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martes, 21 de marzo de 2017

Alonso Cano. Visión de san Benito

Visión de San Benito del globo y los tres ángeles. 1658-60. Alonso Cano
Óleo sobre lienzo. Medidas: 166 cm x 123 cm.
Museo del Prado. Madrid España.

Seis días antes de su muerte mandó abrir su sepultura. Muy pronto, atacado por la fiebre, comenzó a fatigarse aquejado de temperatura muy elevada. Como la enfermedad se agravaba de día en día, el sexto se hizo llevar por sus discípulos al oratorio, y allí se preparó para la muerte con la recepción del Cuerpo y la Sangre; de pie, con las manos elevadas al cielo y apoyando sus desfallecidos miembros en las manos de sus discípulos, exhaló el último aliento entre palabras de oración. Conviene hacer notar que, aquel mismo día, dos de sus discípulos, uno que vivía en el monasterio y otro que se hallaba lejos, tuvieron una misma e idéntica revelación. Vieron, en efecto, un camino alfombrado de tapices y resplandeciente de innumerables lámparas, que partiendo de su celda y en dirección al oriente, llegaba hasta el cielo. En su cima le asistía un varón de aspecto venerable y radiante de luz, que les preguntó si sabían qué camino era aquelque estaban contemplando. Ellos le contestaron que lo ignoraban. Él les respondió: «Este es el camino por el cual Benito, el amado del Señor, ha subido al cielo».

Hasta aquí son palabras de san Gregorio Magno, en su Libro de los Diálogos. Se leen hoy en todos los monasterios benedictinos, pues el 21 de marzo celebramos la muerte de san Benito, es decir, su Tránsito a la vida eterna. A tal efecto, hemos seleccionado una obra de la pintura barroca española: la visión de san Benito del globo y los tres ángeles. Poco antes de su muerte, vio san Benito reducido todo el mundo a un rayo de luz, y en este revelación le mostró el Creador del Universo el misterio de su trascendencia.

Esta obra denota las influencias venecianas asimiladas en la corte por Alonso Cano, que construye un cuadro en el que existe una magnífica valoración de la materia pictórica y en el que el color se resuelve a base de tonos cálidos para transmitir la experiencia de la visión. Como instrumento expresivo llega a alterar la ortodoxia anatómica, como se aprecia en los larguísimos dedos del santo, realizados con una gran economía de medios. Pero al mismo tiempo, en el fino y seguro modelado del rostro nos demuestra que es uno de los pintores de su época con un sentido del dibujo más poderoso.

lunes, 11 de julio de 2016

Alonso Cano. Visión de san Benito

Visión de San Benito del globo y los tres ángeles. 1658-60. Alonso Cano
Óleo sobre lienzo. Medidas: 166 cm x 123 cm.
Museo del Prado. Madrid España.

Seis días antes de su muerte mandó abrir su sepultura. Muy pronto, atacado por la fiebre, comenzó a fatigarse aquejado de temperatura muy elevada. Como la enfermedad se agravaba de día en día, el sexto se hizo llevar por sus discípulos al oratorio, y allí se preparó para la muerte con la recepción del Cuerpo y la Sangre; de pie, con las manos elevadas al cielo y apoyando sus desfallecidos miembros en las manos de sus discípulos, exhaló el último aliento entre palabras de oración. Conviene hacer notar que, aquel mismo día, dos de sus discípulos, uno que vivía en el monasterio y otro que se hallaba lejos, tuvieron una misma e idéntica revelación. Vieron, en efecto, un camino alfombrado de tapices y resplandeciente de innumerables lámparas, que partiendo de su celda y en dirección al oriente, llegaba hasta el cielo. En su cima le asistía un varón de aspecto venerable y radiante de luz, que les preguntó si sabían qué camino era aquelque estaban contemplando. Ellos le contestaron que lo ignoraban. Él les respondió: «Este es el camino por el cual Benito, el amado del Señor, ha subido al cielo».

Hasta aquí son palabras de san Gregorio Magno, en su Libro de los Diálogos. Las recordamos en el día en el que celebramos la solemnidad de san Benito. A tal efecto, hemos seleccionado una obra de la pintura barroca española: la visión de san Benito del globo y los tres ángeles. Poco antes de su muerte, vio san Benito reducido todo el mundo a un rayo de luz, y en este revelación le mostró el Creador del Universo el misterio de su trascendencia.

Esta obra denota las influencias venecianas asimiladas en la corte por Alonso Cano, que construye un cuadro en el que existe una magnífica valoración de la materia pictórica y en el que el color se resuelve a base de tonos cálidos para transmitir la experiencia de la visión. Como instrumento expresivo llega a alterar la ortodoxia anatómica, como se aprecia en los larguísimos dedos del santo, realizados con una gran economía de medios. Pero al mismo tiempo, en el fino y seguro modelado del rostro nos demuestra que es uno de los pintores de su época con un sentido del dibujo más poderoso.

domingo, 12 de julio de 2015

Fray Juan Andrés Rizi de Guevara. San Benito bendiciendo el pan

San Benito bendiciencdo el pan.1645.  Fray Juan Andrés Ricci
 Óleo sobre lienzo. Medidas: 168cm x 148cm.
Museo del Prado. Madrid España.

Celebramos ayer la solemnidad de Nuestro Padre san Benito. Retomamos hoy su recuerdo con un lienzo pintado por el monje benedictino Fray Juan Andrés Ricci. Se trata del cuadro San Benito bendiciendo el pan. La obra procede del extinto monasterio de San Juan de Burgos, y se conserva actualmente en el Museo del Prado. Es una de las primeras obras conocidas de Ricci. Contaba ya con 45 años, y muestra la madurez alcanzada no solo en la edad, sino en la maestría simbólica.

No es fácil saber a qué momento de la vida de san Benito se refiera. Puede ser la escena que san Gregorio sitúa en el capítulo 21 del Libro de los Diálogos:

En otra ocasión, sobrevino en la región de la Campania una gran hambre que afligía a todo el mundo por la falta de alimentos. Empezaba también ya a escasear el trigo en el monasterio de Benito y se habían consumido casi todos los panes, de tal manera que a la hora de la refección de los monjes sólo pudieron hallarse cinco. Viéndolos el venerable abad contristados, trató primero de corregir con suave reprensión su pusilanimidad y luego de animarlos con esta promesa, diciendo: "¿Por qué está triste vuestro corazón por la falta de pan? Hoy ciertamente hay poco, pero mañana lo tendréis en abundancia". Al día siguiente encontraron delante de la puerta del monasterio doscientos modios de harina metido en sacos, sin que hasta el día de hoy se haya podido saber, de quién se valió Dios todopoderoso para llevarlos allí. Viendo esto, los monjes alabaron a Dios y aprendieron a no dudar más de la abundancia, aun en tiempo de escasez.

Ricci acierta a mostrarnos la serenidad del maestro, en contraste con la admiración del discípulo que le presenta el pan para que lo bendiga.

sábado, 11 de julio de 2015

El Greco. San Benito

San Benito. 1557-1559. El Greco
 Óleo sobre lienzo. Medidas: 116cm x 81cm.
Museo del Prado. Madrid España.

Celebramos con gozo la Solemnidad de San Benito. Contemplamos, por eso, un lienzo del Greco, que hacía pareja con la imagen de San Bernardo que actualmente se exhibe en el Museo del Hermitage (San Petersburgo), y ambas flanqueaban la gran tela de la Asunción de la Virgen que hoy se conserva en el Art Institute de Chicago, en el segundo piso del retablo mayor de Santo Domingo el Antiguo, bajo el lienzo con la representación de la Trinidad.

Los dos santos eran fundamentales en la orden benedictina, puesto que fueron el fundador y el reformador respectivamente de la misma en el siglo XII. Siguiendo fórmulas compositivas muy cercanas al género del retrato, Benito de Nursia aparece como un hombre maduro, de unos cincuenta años, rostro enjuto y rasgos muy concretos. Además del hábito negro de la orden, sostiene en la mano izquierda un rico báculo en plata sobredorada, emblema abacial por excelencia, y con la derecha realiza un gesto retórico, una señal que probablemente indica al espectador el sagrario del retablo situado a la derecha, el lugar sagrado por excelencia y donde está depositado el cuerpo de Cristo bajo las formas del pan y del vino.

La disposición piramidal, la gestualidad y el modo vívido de concentrar el rostro de san Benito invitan a pensar que estamos ante un hombre real, no un perfil idealizado; una manera de revitalizar y acercar la santidad a sus contemporáneos que el Greco repitió en otras ocasiones. La pintura tiene un sólido modelado, trabajado con abundante pasta cromática, semejante al empleado en los retratos de esa época. Destacan las manos, de gran belleza y efectiva factura, y el fondo, de atrevida resolución. La base gris acastañada aparece matizada cromáticamente por medio de pinceladas de tono azul verdoso, un color que sirve para envolver la cabeza del santo creando una suerte de nimbo o halo.

sábado, 21 de marzo de 2015

Zurbarán. San Benito

San Benito. 1640-1645. Zurbarán
Óleo sobre lienzo. Medidas: 188 cm x 103 cm.
Museo Metropolitano de Nueva York

Celebramos el Tránsito de Nuestro Padre san Benito, su paso de este mundo a la gloria del Padre. El lienzo con el que hoy queremos meditar sobre la vida del Santo, dando gracias al Señor por la maravillosa obra de la gracia en aquel varón de Dios, fue pintado por Zurbarán como parte de un grupo dedicado a los santos fundadores de órdenes religiosas, que se ha conservado gracias a una copia para el convento de los Capuchinos de Castellón de la Plana. En su obra, Zurbarán nos muestra al santo en primer plano, sobre un paisaje, al fondo del cual, está el mismo sentado arrodillado en oración. San Benito sostiene un jarro, que hace referencia al milagro que nos refiere san Gregorio en el Capítulo III del Segundo Libro de los Milagros:

No lejos de allí, había un monasterio cuyo abad había fallecido, y todos los monjes de su comunidad fueron adonde estaba el venerable Benito y con grandes instancias le suplicaron que fuera su prelado. Durante mucho tiempo no quiso aceptar la propuesta, pronosticándoles que no podía ajustarse su estilo de vida al de ellos, pero al fin, vencido por sus reiteradas súplicas, dio su consentimiento. Instauró en aquel monasterio la observancia regular, y no permitió a nadie desviarse como antes, por actos ilícitos, ni a derecha ni a izquierda del camino de la perfección. Entonces, los monjes que había recibido bajo su dirección, empezaron a acusarse a sí mismos de haberle pedido que les gobernase, pues su vida tortuosa contrastaba con la rectitud de vida del santo.

Viendo que bajo su gobierno no les sería permitido nada ilícito, se lamentaban de tener que, por una parte renunciar a su forma de vida, y por otra, haber de aceptar normas nuevas con su espíritu envejecido. Y como la vida de los buenos es siempre inaguantable para los malos, empezaron a tratar de cómo le darían muerte. Después de tomar esta decisión, echaron veneno en su vino. Según la costumbre del monasterio, fue presentado al abad, que estaba en la mesa, el jarro de cristal que contenía aquella bebida envenenada, para que lo bendijera; Benito levantó la mano y trazó la señal de la cruz. Y en el mismo instante, el jarro que estaba algo distante de él, se quebró y quedó roto en tantos pedazos, que más parecía que aquel jarro que contenía la muerte, en vez de recibir la señal de la cruz hubiera recibido una pedrada. En seguida comprendió el hombre de Dios que aquel vaso contenía una bebida de muerte, puesto que no había podido soportar la señal de la vida. Al momento se levantó de la mesa, reunió a los monjes y con rostro sereno y ánimo tranquilo les dijo: "Que Dios todopoderoso se apiade de vosotros, hermanos. ¿Por qué quisisteis hacer esto conmigo? ¿Acaso no os lo dije desde el principio que mi estilo de vida era incompatible con el vuestro? Id a buscar un abad de acuerdo con vuestra forma de vivir, porque en adelante no podréis contar conmigo".

jueves, 15 de enero de 2015

Fra Filippo Lippi. San Benito manda a Mauro a rescatar a Plácido

San Benito manda a Mauro a rescatar a Plácido. 1450. Fra Filippo Lippi
Óleo sobre tabla. Medidas: 40 cm x 69 cm
National Gallery of Art, Washington

Celebramos los monjes la memoria de los santos discípulos de Benito, Mauro y Plácido. Fueron dos niños que le encomendaron dos familias patricias para educarlos, y que siguieron sus pasos en la vida monástica. Es célebre el episodio que narra san Gregorio en el Libro de los Diálogos, cuando el niño Plácido fue a buscar agua y se cayó al lago; san Benito mandó a Mauro a rescatarlo y él, sin daber nadar pero obediente a la voz del maestro, caminó sobre las aguas y logró rescatarlos.

Hemos visto ya una versión de esta obra en los pinceles castellanos de Correa del Vivar. Hoy retrocederemos cien años, y contemplaremos la versión de fra Philippo Lippi. Influido por Masaccio, del que este pintor del Quattrocento fue el discípulo más directo, Fra Filippo Lippi dio a los temas tradicionales una nueva intensidad, en especial por su concepción del espacio (utiliza paisajes en lugar de fondos planos, a fin de contrastar figuras) y por su búsqueda de los efectos de color, lo que lo hace uno de los mejores expertos coloristas de esa época. Sobresale por la originalidad del paisaje y la elegancia nerviosa en el dibujo, que influyó decisivamente en Botticelli, destacándose su valoración por el movimiento y el gusto por lo anecdótico. Como naturalista, tiene un realismo menos vulgar que el de algunos de sus contemporáneos, con animaciones genuinas que incluyen incidentes semi-humorísticos y personajes menores.

La obra formaba parte de una predela del retablo mayor de la iglesia de San Bernardo en Arezzo, que fue posteriormente retirado del altar y desmembrado, pero permaneció en el monasterio adyacente de las Olivetanos al menos hasta 1767. Por tratarse de un encargo para los Olivetanos, que usan el hábito benedictino pero en color blanco, los personajes de la obra no visten el color negro típico de los monjes benedictinos.. La obra muestra dos escenas: una bajo una arquitectura en la que san Benito se dirige a Mauro como maestro; y otra al fondo derecho, en una sucinta naturaleza.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Giovanni Bocatti. San Sabino conversando con san Benito

San Sabino conversando con san Benito. 1473. Giovanni Boccati
Óleo y témpera sobre tabla. Medidas: 27 cm. x 35 cm.
Colección Thyssen-Bornemisza, en depósito en el Museo Nacional de Arte de Cataluña 

El Evangelio que leemos en la Eucaristía nos habla hoy de los que son dichosos, y los que son desdichados, pero no según los criterios del mundo, sino según la nueva creación que Jesús trajo al mundo directamente querida por Dios. Por eso, hemos querido hoy contemplar la imagen de dos santos: en su época, pasaron desapercibidos, en comparación con magnates o emperadores, pero su memoria es conservada por los creyentes como santos, es decir, bienaventurados. Se trata de una tabla del italiano Giovanni Bocatti, que representa a san Sabino conversando con san Benito.

Esta tabla formó parte de una predela dedicada a la vida de san Sabino. San Sabino conversando con san Benito es la primera escena, a la que siguen otras tres más identificadas, organizando una serie que narra la vida del santo obispo de Canosa di Puglia. La pintura central de este altar, que conserva todavía su marco original y se encuentra en el Museo de Budapest, representa La Virgen y el Niño entronizados con ángeles y santos. El emplazamiento original de este hermoso conjunto fue la capilla dedicada a san Sabino en el Palazzo Petrangeli de Orvieto.

En la primera escena, san Sabino y san Benito, sentados en un exterior que se ha identificado con Montecasino, conversan sobre la entrada en Roma del último rey ostrogodo, Totila. La vida del san Sabino, como la de san Benito, es narrada por san Gregorio en el Libro de los Diálogos.

Pertenecientes a los años de madurez del artista, esta pintura muestran el fino sentido narrativo y descriptivo desarrollado por Boccati, especialmente patente en las figuras, que se ayudan de un lenguaje gesticular expresivo, y en el tratamiento del paisaje, elaborado con luminosos colores. El artista emplea la arquitectura como un simple telón de fondo para enmarcar la escena. Así, vemos entre masas rocosas un edificio convencional, en tonos salmones, a través de cuyos muros descubrimos una capilla a la izquierda, seguida de una logia y la base de una torre. Boccati emplea una luz clara y brillante que, a la derecha, baña las montañas y la ciudad amurallada.

lunes, 14 de julio de 2014

Ricci. La misa de san Benito

La misa de san Benito. XVII. Fray Juan Andrés Ricci
Óleo sobre lienzo. Medidas: 281 cm. x 212 cm.
Real Academia de las Bellas Artes de San Fernando. Madrid.

El inventario de los bienes del desaparecido monasterio de San Martín de Madrid efectuado en agosto de 1809 como consecuencia de los decretos de exclaustración ordenados por José I recogía 72 pinturas de Ricci. Treinta y tres de ellas, dedicadas a la Vida de san Benito, se encontraban instaladas en el claustro, junto con otras veintiuna de retratos de hombres célebres de la orden y tres más de san Benito inventariadas fuera de la serie anterior quizá por su distinto tamaño. Otras se encontraban en el tránsito del claustro a la sacristía (seis de la vida de santo Domingo de Silos), la sala capitular, la biblioteca y el refectorio, donde colgaba el cuadro de gran tamaño del Castillo de Emaús. Se desconoce, sin embargo, en qué momento de su carrera pudo Ricci abordar un conjunto tan amplio y si lo hizo todo de una vez o en distintas etapas. Descontados los posibles contactos que tuviese con este monasterio, el más primitivo de la orden en Madrid, antes de marchar a Montserrat, alguna pintura pudo dejar en él en 1641, cuando servía como maestro del príncipe Baltasar Carlos, y es razonable suponer que residiese nuevamente en él entre 1659, año en que se le documenta pintando en el monasterio de Nuestra Señora de Sopetrán, y agosto de 1662 cuando, según su propia declaración, llegó a Roma.

El conjunto de pinturas del monasterio de San Martín, algo mermado ya tras las guerras napoleónicas, cuando además se destruyó su iglesia, se dispersó definitivamente tras la desamortización de 1835, al sufrir los monjes una segunda exclaustración, y son muy pocas las pinturas que en la actualidad se pueden reconocer como procedentes de él. Parece probable que a la serie de pinturas del claustro perteneciesen las dos escenas de la vida de san Benito propiedad del arzobispado de Madrid que estuvieron depositadas en la moderna parroquia de San Martín y actualmente en el convento de San Plácido: San Benito y el bárbaro Galla y San Benito y el milagro de la hoz; y al mismo conjunto pertenecerán La cena de san Benito y San Benito y los ídolos, propiedad del Museo del Prado tras su paso por el de la Trinidad, obras todas ellas de ejecución rápida y acusado predominio de los grises, acentuando incluso los efectos de claroscuro en fecha avanzada por la utilización de la iluminación artificial en el lienzo de la Cena.

También pudo formar parte de esta serie el San Benito bendice a los niños Mauro y Plácido del Museo del Prado, en el que se ha visto un autorretrato del pintor en la figura del monje que acompaña a san Benito, recordando que según el padre Sarmiento, huésped años después del monasterio, era tradición allí que Ricci se había autorretratado en el monje que asiste a la muerte de san Benito, lienzo desaparecido, explicándolo a modo de firma a la manera utilizada ya por los artistas griegos, de la que Ricci, que no firmó ninguno de sus cuadros, pudo servirse en más de una ocasión.

La misma procedencia, aunque por su tamaño y su mayor empeño y riqueza de color, no formaría parte de la misma serie, tiene la gran Misa de San Benito de la Academia de San Fernando, para muchos críticos su obra más ambiciosa. El cuadro formó parte de los seleccionados en 1810 por Francisco de Goya y Mariano Salvador Maella para ser enviados a París con destino al Museo Napoleón, siendo allí trasladado en 1813 y retornado a España en 1818 para ingresar de inmediato en la colección de la Academia. Su asunto, habitualmente entendido como la última misa de san Benito, podría contrariamente tratarse de la Primera misa de san Benito, cuando según una tradición teológicamente controvertida, pero defendida por los monjes benitos españoles, al pronunciar las palabras de la consagración (Este es mi cuerpo) le respondió la Hostia con las palabras inscritas en el cuadro: INMO TUUM BENEDICTE, y también tuyo, Benito.

viernes, 11 de julio de 2014

Alonso Berruguete. San Benito

San Benito. 1526-1532. Alonso Berruguete
Madera tallada policromada. Medidas: 223cm x 11cm x 75cm.
Museo Nacional de Escultura. Valladolid

Celebramos la Solemnidad de San Benito. Por eso, hemos seleccionado una escultura procedente de uno de los monasterios más ilustres de la Orden Benedictina, el de San Benito el Real, de Valladolid, cabeza de la congregación benedictina hispana hasta la secularización del siglo XIX. Esta escultura, presidía el soberbio retablo que talló en genial escultor Alonso Berruguete.

San Benito aparece inclinado hacia abajo, debido a su posición elevada en el retablo. al mostrarse hoy desmontado este retablo, da la sensación de estar inclinado, cosa que no sucedería cuando el retablo se encontraba montado en la iglesia abacial. Berruguete muestra un perfecto conocimiento de la anatomía, y su estilo destaca por su especial realismo.

Su aspecto es el de un hombre castellano de la época, con rostro severo y el típico hábito benedictino de la congregación hispana, de capucha redonda y grandes vuelos sobre el escapulario, tal como lo ha conservado en nuestros días la congregación inglesa, que se refugió en España durante la persecución de los anglicanos.

jueves, 10 de julio de 2014

Correa de Vivar. San Benito bendiciendo a san Mauro

San Benito bendiciendo a san Mauro. 1540. Juan Correa de Vivar
Óleo sobre tabla. Medidas: 94cm x 87cm.
Museo del Prado. Madrid

Esta tarde, con las Primeras Vípseras, comenzamos la celebración de la Solemnidad de nuestro Padre san Benito. Con este motivo, contemplamos hoy una tabla de Correa del Vivar, en la que se nos muestra el milagro de san Benito, rescatando al niño Plácido mediante la obediencia del discípulo Mauro. La narración del acontecimiento procede de la pluma del papa san Gregorio, en su Libro de los Diálogos.

Un día, mientras el venerable Benito estaba en su celda, el mencionado niño Plácido, monje del santo varón, salió a sacar agua del lago y al sumergir incautamente en el agua la vasija que traía, cayó también él en el agua tras ella. Al punto le arrebató la corriente arrastrándole casi un tiro de flecha. El hombre de Dios, que estaba en su celda, al instante tuvo conocimiento del hecho. Llamó rápidamente a Mauro y le dijo: "Hermano Mauro, corre, porque aquel niño ha caído en el lago y la corriente lo va arrastrando ya lejos". Cosa admirable y nunca vista desde el apóstol Pedro; después de pedir y recibir la bendición, marchó Mauro a toda prisa a cumplir la orden de su abad. Y creyendo que caminaba sobre tierra firme, corrió sobre el agua hasta el lugar donde la corriente había arrastrado al niño; le asió por los cabellos y rápidamente regresó a la orilla".

Apenas tocó tierra firme, volviendo en sí, miró atrás y vio que había andado sobre las aguas, de modo que lo que nunca creyó poder hacer, lo estaba viendo estupefacto como un hecho. Vuelto al abad, le contó lo sucedido. Pero el venerable varón Benito empezó a atribuir el hecho, no a sus propios merecimientos, sino a la obediencia de Mauro. Éste, por el contrario, decía que el prodigio había sido únicamente efecto de su mandato y que él nada tenía que ver con aquel milagro, porque lo había obrado sin darse cuenta. En esta amistosa porfía de mutua humildad, intervino el niño que había sido salvado, diciendo: "Yo, cuando era sacado del agua, veía sobre mi cabeza la melota del abad y estaba creído que era él quien me sacaba del agua".

viernes, 21 de marzo de 2014

Alonso Cano. Visión de san Benito

Visión de San Benito del globo y los tres ángeles. 1658-60. Alonso Cano
Óleo sobre lienzo. Medidas: 166 cm x 123 cm.
Museo del Prado. Madrid España.

Seis días antes de su muerte mandó abrir su sepultura. Muy pronto, atacado por la fiebre, comenzó a fatigarse aquejado de temperatura muy elevada. Como la enfermedad se agravaba de día en día, el sexto se hizo llevar por sus discípulos al oratorio, y allí se preparó para la muerte con la recepción del Cuerpo y la Sangre; de pie, con las manos elevadas al cielo y apoyando sus desfallecidos miembros en las manos de sus discípulos, exhaló el último aliento entre palabras de oración. Conviene hacer notar que, aquel mismo día, dos de sus discípulos, uno que vivía en el monasterio y otro que se hallaba lejos, tuvieron una misma e idéntica revelación. Vieron, en efecto, un camino alfombrado de tapices y resplandeciente de innumerables lámparas, que partiendo de su celda y en dirección al oriente, llegaba hasta el cielo. En su cima le asistía un varón de aspecto venerable y radiante de luz, que les preguntó si sabían qué camino era aquelque estaban contemplando. Ellos le contestaron que lo ignoraban. Él les respondió: «Este es el camino por el cual Benito, el amado del Señor, ha subido al cielo».

Hasta aquí son palabras de san Gregorio Magno, en su Libro de los Diálogos. Se leen hoy en todos los monasterios benedictinos, pues el 21 de marzo celebramos la muerte de san Benito, es decir, su Tránsito a la vida eterna. A tal efecto, hemos seleccionado una obra de la pintura barroca española: la visión de san Benito del globo y los tres ángeles. Poco antes de su muerte, vio san Benito reducido todo el mundo a un rayo de luz, y en este revelación le mostró el Creador del Universo el misterio de su trascendencia.

Esta obra denota las influencias venecianas asimiladas en la corte por Alonso Cano, que construye un cuadro en el que existe una magnífica valoración de la materia pictórica y en el que el color se resuelve a base de tonos cálidos para transmitir la experiencia de la visión. Como instrumento expresivo llega a alterar la ortodoxia anatómica, como se aprecia en los larguísimos dedos del santo, realizados con una gran economía de medios. Pero al mismo tiempo, en el fino y seguro modelado del rostro nos demuestra que es uno de los pintores de su época con un sentido del dibujo más poderoso.

jueves, 11 de julio de 2013

Fray Juan Andrés Rizi de Guevara. San Benito bendiciendo el pan

San Benito bendiciencdo el pan.1645.  Fray Juan Andrés Ricci
 Óleo sobre lienzo. Medidas: 168cm x 148cm.
Museo del Prado. Madrid España.

Volvemos hoy al monje benedictino Fray Juan Andrés Ricci, para presentar una obra que tiene a san Benito como protagonista, en el día en el que celebramos su solemnidad. Se trata del cuadro San Benito bendiciendo el pan. La obra procede del extinto monasterio de San Juan de Burgos, y se conserva actualmente en el Museo del Prado.

Es una de las primeras obras conocidas de Ricci. Contaba ya con 45 años, y muestra la madurez alcanzada no solo en la edad, sino en la maestría simbólica.

No es fácil saber a qué momento de la vida de san Benito se refiera. Puede ser la escena que san Gregorio sitúa en el capítulo 21 del Libro de los Diálogos:

En otra ocasión, sobrevino en la región de la Campania una gran hambre que afligía a todo el mundo por la falta de alimentos. Empezaba también ya a escasear el trigo en el monasterio de Benito y se habían consumido casi todos los panes, de tal manera que a la hora de la refección de los monjes sólo pudieron hallarse cinco. Viéndolos el venerable abad contristados, trató primero de corregir con suave reprensión su pusilanimidad y luego de animarlos con esta promesa, diciendo: "¿Por qué está triste vuestro corazón por la falta de pan? Hoy ciertamente hay poco, pero mañana lo tendréis en abundancia". Al día siguiente encontraron delante de la puerta del monasterio doscientos modios de harina metido en sacos, sin que hasta el día de hoy se haya podido saber, de quién se valió Dios todopoderoso para llevarlos allí. Viendo esto, los monjes alabaron a Dios y aprendieron a no dudar más de la abundancia, aun en tiempo de escasez.

Ricci acierta a mostrarnos la serenidad del maestro, en contraste con la admiración del discípulo que le presenta el pan para que lo bendiga.

miércoles, 10 de julio de 2013

Fray Juan Andrés Rizi de Guevara. La cena de san Benito

La Cena de San Benito. Fray Juan Andrés Ricci
 Óleo sobre lienzo. Medidas: 185cm x 216cm.
Museo del Prado. Madrid España.

Fray Juan Andrés Ricci fue un monje benedictino que vivió entre los años 1600 a 1681. vivió, entre otros monasterios, en Silos, en San Millán y en Montecasino, en todos los cuales dejó muestras de su maestría pictórica.

La obra que hoy proponemos a la contemplación, a la vista de la solemnidad de nuestro Padre san Benito, es la llamada Cena de san Benito. Se trata de una escena procedente de la biografía del santo contenida en el libro de los Diálogos del papa san Gregorio Magno. San Benito está cenando, y pide que un joven monje le ilumine. Éste, procedente de una familia notable, se siente herido en su orgullo, y se rebela interiormente contra lo servil del servicio. Pero san Benito conoce la tentación que sufre el monje, y lo reprende.

En otra ocasión, mientras el venerable abad tomaba su alimento hacia el atardecer, cierto monje, hijo de un abogado, le sostenía la lámpara delante de la mesa. Y mientras el hombre de Dios comía y él le alumbraba, comenzó a pensar y decir secretamente en su interior: "¿Quién es éste para que yo tenga que servirle y sostenerle la lámpara mientras come? ¿Y siendo yo quien soy, he de servirle?". Al punto, dirigiéndose a él el hombre de Dios, comenzó a increparle ásperamente, diciéndole: "¡Santigua tu corazón, hermano! ¿Qué es lo que estás pensando? ¡Santigua tu corazón!". Inmediatamente llamó a los monjes, mandó que le quitasen la lámpara de sus manos, y a él le ordenó que cesara en su servicio y se sentara. Preguntado luego por los monjes qué es lo que había pensado, les contó prolijamente cómo se había envanecido por espíritu de soberbia y lo que había dicho interiormente en su pensamiento contra el hombre de Dios. Con esto, todos vieron claramente que nada podía ocultarse al venerable Benito, pues había percibido hasta un simple discurso mental.

La obra está concebida en términos tenebristas, con una iluminación artificial que destaca las actitudes de los  rostros de ambos personajes. En suma, se trata de una obra didáctica, concebida por un monje para servir a la edificación de otros monjes.