Mostrando entradas con la etiqueta Lázaro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lázaro. Mostrar todas las entradas

jueves, 5 de marzo de 2015

Codex Aureus. El rico Epulón y el pobre Lázaro

El rico Epulón y el pobre Lázaro. 1040. Maestro del Codex Aureus
Iluminación sobre pergamino. Medidas: 30 cm x 22 cm.
Museo Nacional Germánico. Nuremberg

La liturgia del segundo jueves de Cuaresma nos propone la parábola del rico Epulón, que banqueteaba espléndidamente, y del pobre Lázaro, tirado a la puerta de su caso; ambos fallecen y, mientras uno es llevado al seno de Abrahán, el otro es atormentado en el infierno.

Esta parábola fue iluminado en el llamado Códice Áureo de Echternach. Está dentro del círculo imperial de los Otones. El códice, eleborado a mediados del siglo XI recoge los cuatro evangelios, y está escrito con una letra dorada, lo cual le da el nombre. El códice fue mandado elaborar por el Abad Humberto de Echternach.

La iluminación está divida en tres bandas horizontales. En la superior, el rico Epulón está sentado en una bella mesa, decorada con manteles y abastecida de alimentos; a la puerta está Lázaro, desnudo y cubierto de llegas, que son lamidas por dos perros. En la banda central, saca del cadáver de Lázaro su alma, que luego aparece en el regazo de Abrahán, rodeado de otras almas escogidas. Por fin, en la parte inferior, los demonios se llevan el alma del rico, fallecido sobre un rico lecho, al lugar del tormento, entre terribles llamas y aterradores monstruos.

domingo, 13 de abril de 2014

Duccio di Buoninsegna.Entrada en Jerusalén.


Entrada de Jesús en Jerusalén. 1310. Duccio di Buoninsegna
Temple y oro sobre tabla. Medidas: 100cm x 57cm.
Museo del Duomo. Siena. Italia

Volvemos a escoger este Domingo de Ramos la magistral obra de Duccio, para ilustrar la Entrada del Señor en Jerusalén. La obra que hoy contemplamos, conservada en su emplazamiento original (siena), es de formato alargado, lo que permite incluir arquitecturas de fondo que simbolizan a la ciudad de Jerusalén, y árboles en los que se encaramen los niños. Las puertas de la ciudad están abiertas, y muestran el gozo de recibir al Mesías.

San Andrés de Creta, en su noveno sermón sobre el Domingo de Ramos, comenta así esta escena:

Venid, y al mismo tiempo que ascendemos al monte de los Olivos, salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy de Betania y, por propia voluntad, se apresura hacia su venerable y dichosa pasión, para llevar a plenitud el misterio de la salvación de los hombres.

Porque el que va libremente hacia Jerusalén es el mismo que por nosotros, los hombres, bajó del cielo, para levantar consigo a los que yacíamos en lo más profundo y colocarnos, como dice la Escritura, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido.

Y viene, no como quien busca su gloria por medio de la fastuosidad y de la pompa. No porfiará —dice—, no gritará, no voceará por las calles, sino que será manso y humilde, y se presentará sin espectacularidad alguna.

Ea, pues, corramos a una con quien se apresura a su pasión, e imitemos a quienes salieron a su encuentro. Y no para extender por el suelo, a su paso, ramos de olivo, vestiduras o palmas, sino para prosternarnos nosotros mismos, con la disposición más humillada de que seamos capaces y con el más limpio propósito, de manera que acojamos al Verbo que viene, y así logremos captar a aquel Dios que nunca puede ser totalmente captado por nosotros.

Alegrémonos, pues, porque se nos ha presentado mansamente el que es manso y que asciende sobre el ocaso de nuestra ínfima vileza, para venir hasta nosotros y convivir con nosotros, de modo que pueda, por su parte, llevarnos hasta la familiaridad con él.

Ya que, si bien se dice que, habiéndose incorporado las primicias de nuestra condición, ascendió, con ese botín, sobre los cielos, hacia el oriente, es decir, según me parece, hacia su propia gloria y divinidad, no abandonó, con todo, su propensión hacia el género humano hasta haber sublimado al hombre, elevándolo progresivamente desde lo más ínfimo de la tierra hasta lo más alto de los cielos.

Así es como nosotros deberíamos prosternarnos a los pies de Cristo, no poniendo bajo sus pies nuestras túnicas o unas ramas inertes, que muy pronto perderían su verdor, su fruto y su aspecto agradable, sino revistiéndonos de su gracia, es decir, de él mismo, pues los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo os habéis revestido de Cristo. Así debemos ponernos a sus pies como si fuéramos unas túnicas.

Y si antes, teñidos corno estábamos de la escarlata del pecado, volvimos a encontrar la blancura de la lana gracias al saludable baño del bautismo, ofrezcamos ahora al vencedor de la muerte no ya ramas de palma, sino trofeos de victoria.

Repitamos cada día aquella sagrada exclamación que los niños cantaban, mientras agitamos los ramos espirituales del alma: Bendito el que viene, como rey, en nombre del Señor.

domingo, 6 de abril de 2014

Duccio di Buoninsgna. La Resurrección de Lázaro

La Resurrección de Lázaro. 1310. Duccio di Buoninsegna
Temple y oro sobre tabla. Medidas: 43,5cm x 46cm.
Museo de Arte Kimbell, Fort Worth. Estados Unidos

Volvemos a ilustrar el Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma con la genial obra de Duccio di Buoninsegna. La Resurrección de Lázaro también fue pintada para la predela del Retablo de la Maestá de la Catedral de Siena, y hoy se conserva en el Museo de Arte Kimbell, en los Estados Unidos.

Aparece Cristo, al frente del grupo de discípulos y de judíos que habían ido a Betania para consolar a las dos hermanas. Marta y María aparecen, una junto al Señor, la otra arrodillada suplicándole. Un personaje revestido con un manto amarillo se tapa las narices, indicando que el difunto ya olería. A la derecha, otro personaje quita la tapa que cubre el sepulcro, y aparece Lázaro, con los ojos abiertos, mirando a la mano del Señor, que le llama. La obra tiene evidentes influjos bizantinos, sobre todo en la posición de la mujer suplicante revestida de rojo, y en la serena majestad de Jesús.

San Pedro Crisólogo comenta este Evangelio en un magnífico sermón, en el que comenta la necesidad de la muerte de Lázaro como medio mediante el cual el Señor realizó un signo para despertar la fe de los discípulos. Estas son sus palabras:

Regresando de ultratumba, Lázaro sale a nuestro encuentro portador de una nueva forma de vencer la muerte, revelador de un nuevo tipo de resurrección. Antes de examinar en profundidad este hecho, contemplemos las circunstancias externas de la resurrección, ya que la resurrección es el milagro de los milagros, la máxima manifestación del poder, la maravilla de las maravillas.

El Señor había resucitado a la hija de Jairo, jefe de la sinagoga, pero lo hizo restituyendo simplemente la vida a la niña, sin franquear las fronteras de ultratumba. Resucitó asimismo al hijo único de su madre, pero lo hizo deteniendo el ataúd, como anticipándose al sepulcro, como suspendiendo la corrupción y previniendo la fetidez, como si devolviera la vida al muerto antes de que la muerte hubiera reivindicado todos sus derechos. En cambio, en el caso de Lázaro todo es diferente: su muerte y su resurrección nada tienen en común con los casos precedentes: en él la muerte desplegó todo su poder y la resurrección brilla con todo su esplendor. Incluso me atrevería a decir que si Lázaro hubiera resucitado al tercer día, habría evacuado toda la sacramentalidad de la resurrección del Señor: pues Cristo volvió al tercer día a la vida, como Señor que era; Lázaro fue resucitado al cuarto día, como siervo.

Mas, para probar lo que acabamos de decir, examinemos algunos detalles del relato evangélico. Dice: Las hermanas le mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo». Al expresarse de esta manera, intentan pulsar la fibra sensible, interpelan al amor, apelan a la caridad, tratan de estimular la amistad acudiendo a la necesidad. Pero Cristo, que tiene más interés en vencer la muerte que en repeler la enfermedad; Cristo, cuyo amor radica no en aliviar al amigo, sino en devolverle la vida, no facilita al amigo un remedio contra la enfermedad, sino que le prepara inmediatamente la gloria de la resurrección.

Por eso, cuando se enteró —dice el evangelista—de que Lázaro estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Fijaos cómo da lugar a la muerte, licencia al sepulcro, da libre curso a los agentes de la corrupción, no pone obstáculo alguno a la putrefacción ni a la fetidez; consiente en que el abismo arrebate, se lleve consigo, posea. En una palabra, actúa de forma que se esfume toda humana esperanza y la desesperanza humana cobre sus cotas más elevadas, de modo que lo que se dispone a hacer se vea ser algo divino y no humano.

Se limita a permanecer donde está en espera del desenlace, para dar él mismo la noticia dp la muerte, y anunciar entonces su decisión de ir a casa de Lázaro. Lázaro —dice— ha muerto, y me alegro. ¿Es esto amar? Se alegraba Cristo porque la tristeza de la muerte en seguida se convertiría en el gozo de la resurrección. Me alegro por vosotros. Y ¿por qué por vosotros? Pues porque la muerte y la resurrección de Lázaro era ya un bosquejo exacto de la muerte y resurrección del Señor, y lo que luego iba a suceder con el Señor, se anticipa ya en el siervo. Era necesaria la muerte de Lázaro para que, con Lázaro ya en el sepulcro, resucitase la fe de los discípulos.