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lunes, 5 de agosto de 2013

Herrera el Viejo. Multiplicación de los panes


Multiplicación de los panes.1628.  Francisco Herrera el Viejo
 Óleo sobre lienzo. Medidas: 111cm x 82cm.
Museo Goya. Castres. Francia.

La liturgia eucarística nos propone hoy el pasaje evangélico de la multiplicación de los panes. Se trata de un milagro de gran poder evocador en Israel, pues del mismo modo alimentó Dios a su pueblo durante el Éxodo. De esta forma, Jesús aparece como aquel profeta, semejante a Moisés, que Israel esperaba habría de venir a liberar al pueblo.

Para esta escena hemos escogido una obra del pintor Francisco Herrera el Viejo. Jesús aparece en el centro, con la mirada dirigida al cielo en actitud de oración. Está rodeado de los discípulos, y la multitud que aguarda está al fondo. La escena muestra un estado muy avanzado del manierismo hacia el barroco, con una teatralidad muy característica de esta época, destinada a poner de relieve la adoración al Señor de quienes contemplan este milagro, con una clara alusión de la Eucaristía.

Benedicto XVI comentaba el 31 de julio de 2011 este pasaje con las siguientes palabras:

El milagro consiste en compartir fraternalmente unos pocos panes que, confiados al poder de Dios, no sólo bastan para todos, sino que incluso sobran, hasta llenar doce canastos. El Señor invita a los discípulos a que sean ellos quienes distribuyan el pan a la multitud; de este modo los instruye y los prepara para la futura misión apostólica: en efecto, deberán llevar a todos el alimento de la Palabra de vida y del Sacramento.

Cristo está atento a la necesidad material, pero quiere dar algo más, porque el hombre siempre "tiene hambre de algo más, necesita algo más". En el pan de Cristo está presente el amor de Dios; en el encuentro con él "nos alimentamos, por así decirlo, del Dios vivo, comemos realmente el pan del cielo". Queridos amigos, "en la Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano y hermana. Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de la caridad para con el prójimo".

lunes, 15 de julio de 2013

Francisco Herrera. San Buenaventura recibe el hábito de san Francisco


San Buenaventura recibe el hábito de san Francisco.1628.  Francisco Herrera el Viejo
 Óleo sobre lienzo. Medidas: 231cm x 215cm.
Museo del Prado. Madrid España.

La liturgia recuerda hoy a san Buenaventura, el gran santo franciscano, general de la Orden pocos años después del propio san Francisco, teólogo excepcional y contemporáneo de santo Tomás de Aquino en la Universidad de París.

La obra que proponemos en esta conmemoración procede de la paleta del pintor barroco Francisco Herrera el Viejo. La escena formó parte de una serie de ocho cuadros realizada por Herrera y Zurbarán para la iglesia del Colegio de San Buenaventura en Sevilla y dedicada a la vida de este santo (1221-1274). Esta pintura representa el momento en que el joven Buenaventura se postra ante San Francisco para recibir el hábito. El colorido terroso y las pinceladas briosas son característicos del pintor. De la propia pluma de san buenaventura, les proponemos la lectura de un texto de una de sus obras cumbres: el Itinerario de la Mente hacia Dios:

Cristo es el camino y la puerta. Cristo es la escalera y el vehículo, él, que es la placa de la expiación colocada sobre el arca de Dios y el misterio escondido desde el principio de los siglos. El que mira plenamente de cara esta placa de expiación y la contempla suspendida en la cruz, con la fe, con esperanza y caridad, con devoción, admiración, alegría, reconocimiento, alabanza y júbilo, este tal realiza con él la pascua, esto es, el paso, ya que, sirviéndose del bastón de la cruz, atraviesa el mar Rojo, sale de Egipto y penetra en el desierto, donde saborea el maná escondido, y descansa con Cristo en el sepulcro, como muerto en lo exterior, pero sintiendo, en cuanto es posible en el presente estado de viadores, lo que dijo Cristo al ladrón que estaba crucificado a su lado: Hoy estarás conmigo en el paraíso.

Para que este paso sea perfecto, hay que abandonar toda especulación de orden intelectual y concentrar en Dios la totalidad de nuestras aspiraciones. Esto es algo misterioso y secretísimo, que sólo puede conocer aquel que lo recibe, y nadie lo recibe sino el que lo desea, y no lo desea sino aquel a quien inflama en lo más íntimo el fuego del Espíritu Santo, que Cristo envió a la tierra. Por esto, dice el Apóstol que esta sabiduría misteriosa es revelada por el Espíritu Santo.

Si quieres saber cómo se realizan estas cosas, pregunta a la gracia, no al saber humano; pregunta al deseo, no al entendimiento; pregunta al gemido expresado en la oración, no al estudio y la lectura; pregunta al Esposo, no al Maestro; pregunta a Dios, no al hombre; pregunta a la oscuridad, no a la claridad; no a la luz, sino al fuego que abrasa totalmente y que transporta hacia Dios con unción suavísima y ardentísimos afectos.

Este fuego es Dios, cuyo horno, como dice el profeta, está en Jerusalén, y Cristo es quien lo enciende con el fervor de su ardentísima pasión, fervor que sólo puede comprender el que es capaz de decir: Preferiría morir asfixiado y la misma muerte. El que de tal modo ama la muerte puede ver a Dios, ya que está fuera de duda aquella afirmación de la Escritura: Nadie puede ver mi rostro y quedar con vida. Muramos, pues, y entremos en la oscuridad, impongamos silencio a nuestras preocupaciones, deseos e imaginaciones; pasemos con Cristo crucificado de este mundo al Padre, y así, una vez que nos haya mostrado al Padre, podremos decir con Felipe: Eso nos basta; oigamos aquellas palabras dirigidas a Pablo: Te basta mi gracia; alegrémonos con David, diciendo: Se consumen mi corazón y mi carne por Dios, mi lote perpetuo. Bendito sea el Señor por siempre, y todo el pueblo diga: «Amén».