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jueves, 7 de diciembre de 2017

Van Dyck. San Ambrosio excomulga a Teodosio

San Ambrosio excomulga a Teodosio. 1619. Anton van Dyck
Óleo sobre lienzo. Medidas: 147 cm x 114 cm.
National Gallery. Londres

Celebramos la memoria de san Ambrosio, obispo de Milán. El lienzo que contemplamos narra el momento en el que excomulgó al emperador Teodosio como responsable de la matanza de Tesalónica. El papa Benedicto XVI le dedicó una magistral catequesis. Leamos sus palabras.

El santo obispo Ambrosio, de quien os hablaré hoy, murió en Milán en la noche entre el 3 y el 4 de abril del año 397. Era el alba del Sábado santo. El día anterior, hacia las cinco de la tarde, se había puesto a rezar, postrado en la cama, con los brazos abiertos en forma de cruz. Así participaba en el solemne Triduo pascual, en la muerte y en la resurrección del Señor. Nosotros veíamos que se movían sus labios, atestigua Paulino, el diácono fiel que, impulsado por san Agustín, escribió su Vida, pero no escuchábamos su voz. En un momento determinado pareció que llegaba su fin. Honorato, obispo de Vercelli, que se encontraba prestando asistencia a san Ambrosio y dormía en el piso superior, se despertó al escuchar una voz que le repetía:  Levántate pronto. Ambrosio está a punto de morir. Honorato bajó de prisa —prosigue Paulino— y le ofreció al santo el Cuerpo del Señor. En cuanto lo tomó, Ambrosio entregó el espíritu, llevándose consigo el santo viático. Así su alma, robustecida con la fuerza de ese alimento, goza ahora de la compañía de los ángeles (Vida 47).

En aquel Viernes santo del año 397 los brazos abiertos de san Ambrosio moribundo manifestaban su participación mística en la muerte y la resurrección del Señor. Esa era su última catequesis:  en el silencio de las palabras seguía hablando con el testimonio de la vida. 

San Ambrosio no era anciano cuando murió. No tenía ni siquiera sesenta años, pues nació en torno al año 340 en Tréveris, donde su padre era prefecto de las Galias. La familia era cristiana. Cuando falleció su padre, su madre lo llevó a Roma, siendo todavía un muchacho, y lo preparó para la carrera civil, proporcionándole una sólida instrucción retórica y jurídica. Hacia el año 370 fue enviado a gobernar las provincias de Emilia y Liguria, con sede en Milán. Precisamente allí se libraba con gran ardor la lucha entre ortodoxos y arrianos, sobre todo después de la muerte del obispo arriano Ausencio. San Ambrosio intervino para pacificar a las dos facciones enfrentadas, y actuó con tal autoridad que, a pesar de ser solamente un catecúmeno, fue aclamado por el pueblo obispo de Milán.

Hasta ese momento, san Ambrosio era el más alto magistrado del Imperio en el norte de Italia. Muy bien preparado culturalmente, pero desprovisto del conocimiento de las Escrituras, el nuevo obispo se puso a estudiarlas con empeño. Aprendió a conocer y a comentar la Biblia a través de las obras de Orígenes, el indiscutible maestro de la escuela de Alejandría. De este modo, san Ambrosio introdujo en el ambiente latino la meditación de las Escrituras iniciada por Orígenes, impulsando en Occidente la práctica de la lectio divina. El método de la lectio llegó a guiar toda la predicación y los escritos de san Ambrosio, que surgen precisamente de la escucha orante de la palabra de Dios.

Un célebre exordio de una catequesis ambrosiana muestra admirablemente la manera como el santo obispo aplicaba el Antiguo Testamento a la vida cristiana: Cuando leíamos las historias de los Patriarcas y las máximas de los Proverbios, tratábamos cada día de moral —dice el santo obispo de Milán a sus catecúmenos y a los neófitos— para que vosotros, formados e instruidos por ellos, os acostumbréis a entrar en la senda de los Padres y a seguir el camino de la obediencia a los preceptos divinos.

En otras palabras, según el Obispo, los neófitos y los catecúmenos, después de aprender el arte de vivir rectamente, ya podían considerarse preparados para los grandes misterios de Cristo. De este modo, la predicación de san Ambrosio, que representa el núcleo fundamental de su ingente obra literaria, parte de la lectura de los Libros sagrados ("Los Patriarcas", es decir, los Libros históricos; y "Los Proverbios", o sea, los Libros sapienciales) para vivir de acuerdo con la Revelación divina.

viernes, 27 de enero de 2017

Rembrandt. Timoteo y su abuela Loida.

Timoteo y su abuela Loida, 1648. Rembrandt
Óleo sobre lienzo, Medidas: 40 x 31 cm
Colección del Conde de Ellesmere

Al acordarme de tus lágrimas, ansío verte, para llenarme de alegría, refrescando la memoria de tu fe sincera, esa fe que tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice, y que estoy seguro que tienes también tú. Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio. No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor y de mí, su prisionero.

Recordamos y veneramos hoy la memoria de los santos Timoteo y Tito; ambos fueron discípulos de Pablo, y recibieron sendas epístolas, que conservamos en el canon del Nuevo Testamento. De la de Timoteo leemos esta entrañable página, que muestra la familiaridad que le tuvo Pablo. Esa misma familiaridad es la que intenta retratar Rembrandt en este lienzo, en el que aparece una anciana, con un libro en su regazo, que muestra a un niño que está a sus pies. El ambiente no es doméstico, pues está enmarcado en una arquitectura que evoca un templo.

sábado, 14 de enero de 2017

Hendrick ter Brugghen. La vocación de San Mateo


La vocación de San Mateo c. 1621, Obra de Hendrick ter Brugghen
Olio su tela, 102 x 137 cm
Centraal Museum , Utrecht, Paises Bajos.

En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a la orilla del lago; la gente acudía a él, y les enseñaba. Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.» Se levantó y lo siguió. Estando Jesús a la mesa en su casa, de entre los muchos que lo seguían un grupo de publicanos y pecadores se sentaron con Jesús y sus discípulos. Algunos escribas fariseos, al ver que comía con publicanos y pecadores, les dijeron a los discípulos: «¡De modo que come con publicanos y pecadores!» Jesús lo oyó y les dijo: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»

Leemos hoy en la Eucaristía el relato de la vocación de Leví según san Marcos. Contemplamos la escena en la representación barroca del pintor Brugghen. En la pintura están retratadas diferentes aptitudes que nos pueden interrogar. Jesús, por una parte, casi ausente, escondido pero enérgico y decidido, lanza el dedo hacia Mateo quien se interroga a sí mismo, y hace dudosa la llamada, casi increíble ¿es a mi? -se pregunta-, ¿soy yo a quien Jesús está llamando? (¡Cuántas veces podemos habernos hecho esas preguntas!).

Los acompañantes asisten algo admirados a la escena, preguntándose: ¿quién es éste, que viene a llamar a ése, que es un ...?, ¿a qué santo aparece a perturbar su cómoda vida? ¿quién es el llamado: ¡ése, un recaudador, un colaborador de Roma, un corrupto, un pecador! ¿Quién es este loco que deja el negocio y atiende la llamada de este rabino, este predicador?

El personaje de la derecha parece que permanece fuera de lo que está sucediendo y sigue atento a su  negocio, que hay que mantener y salvaguardar. Ve con malos ojos tanto a quien se atreve a romper el orden establecido, como a quien se levanta de su asiento y, dejándolo todo, sigue a este hombre que, aparentemente, no da nada y pide todo. Ambos parece que han enloquecido.

Esto contrasta con la mirada serena y confiada de quien parece ser ya un discípulo, que está a la izquierda de Jesús, asistiendo a la llamada del Maestro y a la disponibilidad del llamado. No hay temor en sus ojos; al contrario, animan en silencio a seguir a Jesús.

¿Dónde estamos nosotros? ¿Dónde nos situaríamos dentro de esta escena? ¿somos los sanos, los pecadores, los justos o los enfermos?

miércoles, 20 de julio de 2016

Rembrandt. Jeremias lamentando la destrucción de Jerusalén

Jeremias lamentando la destrucción de Jerusalem. 1630. Rembrandt
Óleo sobre lienzo. Medidas: 58 cm x 46 cm.
Museo Rijksmuseum. Amsterdan

Palabras de Jeremías, hijo de Helcías, de los sacerdotes residentes en Anatot, territorio de Benjamín. Recibí esta palabra del Señor: «Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te nombré profeta de los gentiles.» Yo repuse: «¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho.» El Señor me contestó: «No digas: "Soy un muchacho", que adonde yo te envíe, irás, y lo que yo te mande, lo dirás. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte.» Oráculo del Señor. El Señor extendió la mano y me tocó la boca; y me dijo: «Mira: yo pongo mis palabras en tu boca, hoy te establezco sobre pueblos y reyes, para arrancar y arrasar, para destruir y demoler, para edificar y plantar.»

Comenzamos la lectura de la Profecía de Jeremias en la Eucaristía. Por eso, traemos hoy para nuestra contemplación un lienzo de Rembrandt, en el que aparece el profeta en la edad madura, lamentándose de la destrucción de Jerusalén. Aparece con la mano apoyando su cabeza, en actitud doliente, en un paisaje rocoso bellamente iluminado.

domingo, 12 de junio de 2016

Rubens. Fiesta en casa de Simón el Fariseo

Fiesta de Simón el Fariseo. 1618. Rubens
Óleo sobre lienzo. Medidas: 189 cm x 285 cm.
Museo del Hermitage. San Petersburgo

En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: «Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora.» 

Leemos este domingo este fragmento del Evangelio de san Lucas, en el que Jesús es invitado a casa de Simón el Fariseo; al sentarse a la mesa, la pecadora le limpia los pies con su llanto y se los seca con sus cabellos. Será el triunfo del amor y del arrepentimiento sobre la seca justicia del fariseo.

Rubens retrató esta escena en un cuadro lleno de personajes y de colorido, dispuesto en torno a una mesa, ante la cual aparece arrodillada la mujer pecadora.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Van Dyck. San Ambrosio excomulga a Teodosio

San Ambrosio excomulga a Teodosio. 1619. Anton van Dyck
Óleo sobre lienzo. Medidas: 147 cm x 114 cm.
National Gallery. Londres

Celebramos la memoria de san Ambrosio, obispo de Milán. El lienzo que contemplamos narra el momento en el que excomulgó al emperador Teodosio como responsable de la matanza de Tesalónica. El papa Benedicto XVI le dedicó una magistral catequesis. Leamos sus palabras.

El santo obispo Ambrosio, de quien os hablaré hoy, murió en Milán en la noche entre el 3 y el 4 de abril del año 397. Era el alba del Sábado santo. El día anterior, hacia las cinco de la tarde, se había puesto a rezar, postrado en la cama, con los brazos abiertos en forma de cruz. Así participaba en el solemne Triduo pascual, en la muerte y en la resurrección del Señor. Nosotros veíamos que se movían sus labios, atestigua Paulino, el diácono fiel que, impulsado por san Agustín, escribió su Vida, pero no escuchábamos su voz. En un momento determinado pareció que llegaba su fin. Honorato, obispo de Vercelli, que se encontraba prestando asistencia a san Ambrosio y dormía en el piso superior, se despertó al escuchar una voz que le repetía:  Levántate pronto. Ambrosio está a punto de morir. Honorato bajó de prisa —prosigue Paulino— y le ofreció al santo el Cuerpo del Señor. En cuanto lo tomó, Ambrosio entregó el espíritu, llevándose consigo el santo viático. Así su alma, robustecida con la fuerza de ese alimento, goza ahora de la compañía de los ángeles (Vida 47).

En aquel Viernes santo del año 397 los brazos abiertos de san Ambrosio moribundo manifestaban su participación mística en la muerte y la resurrección del Señor. Esa era su última catequesis:  en el silencio de las palabras seguía hablando con el testimonio de la vida. 

San Ambrosio no era anciano cuando murió. No tenía ni siquiera sesenta años, pues nació en torno al año 340 en Tréveris, donde su padre era prefecto de las Galias. La familia era cristiana. Cuando falleció su padre, su madre lo llevó a Roma, siendo todavía un muchacho, y lo preparó para la carrera civil, proporcionándole una sólida instrucción retórica y jurídica. Hacia el año 370 fue enviado a gobernar las provincias de Emilia y Liguria, con sede en Milán. Precisamente allí se libraba con gran ardor la lucha entre ortodoxos y arrianos, sobre todo después de la muerte del obispo arriano Ausencio. San Ambrosio intervino para pacificar a las dos facciones enfrentadas, y actuó con tal autoridad que, a pesar de ser solamente un catecúmeno, fue aclamado por el pueblo obispo de Milán.

Hasta ese momento, san Ambrosio era el más alto magistrado del Imperio en el norte de Italia. Muy bien preparado culturalmente, pero desprovisto del conocimiento de las Escrituras, el nuevo obispo se puso a estudiarlas con empeño. Aprendió a conocer y a comentar la Biblia a través de las obras de Orígenes, el indiscutible maestro de la escuela de Alejandría. De este modo, san Ambrosio introdujo en el ambiente latino la meditación de las Escrituras iniciada por Orígenes, impulsando en Occidente la práctica de la lectio divina. El método de la lectio llegó a guiar toda la predicación y los escritos de san Ambrosio, que surgen precisamente de la escucha orante de la palabra de Dios.

Un célebre exordio de una catequesis ambrosiana muestra admirablemente la manera como el santo obispo aplicaba el Antiguo Testamento a la vida cristiana: Cuando leíamos las historias de los Patriarcas y las máximas de los Proverbios, tratábamos cada día de moral —dice el santo obispo de Milán a sus catecúmenos y a los neófitos— para que vosotros, formados e instruidos por ellos, os acostumbréis a entrar en la senda de los Padres y a seguir el camino de la obediencia a los preceptos divinos.

En otras palabras, según el Obispo, los neófitos y los catecúmenos, después de aprender el arte de vivir rectamente, ya podían considerarse preparados para los grandes misterios de Cristo. De este modo, la predicación de san Ambrosio, que representa el núcleo fundamental de su ingente obra literaria, parte de la lectura de los Libros sagrados ("Los Patriarcas", es decir, los Libros históricos; y "Los Proverbios", o sea, los Libros sapienciales) para vivir de acuerdo con la Revelación divina.

martes, 7 de julio de 2015

Rembrandt. Jacob lucha con el ángel

Jacob lucha con el ángel. 1659. Rembrandt
Óleo sobre lienzo. Medidas: 137 cm x 116 cm.
Gemäldegalerie, Berlin

En aquellos días, todavía de noche se levantó Jacob, tomó a las dos mujeres, las dos siervas y los once hijos y cruzó el vado de Yaboc; pasó con ellos el torrente e hizo pasar sus posesiones. Y él quedó solo. Un hombre luchó con él hasta la aurora; y, viendo que no le podía, le tocó la articulación del muslo y se la dejó tiesa, mientras peleaba con él. Dijo: «Suéltame, que llega la aurora.» Respondió: «No te soltaré hasta que me bendigas.» Y le preguntó: «¿Cómo te llamas?» Contestó: «Jacob.» Le replicó: «Ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con dioses y con hombres y has podido.» Jacob, a su vez, preguntó: «Dime tu nombre.» Respondió: «¿Por qué me preguntas mi nombre?» Y le bendijo. Jacob llamó aquel lugar Penuel, diciendo: «He visto a Dios cara a cara y he quedado vivo.» Mientras atravesaba Penuel salía el sol, y él iba cojeando. Por eso los israelitas, hasta hoy, no comen el tendón de la articulación del muslo, porque Jacob fue herido en dicho tendón del muslo.

La primera lectura de la Eucaristía nos presenta la escena de la lucha de Jacob con el ángel, que expresa el deseo humano de llegar a Dios. A este santo deseo responde el ángel cambiándole el nombre a Jacob; desde entonces se llamaría Israel. La imagen que contemplamos, de Rembrandt, nos muestra a Jacob, en un tono más oscuro, luchando con un ángel que irradia luz.

sábado, 4 de julio de 2015

Flinck. Isaac bendice a Jacob

Isaac bendice a Jacob. 1638. Govert Flinck
Óleo sobre lienzo. Medidas: 117cm x 141cm.
Rijksmuseum Amsterdam

Jacob entró en la habitación de su padre y dijo: «Padre.» Respondió Isaac: «Aquí estoy; ¿quién eres, hijo mío?» Respondió Jacob a su padre: «Soy Esaú, tu primogénito; he hecho lo que me mandaste; incorpórate, siéntate y come lo que he cazado; después me bendecirás tú.» Isaac dijo a su hijo: «¡Qué prisa te has dado para encontrarla!» Él respondió: «El Señor, tu Dios, me la puso al alcance.» Isaac dijo a Jacob: «Acércate que te palpe, hijo mío, a ver si eres tú mi hijo Esaú o no.» Se acercó Jacob a su padre Isaac, y éste lo palpó, y dijo: «La voz es la voz de Jacob, los brazos son los brazos de Esaú.» Y no lo reconoció, porque sus brazos estaban peludos como los de su hermano Esaú. Y lo bendijo. Le volvió a preguntar: «¿Eres tú mi hijo Esaú» Respondió Jacob: «Yo soy.» Isaac dijo: «Sírveme la caza, hijo mío, que coma yo de tu caza, y así te bendeciré yo.» Se la sirvió, y él comió. Le trajo vino, y bebió. Isaac le dijo: «Acércate y bésame, hijo mío.» Se acercó y lo besó. Y, al oler el aroma del traje, lo bendijo, diciendo: «Aroma de un campo que bendijo el Señor es el aroma de mi hijo; que Dios te conceda el rocío del cielo, la fertilidad de la tierra, abundancia de trigo y vino. Que te sirvan los pueblos, y se postren ante ti las naciones. Sé señor de tus hermanos, que ellos se postren ante ti. Maldito quien te maldiga, bendito quien te bendiga.»

El libro del Génesis nos lleva en la primera lectura de la Eucaristía al momento final de la vida de Isaac. Tuvo dos hijos, Esaú y Jacob, pero el mayor vendió a Jacob su primogenitura por un plato de lentejas. Rebeca, la esposa de Isaac, lo preparó todo para que Jacob suplantase a su hermano en el momento de la bendición, al final de su vida. Es la escena que, con gran realismo en todos los detalles de la narración, representa el pintor holandés Govert Flinck.

Nacido en Cléveris, su padre le puso como aprendiz con un comerciante de seda, pero habiendo adquirido secretamente una pasión por el dibujo, fue enviado a Leeuwarden, donde se hospedó en la casa de Lambert Jacobszon, un menonita, más conocido como un predicador itinerante que como un pintor.

Aquí Flinck se unió con Jacob Backer, y la compañía de un joven decidido como él mismo a ser artista sólo confirmado su pasión por la pintura. Entre los vecinos de Jacobszon en Leeuwarden estuvieron los hijos y parientes de Rombertus van Uylenburgh, cuya hija Saskia se casó con Rembrandt en 1634. Otros miembros de la misma familia vivieron en Ámsterdam, cultivando las artes tanto profesionalmente como aficionados. Los alumnos de Lambert probablemente tuvieron algún conocimiento de Rembrandt por relaciones con los Ulenburgs. Ciertamente Joachim von Sandrart, quien visitó Holanda en 1637, encontraron a Flinck reconocido como uno de los mejores alumnos de Rembrandt, y viviendo habitualmente en casa del marchante Hendrik Uylenburg en Ámsterdam.

Durante muchos años Flinck trabajó en el estilo de Rembrandt, siguiendo el estilo de ese maestro en todas las obras que ejecutó entre 1636 y 1648. Con aspiraciones como pintor de historia, sin embargo, miró a las formas hinchadas y la gran acción de Pedro Pablo Rubens, que llevó a muchos encargos de pintura oficial y diplomática. Las relaciones de Flinck con Cléveris fueron con el tiempo muy importantes. Obtuvo el mecenazgo de Juan Mauricio de Nassau, quien fue nombrado estatúder de Cléveris en 1649. En 1652 un ciudadano de Ámsterdam, Flinck se casó en 1656 con una heredera, hija de Ver Hoeven, un director de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. Ya era entonces bien conocido incluso en los círculos patricios presididos por los hermanos Cornelis y Andries de Graeff y los Seix de Echevin; era amigo íntimo del poeta Vondel y el tesorero Uitenbogaard. En su casa, adornada con antiguos moldes, trajes, y una noble colección de grabados, a menudo recibió al estatúder Juan Mauricio, cuyo retrato aún se conserva en la obra del docto Barleius.

miércoles, 1 de abril de 2015

Schalcken. La traición de Judas

La traición de Judas. 1665-1670. Taller de Godfried Schalcken
Óleo sobre lienzo. Medidas: 53 cm x 45 cm.
Museo del Prado. Madrid

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, a los sumos sacerdotes y les propuso: «¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?» Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

Este escueto relato introduce en el Evangelio según san Mateo la Pasión del Señor, y se nos propone este Miércoles Santo en la Liturgia para nuestra meditación. El poder del mal ensombrece la Creación y se dispone a acabar con Jesús. Por eso, hemos escogido una obra llena de luz y tiniebla para contemplar esta escena.

La Traición de Judas, que procede de la colección del duque de Pastrana, deriva de un original sobre tabla firmado, procedente de la colección del duque de Bouillon. Las tinieblas que cubren la escena solo están rotas por la luz de una vela y de un candil, que iluminan las caras de los tentadores y del traidor. Sobre un tapete verde, se ven siete de las monedas, mientras Judas lleva en la mano una bolsa llena, que queda colgando en la semipenumbra.

Godfried Schalcken (Made, Brabante Septentrional, 1643 – La Haya, 1706), fue un pintor holandés conocido por el frecuente uso en su pintura de la iluminación artificial, interesado en la captación de los efectos de luz sobre la materia.

lunes, 16 de marzo de 2015

Jan van Scorel. Cristo bendiciendo

Cristo bendiciendo. XVI. Jan van Scorel
Óleo sobre tabla. Medidas: 52 cm x 39 cm.
Museo del Prado. Madrid. España

Leemos en la Ecuaristía de este cuarto lunes de Cuaresma la curación del hijo del funcionario real, que en el Evangelio según san Juan es considerado como el segundo de los signos de Jesús. El Señor manifiesta su poder y su divinidad, con potestad para vencer el poder del pecado y de la muerte.

La imagen que contemplamos representa a Cristo resucitado, bendiciendo a la humanidad. Fue pintado por Jan van Scorel (1495-1562), un influyente pintor holandés, al que se atribuye la introducción del arte del Alto renacimiento italiano en los Países Bajos. A través de un pliegue de su túnica se contempla la herida del costado. Su cetro regio tiene la forma de cruz. Es llamativo el elaborado fondo arquitectónico, típico del Renacimiento italiano.

sábado, 7 de marzo de 2015

Rembrandt. El retorno del hijo pródigo.


El retorno del hijo pródigo. 1640. Rembrandt
Óleo sobre lienzo. Medidas: 262 cm x 205 cm.
Museo del Hermitage. San Petersburgo.

El segundo sábado de Cuaresma escoge como tema central la parábola del Hijo Pródigo, uno de los textos más característicos del Evangelio según san Lucas, el texto que nos habla de manera más clara acerca de la misericordia de Dios, manifestada en Jesucristo.

Para contemplar la escena hemos escogido una de los tesoros del Museo del ermitage, en San Petersburgo: el lienzo que Rembrandt dedicó a este tema, obra que ha alcanzado un merecido renombre.

La escena representa el momento cumbre del perdón del padre frente al hijo arrepentido de su propia conducta. Rasgo de arrepentimiento es que comparece con el cabello rapado y se arrodilla ante el padre. Viste andrajos con agujeros. El anciano lo acoge con un gesto amoroso y casi protector, expresando así sentimientos de misericordia y compasión. Coloca las manos amorosamente en la espalda del hijo. A la derecha, observa la escena un personaje identificado como el hijo mayor; viste de manera lujosa y con un yelmo dorado. Se ha señalado también que podría ser un personaje político. Al fondo se distinguen dos figuras no bien identificadas.

La luz incide directamente en esta pareja padre-hijo, así como en el rostro del personaje de la derecha. El resto de la composición queda en la sombra. Se ha relacionado el tema de esta obra y su forma de expresarla con el momento personal que pasaba Rembrandt, viejo, solo y arruinado, ya próximo a su muerte. De ahí que logre transmitir una sensación de tragedia elevada a un símbolo de significado universal.

jueves, 19 de febrero de 2015

Cabeza de Cristo, 1445. Petrus Christus
Óleo sobre tabla. Medidas: 14 x 10 cm
 Museo Metropolitano de Arte. Nueva York

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día.» 

Comenzamos nuestra peregrinación cuaresmal contemplando el rostro de Cristo, que anunció a sus discípulos su Pasión, como camino que habría que recorrer para llegar a la gloria de la Pascua, camino al que también somos invitados sus discípulos.

La imagen que hemos escogido es un busto de Cristo, destinado a la devoción privada, que se deriva de un cuadro perdido de la Santa Faz de Jan van Eyck, que ahora se conoce sólo a través de copias. Petrus Christus trata la cabeza como un retrato, rodeándola con un marco ficticio, subrayando con ello la inmediatez física de Cristo. Su pintura se diferencia del prototipo, sin embargo, al presentar a Cristo con el ceño fruncido, la corona de espinas, y las gotas de sangre que corren por su frente y el pecho. Estos detalles incitan a una meditación sobre el sufrimiento de Cristo, como forma de suscitar la conversión del espectador.

martes, 27 de enero de 2015

Rembrandt. Timoteo y su abuela Loida.

Timoteo y su abuela Loida, 1648. Rembrandt
Óleo sobre lienzo, Medidas: 40 x 31 cm
Colección del Conde de Ellesmere

Al acordarme de tus lágrimas, ansío verte, para llenarme de alegría, refrescando la memoria de tu fe sincera, esa fe que tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice, y que estoy seguro que tienes también tú. Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio. No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor y de mí, su prisionero.

Recordamos y veneramos hoy la memoria de los santos Timoteo y Tito; ambos fueron discípulos de Pablo, y recibieron sendas epístolas, que conservamos en el canon del Nuevo Testamento. De la de Timoteo leemos esta entrañable página, que muestra la familiaridad que le tuvo Pablo. Esa misma familiaridad es la que intenta retratar Rembrandt en este lienzo, en el que aparece una anciana, con un libro en su regazo, que muestra a un niño que está a sus pies. El ambiente no es doméstico, pues está enmarcado en una arquitectura que evoca un templo.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Dieric Bouts. Cristo en la casa de Simón

Cristo en la casa de Simón. 1440. Dieric Bouts
Óleo sobre tabla. Medidas: 40 cm x 61 cm.
Museo Estatal. Berlín

El Evangelio que nos propone la liturgia de este día nos narra la escena de Jesús, que entra a cenar en la casa del fariseo Simón. Una pecadora se pone a sus pies, se los lava con sus lágrimas y se los enjuga con sus cabellos. El contraste queda establecido entre el fariseo, que duda de Jesús por no reconocer la condición pecadora de la mujer, y el Señor, que otorga su perdón a quien le ha amado.

Hemos escogido una tabla de Dieric Bouts. Este autor neerlandés  tiene cierta rigidez primitiva en el dibujo, pero sus pinturas son altamente expresivas, bien diseñadas y ricas en color. En la escena, aparecen cuatro personajes sentados a la mesa: Jesús, al lado del cual está Simón el fariseo; y dos personajes más, uno maduro y otro joven, que podríamos identificar como Pedro y Juan. A los pies de Jesús una mujer, junto a la cual hay varios frascos de perfumes, enjuga los pies de Jesús. Otro personaje orante, posiblemente el autor del encargo de la obra, está arrodillado en oración frente a la mujer, vestido con un hábito de color blanco.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Willem de Poorter. Los Talentos

La parábola de los Talentos. S. XVII. Willem de Poorter 
Óleo sobre lienzo
Galería Nacional de Praga , Praga, República Checa

El evangelio de san Lucas de hoy (Lc.19, 11-28)  tiene su paralelo en el mismo de Mateo 25, 14-30. Mientras Jesús se acercaba cada vez más a Jerusalén, la expectativas mesiánicas crecieron en las personas que escucharon las enseñanzas de Jesús y vieron anteriormente las curaciónes o la conversión  de Zaqueo. Pero Jesús trató de hacer entender a sus seguidores que el reino no aparece inmediatamente como por arte de magía. A tal fin, le dijo a la parábola de los talentos. En la parábola, un noble se prepara para ir en un viaje a un país lejano y recibir un reino. Antes de que se marche da dinero a tres de sus sirvientes. Él les dice que hagan negocios con ello hasta que regrese. Mientras tanto, dos de los tres siervos que recibieron el dinero comerciaron con este para obtener un beneficio, pero el tercero esconde el dinero y le da al maestro lo mismo cuando regresa. El Señor reprende al tercer siervo tomando su dinero y lo entrega al que ya tenia las diez piezas de oro. Después, en cuanto a los que se negaban su reinado, los ha traído y matado delante de él. 

La parábola enseña dos lecciones principales: el reino se retrasará, y el rey  premiará o castigará de acuerdo con el trabajo de sus súbditos en la construcción del reino.

Jesús no pretendía solo hablar del llamado a desarrollar las dotes naturales de cada uno, sino de hacer fructificar los dones espirituales recibidos de él. A desarrollar las dotes naturales, ya nos empuja la naturaleza, la ambición, la sed de ganancia. A veces, al contrario, es necesario poner freno a esta tendencia de hacer valer los talentos propios, humanos, porque puede convertirse fácilmente en puro afán por hacer carrera, por imponerse a los demás, pretender esa figura triunfalista llamada “éxito”.

Los talentos son, para nosotros cristianos de hoy, la Fe transmitida a través de la Palabra de Jesús, nos obliga a hacer un examen de conciencia en este camino de Esperanza: ¿Qué uso estamos haciendo de estos talentos? ¿Nos parecemos al siervo que los hace fructificar o al que los entierra? Para muchos el propio bautismo es verdaderamente un talento enterrado. ¿Quien recibe un regalo en su cumpleaños y lo deja en un rincón sin abrirlo? ¿Este don de la vida divina, con el bautismo, podemos sepultarlo?

Los frutos de los talentos naturales acaban con nosotros, o como mucho pasan a los herederos; los frutos de los talentos espirituales nos siguen a la vida eterna y un día nos valdrán la aprobación del Juez divino: "Bien, siervo bueno y fiel, has sido fiel en lo poco, te daré autoridad sobre lo mucho: toma parte en el gozo de tu señor".