cualquiera otra criatura. Daba la salud a los cuerpos y el remedio para las almas, dotada como estaba del poder de resucitar de la muerte corporal y espiritual. Nadie se apartó jamás triste o deprimido de su lado, o ignorante de los misterios celestiales. Todos volvían contentos a sus casas, habiendo alcanzado por la Madre del Señor lo que deseaban.

Plena hasta rebosar de tan grandes bienes, la Esposa, Madre del Esposo único, suave y agradable, llena de delicias, como una fuente de los jardines espirituales, como un pozo de agua viva y vivificante, que mana con fuerza del Líbano divino, desde el monte de Sión hasta las naciones extranjeras, hacía derivar ríos de paz y torrentes de gracia celestial. Por esto, cuando la Virgen de las vírgenes fue llevada al cielo por el que era su Dios y su Hijo, el Rey de reyes, en medio de la alegría y exultación de los ángeles y arcángeles y de la aclamación de todos los bienaventurados, entonces se cumplió la profecía del Salmista, que decía al Señor: De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.

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